Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Eiva.

(Cinco meses después del golpe).

—¿Por qué no? —preguntó Hedi, mientras luchaba con el viento para colgar las cortinas—. Sé que todas las ciudades responden al imperio, pero Verexia está gobernada por las hijas de la arpía. Podría irnos mejor allí.

—¿Quieres escaparte de un infierno para meterte en otro? —dijo, frotando el mueble de caoba con automatismo indiferente—. ¿Crees que allí no hay pobres y ricos? ¿Norte y sur?

—No como aquí —dijo y se interrumpió para ponerse de puntillas en el banco y encajar las argollas en el barral de la ventana—. ¿Cuál es tu plan? ¿A dónde quieres ir?

Eiva clavó los ojos en sus pies, a medio apoyar en el banquillo, y miró con desconfianza el ondear de las telas contra el viento.

—Intenta no caerte —dijo. El patio trasero del palacio, como solía suceder, estaba vacío; solo había ráfagas solitarias sobre el césped, paseando entre los arbustos como visitantes silenciosas—. A donde no puedan encontrarnos nunca.

—Marchémonos a las montañas. A convivir con los dragones —masculló—. Seguro que nadie nos encontrará.

Más allá del patio y detrás de una pequeña fracción de bosque, las montañas se escondían en las nubes. Cada tanto, sus picos asomaban como dagas apuntando al cielo. Eiva las observó, recortadas en la ventana abierta.

—Podríamos ir al bosque —dijo, encogiéndose de hombros.

—Creí que el plan era escaparnos de los lobos, no ir hacia ellos.

Eiva bufó, negó con la cabeza. ¿Qué más daba? Fueran a donde fuesen, se sentiría más segura de lo que se sentía allí. Todo sería mejor que Tsavixia, con sus clases sociales, sus contratos y sus malditas hordas.

—¿Hay menos dragones en Verexia? —preguntó.

—Eso dicen.

—Vamos, entonces.

Vamos a donde quieras. Si Hedi realmente hubiera querido ir a las montañas, Eiva la habría acompañado, sin importar cuántos dragones hubiera tenido que enfrentar en el camino.

Si quería ir a la ciudad, irían aunque tuvieran que vivir ocultas.

No le importaba dónde, mientras fuera con ella. Hedi era su hogar.

La muchacha sonrió. Terminó de colgar las cortinas y se dedicó a observar el paisaje, mientras el viento alborotaba sus rizos y le acariciaba la piel.

La luz del sol brillaba en sus ojos como si estuvieran hechos, precisamente, para reflejarla.

Eiva estudió el resplandor pálido en la mirada que se perdía más allá de los árboles, entre las montañas que cercaban el volcán.

—¿En qué piensas?

Hedi giró el rostro hacia ella y esbozó una sonrisa opaca.

—Me pregunto por qué es tan difícil vivir en paz en un lugar tan hermoso como Tsavixia.

Suspiró y siguió limpiando. Después de unos segundos, se encogió de hombros.

La ciudad había sido muy injusta con las dos, pero ¿qué se podía esperar de un sitio en donde solo unos pocos tenían lo necesario para sobrevivir?

Una ciudad que sacrificaba a sus «criminales» colgándolos en postes para alimentar a los dragones, o enviándolos a juegos macabros para que se mataran entre ellos.

Una ciudad donde la esclavitud existía, aunque estuviera disfrazada bajo el concepto de «contrato».

Para ella, que era una hija del abismo, que había nacido el día en que nadie debía nacer, el abismo siempre había sido Tsavixia.

Y, sin embargo, jamás se había quejado. Nunca se había sentado a contemplar el paisaje preguntándose por qué, imaginando lo que podría ser en otras circunstancias.

No tenía tiempo ni energías. No mientras la posibilidad de perder lo poco que había conseguido le oprimiera la garganta por el miedo.

No mientras la vida, al menos un poco y al menos de vez en cuando, curara su miseria con felicidad.

—Encontraremos una vida mejor —dijo, y añadió por lo bajo, mientras terminaba de limpiar los costados del mueble—: Siempre hemos estado bien mientras estuviéramos juntas.

Hedi reconoció sus propias palabras y sonrió, una sonrisa más viva, más fuerte.

Se bajó de la silla, la acomodó en su lugar y descorrió del todo las cortinas.

El sol se coló y se expandió con comodidad en la habitación que estaban limpiando.

Hizo brillar el dosel dorado y la prolijidad de las sábanas blancas que no tenían uso.

Se reflejó en el espejo de obsidiana y las encandiló.

La joven giró el rostro para esquivar el reflejo de la luz y se distrajo con un movimiento lejano y pequeño entre las montañas. ¿Dragones?

Los pasos en la alfombra del pasillo la arrastraron de vuelta a la habitación.

Tanto ella como Hedi se tensaron. Eran pasos firmes, pero muy leves, casi un roce suave, un murmullo sobre el suelo.

Se observaron. Eiva negó con la cabeza para tranquilizarla y fue la primera en girarse hacia la penumbra del pasillo.

La puerta de la habitación solo recortaba un rectángulo de alfombra y un trozo de pared. La dueña de los pasos no tardó en mostrarse. Se detuvo frente a ellas y las observó, con una ceja alzada. Su animal no fue tan discreto: enseñó los colmillos y las miró como si fueran comida.

La sobrina mayor del jefe era una mujer hermosa, pero no muy agradable.

Eiva aún no había visto a un hijo del lobo que fuera agradable, en realidad, pero en ella el desprecio destacaba por contraste con la belleza dulce de su rostro.

Algunos rasgos delataban su edad verdadera, pero la tersura de su piel y la redondez de sus mejillas la hacían parecer poco más que una adolescente.

Usaba vestidos recatados y elegantes, como cualquier hija del lobo, pero también extraordinarios. En ese momento, la que probablemente fuera la tela más cara del imperio escondía (y sugería) sus curvas detrás de un color verde que la hacía resplandecer.

Pero tanto su cuerpo como su ropa eran recipientes vacíos que no tenían ninguna importancia. Por dentro solo había un eslabón de la cadena. Una hija del lobo más, un miembro de la manada, una pieza tan retorcida y desagradable como los otros.

—¿Ni una sola doncella en todo el piso? —preguntó, con un gesto altivo y una mirada muy fría—. ¿Tengo que recorrer todo el palacio cuando necesito ayuda?

Las dos bajaron los ojos. Eiva juntó las manos y se adelantó.

—¿Qué podemos hacer por usted? —dijo, con un tono desprovisto de emociones.

Sintió la mirada intensa en la cicatriz de su frente y tuvo la sensación de que todos los hijos del lobo la observaban a través de esos ojos.

Un escalofrío le recorrió los huesos. Se preguntó, mientras sus músculos se endurecían y la ansiedad le nublaba la mente, si él también podía verlas.

Quizás así las había encontrado antes. Quizás no había ningún lugar para esconderse en una madriguera de lobos.

El pensamiento fue como una ráfaga helada dentro de sus venas.

—Tú, apartarte de mi vista —dijo, cortante, como si el solo hecho de dirigirle la palabra fuera algo repulsivo y aterrador. Se dirigió a Hedi—. Tú. Acompáñame.

La muchacha se tensó y, por un momento demasiado largo, no despegó los ojos del piso. No se movió, tampoco. No dijo nada.

—¿Estás sorda? —preguntó, entre la ironía y la impaciencia.

Eiva se mordió los labios. Buscó qué decir, cualquier cosa que las ayudara a mantenerse juntas.

—Tenemos órdenes de limpiar este cuarto, señora —murmuró.

El aire pareció enfriarse y oscurecerse, a pesar de los rayos de sol que se colaban por la ventana. Durante algunos segundos, todo fue silencio. La mujer inhaló hondo antes de responder.

—Lo más probable es que nadie vuelva a usar esta habitación —dijo, el desprecio de su voz flotando, cada vez más evidente, en la superficie de sus palabras—. Ven conmigo, niña. No te lo pediré de nuevo.

Eiva levantó los ojos del piso y avanzó, decidida.

—Déjeme acompañarlas…

Antes de que pudiera terminar, la mujer dio dos pasos hacia ella y atravesó su rostro con un golpe firme. La joven sintió la palma de una mano fuerte. Fue como un latigazo. La piel de su mejilla se encendió, los huesos de su mandíbula vibraron y su boca se inundó con sangre.

Hedi avanzó hacia ella y luego se paralizó. Sus ojos azules brillaron con lágrimas de rabia y espanto.

Le hizo un gesto para que no se acercara más, mientras la hija del lobo abría y cerraba su mano adolorida.

—Si vuelves a hablar sin mi permiso, será ella quien te rasgue las mejillas —dijo, señalando a su animal con un gesto.

Eiva observó la ferocidad de los ojos enloquecidos, mientras la mujer volvía a dirigirse a Hedi—.

Y si tú no obedeces mis órdenes, lo consideraré un desacato.

Las enviaré al pentágono a las dos. Odio que me hagan perder tiempo, así que decídete.

La muchacha contrajo el rostro y le lanzó una mirada de desprecio, pero Eiva la sujetó del brazo y la empujó suavemente hacia delante.

No tenían otra opción. Se miraron y se dijeron todo lo que pensaban con los ojos.

Lo decidieron juntas, sin hablar. Hedi bajó el mentón y caminó hacia el pasillo, con la mandíbula tensa.

La hija del lobo soltó un suspiro exasperado y caminó adelante, con la altivez recta de todos los miembros de su casa. El animal la siguió.

La joven se quedó sola. Cuando los pasos se alejaron lo suficiente, el silencio la envolvió como si el mundo entero la hubiera abandonado. Se rozó la mejilla, pero el dolor le arrancó una mueca y la impulsó a apartar la mano. Su piel estaba caliente, palpitaba.

Sin saber por qué, se tocó la cicatriz. Las imágenes asaltaron su mente y, después de mucho tiempo, volvió a recordar la noche después de la muerte de su madre.

Recordó las manos apretando sus brazos pequeños, la punta incandescente de un bastón, sus propios gritos mientras le dibujaban una A para que todos la reconocieran.

Para que nadie tuviera la mala suerte de acercarse a ella por error.