Capítulo 44 #2
Zagh observaba, entre los espectadores, con una sonrisa asqueada que lo hizo sentir patético.
Las pocas fuerzas que tenía lo dejaron a solas con un vacío angustiante, su mirada se volvió opaca y lo que fuera que estaba roto en él comenzó a rasgarlo por dentro.
Dejó caer la mano que sujetaba la lanza.
Miró, con ojos cansados, el martillo que comenzaba a bajar.
Un grito involuntario, ronco, le desgarró la garganta, brotó por la boca cuando el metal golpeó su pierna derecha.
Su voz ahogó el sonido seco del hueso que se rompía.
El dolor lo obligó a bajar el rostro, las lágrimas nublaron las imágenes, el aire se le escapó de los pulmones.
Todo lo que ocupó su mente, por un rato, fue dolor.
Dejó de ver la silueta del hombre, que se alejaba hacia la meta.
De refilón, su mente captó peleas que ya no le importaban.
Escuchó gritos. Todo se volvió lejano mientras él se perdía más allá del combate, entre el dolor y la inminencia de la muerte.
Rozó su lanza con los dedos, se preguntó si no sería mejor ponerle fin a aquello por sí mismo.
Pero los suicidios no estaban permitidos en el reglamento: si lo hacía, su equipo quedaría descalificado. Todos morirían por su culpa.
Por eso, esperó. Mientras más personas caían sobre el basalto, y otras corrían y saltaban las grietas de fuego, mientras el dolor palpitaba en su pierna con más tranquilidad y se volvía tolerable, mientras su vida pasaba frente a él como si las imágenes quisieran torturarlo.
No recordó su infancia con cariño, no extrañó al hombre que solía ser; lo encontró estúpido e ignorante.
Solo pudo aferrarse a los recuerdos de muerte, tortura, humillación, como si los momentos felices pertenecieran a la memoria de alguien más.
Cerró los ojos. Solo volvió a abrirlos, despacio, cuando percibió la sombra que le bloqueaba el sol.
Lo primero que reconoció fue la forma de una lanza, la forma de la muerte.
Por fin , pensó. Y, sin embargo, las lágrimas de dolor que se habían acumulado en sus ojos comenzaron a brotar.
Levantó la mirada con una expresión vacía, luchando por mover el rostro a pesar del cansancio extremo que congelaba todas sus extremidades.
Yail lo observó con intensidad oscura. El halo de luz que lo rodeaba lo hacía parecer una sombra que cargaba con la muerte.
Que ansiaba muerte. Había un destello hambriento, frenético, enloquecido por el odio en los ojos casi negros que lo observaban.
«Si tengo la oportunidad de matarte en el pentágono, no dudaré».
Y no dudó. Fue Ivax quien resistió el instinto de cerrar los ojos mientras la lanza retrocedía para tomar impulso. Quería ver su propia muerte. Quería ver, sobre todo, esa sombra imponente e implacable que estaba a punto de arrastrarlo hacia otro mundo.
Sin embargo, la lanza que había retrocedido no volvió a acercarse al hijo del tigre. Fue la otra mano la que se extendió hacia él, firme e impaciente, iluminada por el sol.
Ivax entornó los ojos y observó la palma abierta que parecía esperarlo. La observó porque no la comprendía, pero también porque no podía observar otra cosa. El color canela de su piel era apenas visible debajo de las manchas de sangre que le había dejado la pelea. ¿Por qué…?
Frunció el ceño, alzó la mirada entornada y, cuando el nómade se removió con impaciencia, la luz del sol atravesó sus ojos y los iluminó como si atravesara dos trozos del ámbar más brillante.
—No tenemos todo el puto día —masculló, mirando la meta del equipo contrario con una mirada ansiosa. Volvió a observarlo a él—. Dame la mano.
El hijo del tigre buscó a Zagh, por instinto, pero Yail bloqueaba su visión.
Intentó recordar por qué quería morir, intentó volver a fundirse en aquello que le congelaba el cuerpo y le impedía moverse, pero la ansiedad en el joven lo distrajo.
La mano extendida lo distrajo. Quería tomarla.
No estaba seguro de querer vivir, pero sí estaba seguro de que quería tomar su mano.
Quería, desesperadamente, aceptar ayuda.
Soltó la lanza, hundió sus dedos en la palma ahuecada del nómade. El calor humano lo conmovió, pero fue la firmeza de su agarre lo que le dio las fuerzas necesarias para ponerse en pie. El dolor le arrancó un gruñido mientras Yail lo sujetaba para ayudarlo a caminar.
Desde las gradas, otro silencio delató la tensión de un público ansioso.
Ivax vio el desprecio en el rostro desconfigurado de Zagh.
Lo ignoró. Prestó atención a su entorno por primera vez, como si despertara de un sueño demasiado largo, mientras luchaba por caminar con la pierna rota y el dolor vibrando en todo el cuerpo.
Atravesaron los cadáveres del equipo contrario, la sangre, las moscas que llegaban para devorar muerte.
Reconoció a las personas en la meta, escuchó sus gritos urgentes, vio la grieta de fuego que los separaba de ganar. Yail observó lo mismo. Su mandíbula se tensó.
Quería preguntarle por qué arriesgaba su vida en lugar de matarlo, por qué arriesgaba la vida de todos los demás en lugar de matarlo, pero no había tiempo. De pronto, la ansiedad del combate comenzó a calentar sus venas.
—¿Falta alguien más? —preguntó, en cambio.
—Solo tú.
El joven intentó girarse para observar la línea de llegada del equipo contrario, pero el movimiento estuvo a punto de desestabilizarlos a los dos. Yail lo sujetó con más fuerza y lo empujó hacia delante, lo cual también estuvo a punto de arrojarlos al piso.
—¡No mires! —gruñó—. Si estás preocupado, camina.
Las voces se alzaron en las gradas, algunos espectadores se pusieron en pie.
Ivax tuvo la sensación de que algo estaba sucediendo del otro lado del campo de combate, pero tragó sus sospechas y se esforzó por caminar lo más recto posible.
Yail acompasó los pasos a su ritmo, se acomodó a sus movimientos para ser un soporte y no entorpecerlo.
Ivax no lo comprendía.