Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 45 #4
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Capítulo 45 #4

Regresó a la realidad como si se hubiera dado un golpe a sí misma. Lo pisó con todas sus fuerzas. Cuando consiguió girarse, lo pateó sin pensar, justo en medio de las piernas desnudas. No planeó sus movimientos, no supo lo que hacía; solo supo que debía salir de allí.

Cuando el grito del hombre resonó en todas las paredes del palacio, el lobo aulló de dolor y se arrojó hacia ella.

Eiva arrancó uno de los cajones y lo agitó hacia él; un golpe seco, duro, hizo crujir su cráneo.

El animal se desplomó como una alfombra peluda e inerte, entre gemidos. El hijo del lobo volvió a chillar.

No se quedó a escucharlos. Corrió hasta atravesar la entrada, se escabulló como un rayo por la alfombra resbaladiza.

Chocó de bruces contra alguien y, casi inconscientemente, alzó los ojos anegados hacia el hermano mayor.

Vio su expresión sorprendida. Vio la profunda indiferencia que se escondía detrás.

El hijo del lobo se abrió paso para dejarla ir, como si no le importara nada de lo que estaba sucediendo.

Eiva continuó su carrera por el palacio.

Bajó de dos en dos los escalones; su mente no registró casi nada del camino. Las personas, las estatuas, los corredores en penumbras… Lo siguiente que supo fue que estaba arrodillada junto a Hedi.

Sintió la suavidad de sus rizos húmedos entre los dedos temblorosos. Sintió la viscosidad caliente de su sangre. Sintió que la angustia la volvía loca.

—Hedi —susurró, acercándose a ella, observando su cuerpo como si hubiera algo que pudiera arreglar.

Extendió las manos trémulas hacia su rostro, hacia su cabeza, sin tocarla, sin saber qué hacer. Las lágrimas convirtieron la imagen en una mezcla de colores. Casi todo era rojo. El rojo dominaba una escena horrible.

—Ve…te.

Su voz estaba rota. Su mirada intentaba enfocarse en ella, pero se perdía más allá como si alguien la reclamara desde algún lugar distante. Parecía asustada. También había lágrimas en las comisuras de sus ojos.

Eiva quería gritarle para que se aferrara a la realidad, quería suplicarle que se quedara con ella, quería arrojarle todo su temor y decirle que la odiaría si la dejaba sola. Pero algo más fuerte que su propio miedo la paralizó. El miedo en los ojos de Hedi. El miedo de quien no quiere morir.

Le sujetó la mano, el rostro desconfigurado de dolor, y negó con la cabeza.

—Todo estará bien —susurró, rozándole la frente con los dedos.

Había sangre. Había sangre en todos lados.

La mano de la muchacha se aferró a la suya con las pocas fuerzas que tenía. No quería irse. Estaba asustada, tan asustada que la joven habría dado cualquier cosa para poder ir con ella. Tan asustada que parecía una niña.

—Ei…va.

—Estoy aquí —dijo, asintiendo, ahogándose con sus propias lágrimas. Le apretó la mano, acercó el rostro y se tocó la frente con los dedos fríos de la muchacha—. Estoy contigo…

Captó el movimiento de una sombra en la ventana, pero no se dejó distraer. Ni siquiera cuando el rugido resonó en todo el patio.

—¡Atrápenla!

Los soldados, ahora sí, se movieron. Corrieron hacia ella.

Eiva apretó la mano de Hedi como si ese gesto pudiera meterlas en una burbuja y hacerlas desaparecer, pero los dedos fríos ya no respondían.

Los ojos azules se habían quedado fijos, pero no parecían ver nada.

Los labios estaban secos. La nariz, muy quieta.

Una mano la sujetó del brazo y la arrastró hacia atrás, pero la joven se escurrió y volvió a colocarse junto a su amiga.

—Hedi —llamó, con la voz rota. Sus ojos eran un mar de lágrimas, su rostro estaba paralizado por el miedo—. Hedi, respóndeme.

Quería sacudirla, pero no lo hizo. Sentía el temor irracional de que algo se terminara de romper si la tocaba. En cambio, pegó su frente a la de ella y dejó que sus lágrimas brotaran a través de los ojos cerrados.

—Hedi, por favor.

Volvieron a sujetarla y, por unos segundos, Eiva se dejó arrastrar. Dejó que la apartaran de los ojos abiertos, asustados, que parecían advertirle: vete . No encontró fuerzas para resistir. No encontró motivos, tampoco.

Hasta que volvió a escuchar su voz.

—¡Traigan su cabeza! —gritó el hijo del lobo, desde la ventana.

Entonces, como si la hubiera golpeado una ola de realidad, el pánico y el odio la invadieron en partes iguales.

Uno de los soldados la soltó para desenvainar.

Quizás Eiva no tuviera motivos ni deseos de seguir con vida, pero no moriría por órdenes suyas. No moriría para que él pudiera drogarse con poder. La idea le dio pánico.

Se retorció sobre su propio cuerpo hasta alcanzar el brazo que todavía la sujetaba e hincó los dientes en la muñeca. El sabor de la sangre, sabor a metal y a muerte, invadió su boca con una calidez desagradable. El hombre soltó un chillido.

Rodó para esquivar las manos que se habían extendido hacia ella. Se puso de pie, agitada, y corrió tan rápido como pudo hacia el sur de la ciudad, mientras los soldados le pisaban los talones.

No se giró a mirar aquel cuerpo en donde Hedi ya no estaba. No necesitaba girarse, porque la imagen no la abandonaría nunca.