Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 44 #3
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Capítulo 44 #3

—Prepárate para saltar —advirtió. Su frente comenzaba a sudar por el esfuerzo, sus ojos miraban con una expresión grave la grieta roja que los separaba de los otros.

—¡Dense prisa! —les gritó Envaia, mientras Quenyl gruñía cosas por lo bajo.

Parecían asustados. Pálidos, como si alguien hubiera drenado o congelado la sangre de sus venas.

Parecían… a punto de morir. Ivax vio la escena, de algún modo, en todas esas pupilas que estaban observándolo. Se detuvo y Yail trastabilló.

—¿Qué diablos pasa contigo? —gritó, enfadado.

—Dame tu lanza.

El nómade frunció el ceño, porque no comprendía y porque la rabia volvía a calentar su cuerpo junto con las ganas de matar a alguien.

Ivax no esperó a que confiara en él, porque no había tiempo para esperar nada.

Se inclinó, le arrebató el arma de las manos y se giró, haciendo equilibrio sobre una pierna.

Vio al único miembro del equipo contrario que aún blandía el martillo. Acababa de estrellarlo contra la cabeza del último aliado y estaba tan cerca de la meta que, hicieran lo que hicieran, él llegaría primero.

Ivax se inclinó hacia atrás, como había hecho tantas veces en tantos entrenamientos distintos.

Como le había enseñado su padre. Apoyó su peso en la pierna rota y, aun si las lágrimas de dolor le nublaron los ojos, apuntó al blanco en movimiento y calculó su posición justo antes de arrojar la lanza con fuerzas que ya casi no tenía.

El impulso lo arrojó hacia atrás, cayó sentado antes de que Yail pudiera sostenerlo.

La lanza atravesó el aire, una avispa rápida y mortal recortada en el cielo despejado.

Se escuchó un zumbido. El enemigo intentó correr hacia la meta y, tal como Ivax había calculado, la punta filosa se hundió en uno de sus pulmones.

El joven dejó de mirar y luchó por ponerse en pie, mientras el público guardaba silencio, sorprendido, y los competidores observaban la escena con pasmo. Se sujetó de Yail para incorporarse y, al mismo tiempo, para llamar su atención y devolverlo a la realidad.

—Vamos. Antes de que su equipo reaccione y alguien lo asesine.

El nómade lo miró, todavía absorto, y luego miró la grieta de fuego.

—¿Puedes saltar? —preguntó, con voz ronca.

Ivax no respondió, porque no sabía, pero de todas formas Yail no esperó por su respuesta. Lo arrastró hacia allí y, antes de que el hijo del tigre pudiera comprender, lo empujó hacia arriba con tanta fuerza que, si no le rompió otro hueso, fue por casualidad.

El joven atravesó la grieta de fuego sin siquiera rozarla, sin sentir el calor, y su cuerpo aterrizó sobre la piedra con un sonido sordo. El dolor lo dejó sin aire, lo aturdió, las imágenes giraron alrededor de su cabeza. Dejó de escuchar las voces por un instante.

—… ¡Ivax!

Yail luchó por incorporarlo desde un extremo, mientras otros miembros del equipo abandonaban la meta para correr hacia él. Envaia, Guerie e Ynva ayudaron a llevarlo mientras el público gritaba, enfebrecido.

Se sujetó a ellos, luchó por caminar lo mejor posible. De pronto, quería ganar. Se sorprendió pensándolo, sobre todo porque no quería vivir, sino ganar. No quería salvarse, quería que se salvaran todos, que se salvaran juntos.

Era ilógico. El juego no estaba diseñado para unir equipos, sino para fragmentarlos y obligarlos a detestarse unos a otros.

Pero, por alguna razón, mientras Quenyl lo sujetaba de la camisa y tiraba de él para hacerlo cruzar la meta, mientras los demás se desplomaban entre gritos o sollozos de alivio, Ivax sintió que eran una sola cosa.

El estadio se puso de pie, las ovaciones llenaron el aire hasta aturdirlos.

Todos se apresuraron a mirar hacia el otro extremo del pentágono.

Nadie del equipo contrario había reaccionado a tiempo, nadie se había atrevido a salir.

Temblaban. Miraban al hombre que se arrastraba hacia ellos con una lanza en la espalda, como un ala rota, y dejaba un surco de sangre en el suelo.

Ivax y Yail se observaron, mientras respiraban hondo por primera vez. Habían vencido. El joven no había visto un solo combate en donde todos los miembros de un equipo salieran con vida y, sin embargo, allí estaban. Todos. Respirando y del lado correcto de la meta.

Envaia bramó de alegría, Quenyl golpeó la piedra para desprenderse de la ansiedad que todavía le mordía la sangre. Yail gritó, un grito más rabioso y profundo, antes de dejarse caer con los brazos extendidos.

Ivax también cayó hacia atrás. Entornó los ojos para mirar el cielo, las aves, los rayos brillantes del sol, mientras algo extraño recorría su cuerpo.

Una emoción intensa, por primera vez en muchos meses.

Una angustia cálida que le humedeció los ojos.

No supo qué era, no con exactitud, pero le dio la bienvenida con una sonrisa incontenible y lágrimas de alivio.

No era el único riéndose, tampoco era el único llorando; la mayoría, al igual que él, hacía las dos cosas al mismo tiempo.

Estaba vivo. Todos estaban vivos. Todos podían ver, algunos días más, la luz del sol que, de pronto, parecía más hermosa que nunca.