Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

Apartó la mano y las imágenes se fueron.

¿Por qué esos recuerdos otra vez? Sacudió la cabeza y apretó el trapo con el que había estado limpiando, pero fue incapaz de continuar.

Quizás por la pesadilla que había cruzado su memoria, quizás por la ansiedad que le provocaba estar lejos de Hedi, quizás por un presentimiento, sus músculos se habían endurecido y un nudo en el estómago empezaba a quitarle el aire.

Se giró, despacio, hacia la ventana. Entornó los ojos, se acercó para dejar que el sol descongelara su cuerpo y limpiara sus preocupaciones.

Observó el césped que se extendía por debajo del alféizar, a lo lejos, y luego buscó discretamente a los soldados que vigilaban los alrededores.

Había dos hombres apostados en la esquina derecha del edificio y otros dos hombres camuflándose en los árboles.

Mañana , se dijo, mientras el viento ayudaba a despejar su mente. Mañana vence el contrato. Mañana seremos libres de salir por la puerta principal . ¿Por qué «mañana» parecía algo tan lejano y oscuro?

—Ten cuidado —dijo una voz conocida desde la puerta de la habitación—. Si caes desde esta altura, morirás.

Eiva sintió que su sangre se convertía en hielo, que el hielo se partía en mil pedazos y que esos pedazos le desgarraban las venas. El paisaje frente, a pesar del sol, se volvió oscuro. El aire se hizo denso, la asfixió.

Con la mandíbula tensa y la ansiedad compitiendo con el odio, la joven se giró para mirarlo.

No encontró nada nuevo en él. El cabello dorado que brillaba con la luz de la tarde, los ojos verdes como dos piedras del infierno, la postura tranquila.

La condescendencia falsa, la satisfacción cruel…

y el lobo. Como siempre, el lobo gris a su lado, la saliva rodando por los colmillos, el hambre en sus ojos de animal.

—Lo has sabido por tu prima —murmuró, estudiándolo con los ojos entornados.

El hombre afiló su sonrisa y paseó la mirada por la habitación.

—Puedo saber casi cualquier cosa que sepa otro hijo del lobo —dijo, encogiéndose de hombros con falsa modestia antes de observarla otra vez—. Lo has comprendido demasiado tarde.

—¿Hoy sí me matarás? —preguntó, con un tono indiferente. Estaba cansada de huir. Estaba cansada de su vida. Se alegró de que Hedi no estuviera en la habitación con ella.

Él ladeó la sonrisa.

—Mañana termina tu contrato —dijo, y la observó de pies a cabeza antes de continuar—. Me he quedado sin tiempo para jugar contigo.

Se acercó despacio, con una tranquilidad que le erizó la piel, pero también llenó su estómago de rabia. ¿Por qué estaba tan calmado? ¿Por qué estaba tan seguro de que podía hacerle cualquier cosa, de que podía matarla sin que una sola persona pestañeara al respecto en todo el mundo?

—A menos que extiendas el contrato —murmuró, y se detuvo tan cerca que la muchacha tuvo que alzar el rostro para mantener la mirada desafiante.

—Prefiero morirme —dijo.

No apartó los ojos de él, pero analizó la situación mientras lo observaba.

No parecía armado, pero su lobo seguía vigilando la salida y enseñando los colmillos.

Saltar por la ventana no era una opción; golpearlo y escapar tampoco parecía lo más inteligente.

Lo más fácil, en realidad, era morir. Pero la idea, lejos de darle miedo, hacía hervir la rabia que circulaba por sus venas.

—¿Hace cuánto que tienes esa cicatriz? —preguntó, observándola con una expresión que a la joven le provocó náuseas.

—No es asunto tuyo.

El hijo del lobo ensanchó su sonrisa, divertido.

—Por eso me gustaste desde el primer momento. Si el mundo te patea, tú lo pateas más fuerte.

—No me des ideas —masculló.

No tenía miedo de morir, pero había algo en él que la asustaba de todas maneras, que la ponía nerviosa y la obligaba a preguntarse si no era más fácil saltar por la ventana y acabar con todo.

No temía que le retorciera el cuello de repente, ni siquiera la asustaban los colmillos de su lobo.

Su temor era algo más instintivo. No respondía a una posibilidad, sino al abismo oscuro de la incerteza y de lo impredecible.

Como si pudiera leer su miedo, se acercó un poco más. Eiva extendió las manos e intentó empujarlo, o al menos detenerlo, pero fue como empujar una pared.

—¿Sabes? Hace algunos meses estuve en esta misma habitación en una situación muy parecida —dijo, bajando cada vez más la voz, acercándose más de lo que necesitaba.

—Aléjate —dijo, pronunciando las palabras con desprecio. Lo empujó una vez más, pero solo consiguió que él se cansara y apretara sus muñecas. Eiva siseó por el dolor—. Suéltame.

La rabia calentaba más y más su sangre; sumada a la impotencia, se convertía en un hierro al rojo vivo que le atravesaba el corazón. Quería soltarse y no podía. Quería matarlo y no podía. No podía hacer nada. Ni siquiera gritar, porque ¿quién ayuda a una cosa cuando su dueño decide hacerla pedazos?

—¡Suéltame! —gritó, mirándolo a los ojos con tanta intensidad que, por un momento, la presión en sus muñecas se volvió más débil.

Aprovechó su desorientación para liberarse y lo empujó con todas sus fuerzas. Se escurrió de la prisión que él había creado con la ventana y su propio cuerpo y pasó junto a él, con toda la intención de salir de allí lo más rápido posible.

—Si das un paso más, tu amiga no llegará al amanecer de mañana —dijo, con un tono mucho más frío.

Eiva se detuvo en seco y se giró. Lo miró con todo el odio que puede caber en dos pupilas.

—¡Entonces mátame ya!

El hombre se giró hacia ella y la sonrisa ladeada que le dedicó, esta vez, no fue una sonrisa divertida.

—No quiero. Todavía no.

—¿Qué quieres? —preguntó, el rostro desconfigurado por la rabia—. ¿Qué es lo divertido de todo esto? No lo estás haciendo por lo que pasó ese día.

—Poder —dijo, encogiéndose de hombros—. El poder de matarte en el momento que yo quiera. El poder de que sientas miedo cuando yo quiera, de que hagas exactamente lo que yo quiera. Controlar a alguien como tú, ponerte entre la espada y la pared, es… como una droga.

Eiva esbozó una sonrisa irónica y amarga. Su sinceridad era repugnante.

—No quiero saber qué pasaría si gobernaras la ciudad —dijo, apretando los dientes y entornando los ojos. La certeza la asaltó de pronto como un golpe agrio—. Nunca dejarás que tu hermano herede lo que le corresponde.

—A mi hermano no le corresponde nada —dijo, como resaltando algo obvio que ella no podía ver—. Pero no estoy aquí para discutir política con una nómade. Ven.

Eiva se mantuvo inmóvil, fulminándolo con una mirada fría.

—¿Sabes que tocar a una hija del abismo es como grabarte a fuego una maldición?

Se rio con ganas antes de negar con la cabeza.

—Esas cosas no funcionan conmigo —dijo—. Si creyera en esas tonterías, no te habría contratado. Ahora ven aquí.

La muchacha se mantuvo congelada unos segundos, aturdida por los latidos de su corazón, por el miedo y por la rabia que continuaba quemándole los huesos. Por primera vez, deseó que su maldición fuera real. Deseó que se lo tragaran los dragones.

—No lo repetiré —dijo, demasiado tranquilo, como si supiera que ella acabaría obedeciendo.

—Prométeme que no la tocarás —dijo ella, con un hilo de voz.

El hijo del lobo frunció el ceño.

—¿A tu amiga? —preguntó, antes de sonreír otra vez—. ¿Por qué crees que mi palabra vale algo?

Eiva sintió que la angustia la desbordaba y que la impotencia se trepaba por su cuerpo para imponerse a todo lo demás.

Una idea fugaz y desesperada cruzó su mente mientras el silencio se instalaba en la habitación.

Supo lo que tenía que hacer, pero las consecuencias le helaron los huesos y la mantuvieron congelada.

Si mataba a un noble, no se contentarían con un sacrificio tradicional. La despellejarían primero.

—Si te sirve, está bien —dijo, encogiéndose de hombros—. Lo prometo.

Había algo malvado en su mirada. Un brillo de astucia retorcida.

Eiva suspiró y comenzó a acercarse; cada paso le costaba tanta fuerza como si sus pies estuvieran encadenados a una roca enorme. La satisfacción en el rostro repugnante la impulsaba a retroceder, pero no dejó de avanzar hasta que estuvo bajo su sombra. Justo frente a su sonrisa.

—Este tipo de poder —susurró, con un tono que caló todos sus huesos.

Extendió una mano hacia ella y le rozó la mejilla.

Había algo lobuno en su mirada, un hambre que la estremeció.

Un placer retorcido en los ojos entornados.

Eiva sintió cómo el miedo brotaba desde su estómago y sacudía cada músculo de su cuerpo para que echara a correr.

Su corazón bombeaba con golpes rápidos, su respiración comenzaba a agitarse y el pánico se convertía en hostilidad.

Las ganas de correr se mezclaron con un deseo mucho más oscuro que no comprendió.

Algo que tenía que ver con las venas en su garganta, sangre y muerte.

Como si leyera sus pensamientos, el hijo del lobo esbozó una sonrisa.

Su mano bajó lentamente hacia su cuello, se acomodó con tranquilidad como si quisiera probar un punto: en ese momento, tenía el poder de hacer lo que quisiera.

Comenzó a apretar, despacio. Eiva se tensó cuando sus pulmones acusaron la falta de aire.

Se acercó un poco más, hasta que su sombra la tragó por completo.

Rozó con los labios su mejilla enrojecida e hinchada, metió su mano entre las faldas del vestido de doncella.

La muchacha apenas lo sintió, concentrada en mantener algo de aire en sus pulmones.

Cerró los ojos, imaginó que su mano era una serpiente fría entre sus piernas, mientras otra serpiente se enredaba en torno a su cuello y la ahogaba.

Imaginó que sus labios eran la lengua del reptil.

—Mi lobo le enviará saludos a tu amiga —susurró, junto a su oído.

En el momento en que ella abrió los ojos, sobresaltada por sus palabras, él apretó con más fuerza. Eiva solo fue capaz de ver manchas negras en el aire y, aunque intentó revolverse, rasguñarlo y golpearlo, las garras en su cuello no se movieron ni una pulgada.