Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Yail.

(Cinco meses después del golpe).

Había visto el pentágono muchas veces, había pasado junto a sus paredes enormes y oscuras y el olor a muerte siempre le había provocado náuseas.

Era como un monstruo siniestro, como las sombras sangrientas regurgitadas de una sociedad con bases podridas.

Cuando pasaba a su lado, intentaba no mirar.

Intentaba no pensar (y pensaba de todas formas) en lo que significaban los combates: la muerte despiadada de unos cuantos sureños para entretener a los tsaviences.

Los gritos de aliento o sorpresa, las sonrisas al salir, el espectáculo de la muerte.

Ese día, sin embargo, Yail sintió dos cosas muy distintas cuando vio, frente a sus ojos, el monstruo negro que ocultaba el sol, cuyos bordes resplandecían como si los rayos de la mañana quisieran enmarcar su oscuridad.

Sintió dos cosas que, de alguna manera, se complementaban.

Sintió un odio tan profundo y visceral que se parecía a un incendio de llamas negras en el estómago, sintió una ansiedad tan fuerte que el olor de la sangre lo entusiasmó.

Su cuerpo vibraba emocionado. El hedor a muerte lo llamaba, tiraba de él, le provocaba deseos de saltar y golpear cosas.

La urgencia lo devoraba por dentro, sus sentidos parecían haberse multiplicado.

Y, fuera lo que fuera que hervía en su interior, el monstruo de paredes oscuras lo alimentaba como si fuese la fuente de poder de todo su odio.

—Muévanse —ordenó el hijo de la iguana, dando un tirón ligero a las cadenas.

Yail apenas escuchó la voz, pero el tintineo en su cuello lo arrastró a la realidad y lo obligó a mover los pies antes de arruinar el equilibrio de la fila.

Estaban encadenados unos a otros y, como si no se detestaran lo suficiente, una pequeña vacilación en una sola persona podía desestabilizarlos a todos.

Avanzaron hasta que la sombra del pentágono los devoró; los guardias, apostados alrededor del equipo como dos vallas que les impedían escapar, los guiaron hacia una pequeña puerta de hierro que, de pronto, se abrió. Y dio paso a unas sombras más oscuras. Entraron.

La puerta se cerró detrás de los últimos guardias. Yail observó la cueva vacía en la que se habían metido. La luz atrajo su mirada, y tuvo que esperar a que sus ojos traspasaran los rayos de sol para ver más allá de la salida. La única salida: el campo de combate.

El sol iluminaba el piso de basalto, las grietas de fuego, la sangre y la tierra que, evidentemente, nadie limpiaba. Yail se concentró en los asientos que comenzaban a llenarse, apenas visibles, un espacio ensombrecido en donde se movían personas.

—Levanten la cabeza —dijo alguien. Obedeció. Todos lo hicieron.

El hombre que comandaba a los demás comenzó a abrir los grilletes. Se detuvo un instante frente al hijo del tigre, las manos quitas y la mirada fija en el suelo como si dudara. Como si quisiera decir algo. Finalmente, le quitó los grilletes en silencio.

Cuando llegó su turno y las cadenas cayeron con un clic metálico, Yail se observó las manos como si las viera por primera vez.

Antes de que pudiera reaccionar, alguien puso una lanza sobre sus dedos extendidos.

Levantó el rostro y miró alrededor, pero no hubo explicaciones, advertencias o consejos.

Una lanza para cada uno. Soldados vigilando desde las paredes. Y esperar.

Observó el arma, la giró para colocar frente a su rostro el extremo filoso y puntiagudo.

Era ligeramente más delgada que los bastones que usaban durante el entrenamiento, era más fácil de manejar, más deslizable entre los dedos.

Y, contrario a lo que había esperado, era hermosa.

El metal de la punta tenía un filo brillante y perfecto, esbelto y duro a la vez, mortal.

El asta era roja, tal vez en honor a la sangre o tal vez por los colores de Tsavixia, y dos hilillos de oro se entrelazaban una y otra vez a lo largo de la madera pintada y barnizada.

Parecía mucho gasto para un puñado de «nómades», pero en realidad el gasto no era para ellos; era parte del espectáculo, igual que la muerte patética que tendrían sobre el campo de combate.

—¿Y ahora qué? —preguntó Quenyl, dando vueltas a su lanza con soberbia, forzando a apartarse a quienes estaban a su alrededor.

—Ahora esperan —dijo el guardia, con un tono frío y entre dientes.

—¿Dónde está el entrenador? —preguntó Envaia. No parecía nerviosa, como si la vida y la muerte le dieran lo mismo—. ¿Ahora que estamos armados se ha cagado encima?

—Que estén armados o no, no cambia nada. Hay soldados en cada rincón, y vigilando cada puerta —respondió sin responder, de mala gana, como si no quisiera estar allí. Casi… como si él sí estuviera nervioso.

Si la joven dijo algo más, Yail no la escuchó. Su mirada se había perdido en el arma, y el silencio de su mente comenzaba a mezclarse con un zumbido apenas perceptible. De fondo, como un eco, los latidos de su corazón corrían cada vez más rápido.

Un frenesí silencioso crecía dentro de él. Una burbuja más y más grande, a punto de explotar.

—Como ya dije, si alguien se queda en el camino…

Quenyl no terminó la frase. Su voz aún era arrogante, pero las vibraciones del miedo comenzaban a colarse en ella.

—¿Lo molerás a patadas? —preguntó el muchacho más pequeño, con una ironía muerta. Guerie. Al igual que todos los demás, miraba hacia la luz del sol.

—Le meteré la lanza por el culo —respondió, con un gruñido.

El aire se tensó, el silencio los envolvió por un instante.

Las voces del público se volvieron estruendosas.

Desagradables, como arañas en los tímpanos.

Como cucarachas acomodándose en asientos, girándose para conversar, riéndose con chillidos emocionados y asquerosos, esperando con hambre el olor a muerte.

Un sonido, a sus espaldas, lo desconcentró y acalló tanto el zumbido como las voces. Un sollozo contenido. La muchacha de mirada vacía, con su mirada vacía, lloraba. Yail creía recordar que su nombre era Ynva, pero ya no importaba su nombre. No tenía sentido aprenderlo ahora.

Miró la fila desorganizada y se preguntó cuántos caerían antes de llegar al otro lado. ¿A cuántos de ellos tendrían que reemplazar desarmando otros equipos, acoplándolos una y otra vez hasta que solo quedaran catorce contrincantes?

La muchacha no parecía tener muchos números a favor; si él hubiera estado desesperado por sobrevivir, y no por asesinar, iría a por los más débiles. Los más pequeños, los más asustados, aquellos que tuvieran lágrimas en los ojos.

Guerie era rápido, pero débil; demasiado débil.

Ivax ya estaba muerto. En cuestión de minutos, sus vísceras se desparramarían por el piso, su sangre se evaporaría en las grietas de fuego con un hilillo blanco y un susurro.

La idea no le desagradó. Estaba tan frenético, tan ansioso por luchar, que el olor a muerte solo lo excitaba.

El odio se había convertido en una sed que lo enloquecía, en ansias que deseaba satisfacer desesperadamente.

Quenyl, Envaia y Dorael se las arreglarían para llegar al otro lado.

No sería necesario eliminarlos del combate, así que Yail no les prestó atención.

Paseó una mirada intensa por las personas a las que estaba a punto de matar, volvió los ojos hacia las cucarachas.

Inclinó la cabeza, como si pudiera quitarse sus voces, como si pudiera bloquearlas.

La ansiedad creció, el fervor ardió como un incendio en sus venas.

—¿Alguien tiene últimas palabras?

—Cállate, Quenyl —dijo Yail, disparando la voz entre sus dientes, con la mandíbula tensa de furia.

Antes de que el grandote pudiera contestar, se giró para clavarle una mirada que lo congeló y lo dejó mudo. A todos. El equipo entero se removió, estremecido, ante la mirada en la que ardían las llamas de todos los infiernos. La mirada en la que ardía la muerte.

Los tambores comenzaron a sonar.

Los ojos oscuros se clavaron en el público, sus pupilas reflejaron el campo de combate.