Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 45 #3
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Capítulo 45 #3

Apretó los dientes y dejó que la rabia que le calentaba el cuerpo subiera por su laringe hasta llenar su boca con algo parecido al fuego. Juntó todas sus fuerzas para darle un cabezazo que lo forzó a apartar el rostro y luego, como si vomitara todo su desprecio, lo escupió.

La expresión del hijo del lobo se descompuso, la mano en su garganta aflojó la presión por un instante mientras la otra limpiaba la saliva de su rostro. Eiva aprovechó su distracción para empujarlo, pero sus garras se ciñeron a su cuello con más fuerza y la empujaron contra la pared.

—Puta asquerosa.

La joven lo fulminó con la mirada y se revolvió mientras el aire volvía a escaparse de sus pulmones y su sistema respiratorio parecía desgarrarse por dentro. Chilló, furiosa e impotente.

—Me he cansado de jugar contigo.

Negó con la cabeza y se retorció como un pez fuera del agua, pero su visión volvió a borrarse y las fuerzas se escaparon de su cuerpo. No quería morir así. Pero… Los pensamientos… se volvían más y más borrosos.

—¡Suéltala! —chilló una voz furiosa, asustada, desde la puerta de la habitación.

El reconocimiento llegó junto con una ola de pánico. Si su visión estaba llena de manchas negras, la imagen de Hedi brilló y se superpuso a todo lo demás. El cabello deshecho, el rostro desconfigurado por la ira, los ojos azules brillando con lágrimas de miedo.

Hedi nunca había sido la más valiente de las dos. Era la voz racional, la que ponía los peros, la que retrocedía ante el peligro mientras Eiva se zambullía en él. Y, sin embargo, en el momento en que debería haber sido racional, se arrojó sobre el hijo del lobo sin una sola duda.

La mano en su garganta desapareció y la joven cayó al piso mientras el aire intentaba abrirse paso hacia sus pulmones con un silbido patético.

Intentó mirar, pero las imágenes se mezclaban y ennegrecían constantemente.

Escuchó los gritos, vio de forma borrosa el forcejeo.

La asfixia no era nada al lado del miedo que comenzaba a congelar su sangre.

Intentó gatear hacia ellos, pero se mareó y tuvo que detenerse para que su cuerpo no se desplomara.

Alzó el rostro y todo sucedió frente a ella, demasiado rápido.

El lobo saltó para defender al hombre, hundió los colmillos en la pierna de Hedi y la desgarró.

El grito, la sangre. Las manos alrededor de su cuerpo delgado y pequeño.

El empujón. La pierna sana intentando sostenerla, el cuerpo inclinándose hacia el alféizar de la ventana, el dolor y el miedo en sus ojos azules…

Miró a Eiva justo antes de caer. Como si quisiera aferrarse a ella, como si quisiera aferrarse a algo conocido.

Y luego desapareció.

Un grito resonó en todo el palacio y la joven tardó unos segundos en comprender que era suyo. El terror la arrancó de su cuerpo y sintió que observaba todo desde algún lugar distante, como si estuviera en una pesadilla. Como si pudiera despertarse.

Con la visión nublada por las lágrimas que apenas sentía, se arrastró con brazos temblorosos hacia la ventana y se aferró de las cortinas para ponerse en pie.

La vio. Vio sus ojos abiertos, la sangre que comenzaba a manchar los rizos dorados que se extendían sobre el césped y reflejaban el sol.

Los brazos inmóviles, estirados en direcciones contrarias.

La respiración desesperada, la vida huyendo de su cuerpo y expandiéndose en un charco oscuro, rojo, que comenzaba a rodearla como un halo de ángel.

El horror grabó esa imagen dentro de su mente. Mientras un dolor agudo e insoportable se mezclaba con el miedo, Eiva intentó girar su cuerpo y correr hacia la puerta. Bajar, ir hacia ella, ayudarla, darle su vida si era necesario, hacer cualquier cosa para que…

Pero unas manos firmes sujetaron sus brazos como tenazas de hierro y la giraron otra vez hacia la ventana abierta. Un cuerpo firme la apretó por detrás, mientras las manos se hundían en su piel.

—Mírala —ordenó, con los labios en su oreja.

Eiva no tenía fuerzas para odiarlo. Los insultos no aparecieron en su mente, porque su mente estaba demasiado llena de miedo, angustia y horror. No había lugar para las palabras. No había otra cosa que no fuera la imagen de Hedi, agonizando con los ojos muy abiertos y fijos en ella.

Se sacudió, sin ser consciente de qué era lo que la sujetaba. Se sacudió con una desesperación que no había sentido en toda su vida.

—Verás con atención cómo se muere y, cuando termine contigo, bajarás a hacerle compañía —dijo, con un tono furioso.

Había soldados que miraban y no se movían. No hacían nada. Observaban morir, miraban matar, y no hacían nada. La pesadilla se volvió insoportable.

Apenas notó la presión en sus pechos, el vestido levantado, la mano que la sujetaba del cabello y la forzaba a mirar a Hedi.

Ni siquiera se dio cuenta de que él estaba bajándose los pantalones.

Los ojos azules, a lo lejos, la envolvían y tiraban de ella.

Había algo más profundo que el miedo en esa mirada lejana.

Era la mirada de quien está frente a la muerte.

No .