Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Algo se sacudía dentro de ella cada vez que la llamaba con ese nombre. No le gustaba. Ni el apodo, ni el estremecimiento en los huesos cada vez que lo escuchaba pronunciado por su voz. Y, aun así, quería volver a oírlo.

Se giró, con el cuerpo duro y la sensación de que las siguientes palabras iban a gustarle un poco menos. Esperó, los ojos ligeramente entornados, el ceño ligeramente fruncido. Levantó otra vez todas sus barreras.

—Sé que te reunirás con él mañana —dijo.

La joven sintió cómo sus músculos se endurecían y los sentimientos se alejaban de su cuerpo hasta dejarle el pecho vacío y helado. Su mirada se oscureció.

—¿Me has estado siguiendo otra vez?

Dan esbozó una sonrisa tenue que podría haber sido traviesa de no ser por el destello triste en los ojos. Una vez más, azules.

—Parece que he mejorado bastante.

—Pues sí.

La tensión en el aire y el silencio rígido sugirieron todas las cosas que ella quería decir y no dijo. Los reproches, la rabia contenida como una llama de fuego dentro de un puño congelado. Apagó sus sentimientos, detuvo las vueltas de su mente y lo miró con un rostro inexpresivo.

—Lo siento.

—Está bien.

—No, sé que no debería haberte mentido —dijo, bajando los ojos. Todo rastro de sonrisa se había borrado de su expresión—. Pero supuse que…

—¿Qué? —preguntó, los ojos oscuros clavados en él con intensidad.

Dan respiró hondo antes de volver a mirarla con una expresión inquisitiva.

—Supuse que no me dejarías ir contigo —dijo, estudiándola como si pudiera leer a través de sus ojos—. Cuando te encontraras con el hijo del cuervo.

Vivssanya sintió que algo dentro de ella se endurecía aún más para contener otra cosa. Olió su propio miedo y lo escondió.

—¿Y por qué me lo dices ahora? ¿Por qué no me sigues mañana otra vez y ya está?

Dan ladeó la cabeza.

—Porque ya no quiero mentirte.

Contuvo una sonrisa irónica que, de todas formas, asomó a sus ojos y que escondía mucho más.

Una serpiente que confía es una serpiente muerta .

Era el lema del internado, las palabras que repetían los niños una y otra vez.

Un mes atrás, a Vivssanya no le habría importado si le mentía o no.

Pero ahora… Sintió el vértigo de quien se asoma a un abismo.

Sintió que las cosas habían comenzado a escaparse de control.

Sobre todo, porque él estaba en lo cierto.

—No, no quiero que vayas conmigo mañana —dijo, con un tono cortante que no invitaba a la discusión.

—Vivssanya…

—Es poderoso. No puedo enfrentarme a él, y no pondré a Shin en peligro para que tú puedas vengarte.

Ni a Shin, ni a ti . Apretó los dientes, suspendida en el pensamiento que acababa de escaparse de su mente.

El vértigo volvió a invadirla. Poco a poco, comenzó a convertirse en pánico.

¿Por qué se preocupaba por él? ¿Por qué le daba miedo que se fuera?

¿Por qué le daban miedo sus mentiras? ¿Por qué le daba miedo la posibilidad de que resultara lastimado?

Esto es una estupidez . Retrocedió cuando Dan avanzó hacia ella. Es la estupidez más grande del mundo .

—Dijiste que no querías trabajar para La Orden. Dijiste que querías tu libertad de vuelta —insistió, con un tono que intentaba convencer. Dio otro paso cuidadoso, buscando su mirada—. Los dos queremos lo mismo. Yo no puedo sin ti, y creo que tú tampoco puedes hacerlo sola.

—No —repitió, terminante.

Dan bajó los ojos y se mordió los labios para contener un suspiro. Cuando volvió a observarla, su mirada, endurecida, brilló con dos emociones diferentes: empatía y reproche.

—¿Y cuál es tu plan? ¿Seguirás asesinando para ellos toda tu vida? —preguntó, eliminando la distancia que los separaba.

Había algo más que dureza en sus ojos, más que comprensión, incluso, un brillo filoso que se parecía a la súplica. Vivssanya se esforzó por no dejarlo entrar. Se endureció todo lo que podía y dejó que sus ojos se convirtieran en carbón.

—Si no te gusta, mátame.

Dan torció el gesto. Un brillo distinto atravesó sus ojos, demasiado fugaz, incomprensible.

—¿Qué pasará cuando te envíen a asesinar a un niño? ¿O a una persona que conoces? —preguntó, hablando casi entre dientes.

Ella esbozó una sonrisa venenosa.

—Soy una hija de la serpiente. Mueren niños a mi alrededor, aunque yo no quiera. Sobre todo, mueren personas que conozco, aunque yo no quiera. Y la verdad es que no me importa.

—Mientes —dijo, taladrándola con una mirada que le molestó. Vivssanya tensó su mandíbula, se acercó un paso.

—Estoy hecha para matar. Podría asesinarte ahora mismo, en un segundo, con un roce que ni siquiera sentirías.

Dan también tensó el rostro. Parecía impaciente. Irritado.

—Mientes otra vez.

Sintió que la rabia comenzaba a calentar el aire que entraba a sus pulmones, que la ahogaba junto con la angustia. Porque él tenía razón. Porque ella le había enseñado demasiado y ya era tarde para escaparse del precipicio en el que estaba a punto de caerse.

—Eres tú el que miente —masculló, apuñalándolo con los ojos mientras él sostenía su mirada con firmeza. Extendió una mano cuidadosa y lenta hacia su rostro—. Eres tú el que finge ver algo más en mí, como si no te espantaras cada vez que…

No llegó a rozar su piel. Antes de que pudiera decidirse, Dan sujetó su mano con suavidad, pero también con firmeza, y la apoyó en el punto en donde se abría su camisa. Por encima del pecho, donde latía su corazón. Por debajo de la garganta en donde se marcaban sus tendones.

Vivssanya se estremeció cuando sintió sus cicatrices debajo de los dedos, el calor y la suavidad de su piel, la dureza de sus clavículas. No intentó apartar la mano. No intentó nada, porque lo único que atinó a hacer fue levantar el mentón para mirarlo a los ojos.

Allí estaba otra vez, el gris abriéndose paso, sus sentimientos reflejándose con la sinceridad del agua transparente. No, no se espantaba cuando entraba en contacto con su piel. No, no le tenía miedo. No sentía repulsión ni náuseas cuando la tocaba.

¿Por qué?

No quería saber por qué, no le importaba.

Lo que quería era irse de allí antes de que el calor de esa piel trepara por su brazo y llegara a su pecho.

Tuvo la sensación de que era demasiado tarde.

Todo su cuerpo había comenzado a vibrar, la tensión de sus músculos empezaba a deshacerse. Sus barreras…

No .

Pero Vivssanya no había tocado nunca a nadie más que a sus víctimas. La piel humana, para ella, solía tener olor a muerte y en ese momento, sin embargo, se sentía en las antípodas del frío y las sombras. Quería seguir allí. Peor, quería meterse más adentro. Hundirse en ese calor y…

No , se repitió a sí misma. Apartó la mano como si su piel quemara, apartó los ojos, preguntándose cuántos de sus pensamientos se habían asomado a sus pupilas.

Todo se había salido de control, todo era un desastre, una…

Una estupidez . Lo fulminó con la mirada, dio un paso hacia atrás.

No estaba enfadada, pero no sabía de qué otra manera reaccionar al miedo que le quemaba el estómago.

Miró la puerta, como un animal acorralado. Recogió su capa del rincón en el que la había apoyado y salió hacia la luz. Por primera vez, el sol no le molestó. Prefería la luz solitaria que el peligro de una penumbra en compañía.

Se escapó de su propia casa, sin saber a dónde, mientras Shin se movía con nerviosismo por su piel. Caminó rápido, con la sensación de que nunca antes había escapado de algo tan peligroso.