Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Ivax.

(Cinco meses después del golpe).

Los tambores confundiéndose con los latidos de su corazón. Los hijos del gato, brotando desde otras puertas del campo de combate, vestidos de rojo. Las manos alzadas, el ritmo acelerado de la música, la piedra encendiéndose y derritiéndose en las grietas. El clamor entusiasmado de la multitud.

Conocía la ceremonia como conocía la palma de su mano. Él había estado allí, donde ahora estaban esos rostros indistinguibles, aguardando con ansiedad las grietas de fuego, esperando con emoción la primera muerte. La muerte de otra persona.

Nunca se había preguntado si esa gente, a la que veía desangrarse sobre la piedra oscura, tenía familia. Si habían tenido familia alguna vez, si la habían perdido. Si habían amado. Si amaban. Si querían vivir desesperadamente, o si pasaban cada segundo del día deseando morirse.

Y, si se había imaginado a sí mismo compitiendo, había sido a través de fantasías. Ilusión de heroísmo y de poder. Arrogancia estúpida. No había lugar para esas cosas cuando la pelea se veía desde abajo; la ilusión se convertía en pesadilla y los tambores eran el eco de la muerte.

Cuando Jedien les indicó que avanzaran, Ivax caminó hacia la luz.

Sintió su mirada llena de contradicciones en la nuca, pero no correspondió a ella.

En otras circunstancias, quizás le habría gustado saber qué pasaba por su mente.

Le habría gustado saber si estaba preocupado, si estaba triste, si se arrepentía al menos un poco por haberlo apuñalado por la espalda.

Si extrañaba los viejos tiempos. En otras circunstancias, quizás…

Pero nada de eso importaba mientras todos salían a la luz.

Nada, absolutamente nada, importaba cuando estaban en la boca de la muerte.

Formaron como estaba previsto: Ynva, Envaia y Guerie, uno junto al otro, por delante.

Detrás de ellos, los demás dibujaron una segunda fila horizontal.

Ivax era el último por la derecha. A su lado, como si fuera a propósito, como si el destino supiera quién debía asesinar a quién, Yail observaba al público con una expresión enajenada que daba miedo.

Más allá, Dorael y Quenyl cubrían el otro flanco.

La gente se puso de pie y los ovacionó mientras el equipo contrario salía de la oscuridad y armaba sus propias filas.

Los gritos de entusiasmo eran estruendosos.

Llegaban desde todos lados como una ola de ruido, como el rugido de la lluvia.

Ivax observó a la gente, pequeña desde la distancia; se imaginó a sí mismo en esos asientos.

A Jedien. A su padre. A Renax… Pero no había un solo tigre acostado entre el público. Había lobos.

Como de costumbre, alguien se precipitó desde las gradas superiores.

Gritó solo un instante y cayó justo sobre una grieta que lo devoró enseguida.

Su cuerpo se hundió con un siseo, se encendió en llamas un instante y luego comenzó a deshacerse junto con la piedra fundida.

Nadie le prestó atención. A nadie le importó su muerte.

Ivax alzó los ojos y observó las gradas más altas.

Observó a los nómades amontonados, empujándose, separados de los nobles por un techo de piedra.

Desde el campo de combate, la diferencia entre las gradas era aún más notoria.

El hijo del tigre había visto esa escena muchas veces.

Muchísimas. Y jamás había sentido el cosquilleo incómodo, similar a las náuseas, que le revolvió el estómago mientras observaba las cosas desde esa nueva perspectiva.

La perspectiva de quien espera la muerte.

Porque estaba a punto de morir. Observó al equipo contrario mientras intentaba comprender el giro que había dado su vida.

Nunca había imaginado que su muerte sería así, patética, en un combate que todo el mundo olvidaría apenas saliera del pentágono.

Nunca había imaginado nada de lo que había sucedido y, sin embargo, aquella pesadilla era la realidad.

Había llegado la hora de terminar con ella.

Una trompeta resonó por encima de los gritos y dio inicio al combate.

Las lanzas apuntaron al enemigo, los martillos se balancearon mientras un equipo comenzaba a correr hacia el otro.

Ynva y Guerie se abrieron por los flancos e intentaron escabullirse hacia la meta, como dos flechas disparadas a la vez.

El muchacho corrió directo hacia el contrincante que le bloqueaba el paso, derrapó y pasó entre sus piernas para rodar y huir con éxito.

Ella no tuvo tanta suerte. Retrocedió mientras dos miembros del equipo contrario intentaban acorralarla.

Los demás se detuvieron a luchar. Ivax avanzó despacio y sin problemas, con la lanza rozando el suelo, como si todo el mundo se hubiera olvidado de él.

Había distintas estrategias para ganar un combate.

La más fácil, y peligrosa, era correr hacia la meta sin enfrentarse a nadie, como habían hecho los dos adolescentes.

Con un buen equipo, podía funcionar. Con un mal equipo, era la manera más segura de morirse.

La segunda estrategia era asegurarse de dejar la mayor cantidad de heridos posible.

No importaba qué tan inútiles fueran los aliados si los enemigos ya no podían caminar.

La tercera estrategia era, simplemente, asesinar a todos los que fuera posible: menos personas en el equipo, menos contratiempos, mayor velocidad.

Nadie estaba jugando a eso, al menos todavía.

Quenyl, Dorael y Envaia parecían concentrados en lisiar a los miembros del equipo contrario, a la vez que se abrían paso para avanzar hacia la meta.

Y Yail… Yail no parecía tener una estrategia.

Era como una tormenta filosa, un tornado de rabia que abría surcos de sangre a su paso y buscaba más gritos. Buscaba muerte.

Una mujer clavó los ojos en Ivax. Estaba asustada, pero también frenética; dudó un instante, lo estudió como si midiera las posibilidades de ganar. Algo en sus ojos azules la convenció. Levantó su martillo con las dos manos y corrió hacia él, saltando por encima de las grietas.

El hijo del tigre ladeó el rostro mientras la observaba.

Entornó los ojos y miró hacia el sol un instante, luego observó al público y, por último, volvió a mirar a la mujer que ya casi lo había alcanzado.

No pensaba defenderse. El dolor de los huesos hundiéndose debajo del martillo no lo asustó ni un poco, la certeza de la muerte próxima no le provocó nada.

Sin embargo, mientras él esperaba un golpe en la parte inferior del cuerpo, el martillo se alzó en el aire. El ángulo apuntó directo a su cabeza. La muerte, de pronto, se cernió sobre él como una sombra imprevista.

Observó el metal a contraluz, sorprendido.

Quizás fue la imagen de su padre, con el cráneo aplastado, quizás fue un instinto de supervivencia, pero el joven retrocedió justo antes de que el arma le arrancara el rostro.

Sintió el roce del aire en la nariz, vio la sombra rápida.

El martillo cayó al suelo con la fuerza de su peso y, si él hubiera querido ganar, ese habría sido el momento perfecto para el contraataque.

Pero no quería ganar. No quería ganar y, aun así… , ¿por qué había esquivado el golpe?

Retrocedió otro paso, mientras los latidos de su corazón resonaban por encima de los tambores.

Intentó calmarse, se esforzó por quedarse quieto; no importaba cuánto miedo le diera la muerte, la vida le parecía mucho peor.

Más aterradora, más dolorosa, más… vacía.

No había nada para él en ese mundo. No quedaba nadie.

Se relajó y observó cómo la mujer volvía a levantar el martillo, mientras el público gritaba y el sol comenzaba a lastimarle las retinas.

Antes de que el arma lo atacara por segunda vez, algo captó su atención por el rabillo del ojo.

Miró, distraído, cómo Ynva se desplomaba y patinaba hasta hundir la mano, sin querer, en una grieta de fuego.

La muchacha gritó, Ivax esquivó otra vez el golpe sin darse cuenta. Los dos hombres que la habían arrinconado se reían. Avanzaban hacia ella, manejando las armas con facilidad, deleitándose en el dolor ajeno. Como si hubieran nacido para combatir en el pentágono.

Cuando el martillo volvió a caer sobre él, acompañado con un grito de frustración y rabia, Ivax lo esquivó, una vez más, y aprovechó el momento para escabullirse.

Corrió hacia la muchacha y, detrás de él, la mujer soltó un alarido que resonó en todas las paredes.

Alguien se había encargado de que no llegara a la meta. El hijo del tigre no se giró a mirar.

Acorralada, con la grieta de fuego por detrás y sin tiempo para incorporarse, Ynva quedó atrapada en la sombra de sus enemigos. Gritó cuando levantaron el metal, ellos rieron al escuchar su grito.

Justo antes de que los martillos impactaran en sus piernas, Ivax se arrojó y la empujó con tanta fuerza que rodaron y aterrizaron demasiado cerca del calor. La fuerza del martillazo resonó e hizo vibrar el suelo. Ivax vibró con él mientras intentaba incorporarse. Escuchó las maldiciones a su lado.

—Ve —le dijo, con la voz adolorida, a la muchacha que lo observaba sentada y con los ojos muy abiertos. Él también la observó, la expresión a medio camino entre la urgencia y el cansancio—. ¡Corre!

El público se calló un instante mientras Ynva se incorporaba y corría hacia la meta. El murmullo de la multitud continuó resonando junto con los gritos de dolor y los gruñidos de quienes competían, pero las ovaciones se detuvieron, los tambores golpearon el aire con menos fuerza.

Uno de los hombres se fue en busca de alguien más, el otro caminó hacia él sin prisas, con el rostro desconfigurado por la rabia.

Ivax miró su lanza, instintivamente. Miró el martillo, observó el silencio ansioso de la multitud y dudó solo un instante.

Pero un rostro conocido lo distrajo el tiempo suficiente como para que el miedo abandonara sus venas.