Capítulo 42
Luodrin.
(Cinco meses después del golpe).
Leyó, por décima vez, la carta que le habían entregado a primera hora. La letra formal y prolija, el papel impecable, el sello roto de los hijos de la iguana.
«Gracias por la oferta, muchacho. De verdad.
Pero mi casa siempre ha sido aliada de los hijos del tigre y hacer un pacto con ustedes, aunque sea para recuperar a sus herederos, sería traición.
Los hijos de la iguana cambian de piel, pero no de valores.
Es nuestro lema. Si es necesario, moriremos por él».
Luodrin apretó los dientes y ocultó sus emociones antes de alzar los ojos. Su padre estaba mucho mejor. De pie, al otro lado de la mesa, lo observaba. El silencio de la biblioteca los envolvía como solo puede hacerlo el silencio de las cosas muertas.
—¿Qué dice? —preguntó el jefe de los hijos del lobo.
—Que no —dijo él, tendiéndole el sobre.
Su padre negó con la cabeza. Había un brillo astuto y peligroso en su mirada.
—Hasta mañana, eres mi reemplazo —dijo, estudiándolo con ojos fríos y profundos—. ¿Qué harás?
«Los encerramos en el templo y los miramos arder», esas habían sido sus palabras. Luodrin sostuvo la mirada helada de su padre, escondió el cosquilleo de náuseas que le recorría el estómago y bajó unos ojos, cargados de ira, hacia la carta que ya no quería leer de nuevo.
La arrugó.