Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Vivssanya.

(Cinco meses después del golpe).

Lo primero que vio al despertar fue el techo.

Lo segundo, las mantas vacías del otro lado de la casa.

Buscarlo, cuando sus ojos todavía veían borroso y su mente estaba confundida por el sueño, se había convertido en una costumbre.

Cada vez que la realidad la arrastraba de nuevo hacia el mundo, Vivssanya se aseguraba de que él aún estuviera allí.

Se había acostumbrado a su presencia. Había pasado de sentirse incómoda e irritada a disfrutar de una tranquilidad nueva que no había sentido nunca. A asustarse, también, cada vez que sus ojos no lo encontraban en donde solía estar.

Se incorporó, confundida, y giró el rostro por la casa.

Había demasiada luz. Encontró a Dan junto a la puerta abierta, sentado con un cuaderno, junto a los dos reptiles que…

parecían estatuas en la calle vacía. La iguana miraba el sol con una posición extraña, como si elongara el cuerpo, y Shin estaba acurrucada bajo la luz que hacía brillar sus escamas negras.

Frunció el ceño, buscando una explicación a través del vínculo; sintió un adormecimiento extraño. Calidez.

—¿Qué hacen? —preguntó, y Dan alzó el rostro del cuaderno, sorprendido. Siguió sus ojos hacia los animales.

—Tomar sol —dijo, encogiéndose de hombros. Volvió a mirarla a ella y su expresión se iluminó, como si lo que veía le resultara gracioso.

La joven parpadeó dos veces, en un intento por despabilarse, y se frotó los ojos. Se sentó frente a él.

—¿A la vista de todos? —preguntó, entornando los ojos hacia Shin.

La serpiente se removió (sentía su desaprobación a través del vínculo), pero la comodidad que la aturdía era demasiado fuerte.

—Acaba de amanecer —dijo Dan, con esa mirada que, a veces, parecía más cálida que el sol—. No hay nadie en la calle.

Shin giró la cabeza hacia ella, despacio, adormecida, y sacó la lengua con un siseo perezoso.

Un rato , le advirtió, intentando no contagiarse.

Ni bien escuches a alguien, ven adentro.

Cuando la serpiente se acurrucó un poco más, la joven bostezó y volvió a mirarlo; encontró sus ojos todavía clavados en ella. Lo ignoró, incómoda.

—¿Tú y tu lagartija no deberían regresar a… donde sea que viven los hijos de la iguana? —preguntó.

Mientras aguardaba una respuesta, se levantó y caminó a la ventana de hierro para abrirla.

Chirrió, más luz se extendió por las paredes.

El sol golpeó su camisa negra y su pantalón arrugado.

En medio del rayo de luz, se giró para observar los ojos azules que continuaban clavados en ella, en silencio.

No quería que se fueran. No realmente. Pero prefería que se marcharan más temprano que tarde, antes de que se acostumbrara un poco más, antes de que su compañía comenzara a gustarle demasiado. Antes de que la palabra «regresar» le endureciera más el estómago y le congelara el corazón.

Dan no respondió nada. Mejor . Vivssanya no quería que respondiera.

—¿Le has puesto un nombre? —preguntó, antes de que la incomodidad lo forzara a decir algo.

Levantó los ojos y la observó con un brillo astuto en la mirada, como si supiera por qué había cambiado el tema de conversación. Revolvió la vista por las paredes, negó con la cabeza.

—Lagartija le queda bien.

Dan sonrió y volvió a negar, mientras sus ojos volvían al cuaderno como por instinto.

—No es una lagartija.

—Tija, tal vez —continuó, ignorándolo. Se acercó, señaló la libreta en sus manos—. ¿Qué haces?

Dan lo cerró antes de que ella pudiera mirar y tensó el ceño, con una expresión aprensiva, avergonzada, como si lo hubiera atrapado haciendo algo que no debía hacer.

Vivssanya se acercó. Solía mantenerse lejos, tan lejos como fuera posible y más lejos cuanto más quisiera acercarse, pero en ese momento la curiosidad desarmó sus barreras.

Se sentó a su lado y lo observó, esperando a que volviera a abrir el cuaderno.

—Una vieja costumbre —dijo, encogiéndose de hombros.

Bajó la libreta un poco más, la escondió entre sus rodillas disimuladamente, quizás por instinto—.

Había dejado de dibujar después de la muerte de mi padre, pero…

No lo sé. La idea me ha estado molestando las últimas semanas, así que conseguí un cuaderno.

—¿Qué idea? —preguntó, estudiando su rostro—. ¿Dibujas? ¿Como arte?

Él negó con la cabeza. Su mandíbula estaba dura y sus ojos viajaban con nerviosismo por el suelo.

Un rubor avergonzado comenzaba a encender sus mejillas, pero en su mirada había algo más que vergüenza.

Había un destello húmedo que se parecía a la angustia.

Vivssanya se asustó, pero ya era tarde como para cambiar de tema.

—Era lo que hacía, todo el tiempo, mientras los demás entrenaban. Estudiaba cosas. O inventaba cosas.

Su voz había comenzado a apagarse, su mente se había perdido en recuerdos otra vez.

La joven no tenía mucha experiencia leyendo o comprendiendo a otros.

No tenía ninguna experiencia, en realidad, más que el mes que llevaban viviendo juntos.

Él era su único objeto de estudio. La única persona a la que había podido observar el tiempo suficiente como para saber cuándo lo atacaba su propia memoria o se hundía en la culpa.

Comenzaba a conocerlo. Y aún no sabía lo peligroso que podía ser conocer a otra persona.

—Muéstrame —dijo, olvidando sus barreras.

Había luchado por evitar que se repitiera lo que había sucedido la noche del alcohol, esa sinceridad que había fluido entre ellos, la vulnerabilidad que, al día siguiente, le había provocado pánico.

Vivssanya no quería meterse allí. No quería entrar a un sitio del que no sabía salir, en el que no sabía moverse.

Pero, de vez en cuando, había algo en sus ojos que desarmaba su frialdad.

Un brillo intenso en sus pupilas. Una honestidad constante que la ponía nerviosa y una calidez que la asustaba.

En ese momento, era algo parecido al temor. No lo escondía. Ocultaba su rostro, se transformaba en otras personas y, al parecer, no sabía ocultar sus sentimientos. O no quería. Vivssanya se preguntó si todos los seres humanos eran así de transparentes.

—Es una tontería —dijo, esbozando una sonrisa incómoda y ladeada mientras bajaba los ojos.

No quería incomodarlo, solo quería… borrar la angustia que había visto detrás de su mirada. Y que le había atravesado la piel. ¿Por qué te importa? , preguntó la parte de sí misma que aún tenía miedo. Pero Vivssanya la ignoró por un rato.

—¿Es una tontería privada?

Dan negó con la cabeza y le tendió el cuaderno, con una sonrisa incómoda que fingía tranquilidad.

Inexpresiva, lo abrió en la página donde él había dejado el trozo de carbón con el que había hecho los dibujos.

Apareció un boceto frente a ella, algo intrincado que, en un principio, no entendió.

Había plantas, talladas con un trazo perfecto, ordenadas bajo un tubo que él no había terminado de pintar.

—¿Qué es esto? —preguntó, apoyando el dedo sobre otros dibujos de la hoja que no alcanzaba a comprender.

El hijo de la iguana dudó un instante y luego se acercó para mirar el boceto junto a ella.

—Un mecanismo —dijo, encogiéndose de hombros—. Para regar las plantas.

—¿Cómo funciona? —preguntó, antes de observarlo. Le pareció encontrar sorpresa en sus ojos.

—Pues… es bastante fácil. Aquí hay un barril de agua, o una cuba, un recipiente grande —dijo, señalando el boceto.

A medida que hablaba, la vergüenza comenzaba a esfumarse de su voz—.

Tiene que estar en altura; accionando una llave de paso, la fuerza de gravedad mueve el agua hacia este caño de aquí y…

—¿Qué es una llave de paso? —preguntó ella.

—Un mecanismo para permitir u obstruir el paso del agua —dijo. Había algo parecido a una sonrisa en sus ojos mientras observaba, de hito en hito, el dibujo y la pared—. Cuando abres, fluye por el caño y sale por los orificios. Cuando cierras, deja de fluir. Queda almacenada en el recipiente.

Vivssanya siguió sus ojos hasta la pared e intentó imaginar lo que él veía. Nunca se le habría ocurrido algo así; para empezar, porque no le molestaba regar las plantas, pero también porque no había escuchado sobre la «fuerza de gravedad» en su vida ni sabía cómo instalar un caño en la pared.

—Te dije que era una tontería —balbuceó, riéndose—. Solo quería sacarlo de mi mente.

—No es una tontería. Es impresionante —dijo, todavía mirando la casa e intentando visualizar el boceto.

No tenía tanta imaginación. Al menos, no para esas cosas; podía predecir una pelea, podía anticiparse a casi cualquier peligro y podía imaginar cien formas de matar a alguien.

Pero un caño en la pared… Se encogió de hombros—.

Es impresionante que se te ocurran estas cosas. Y son impresionantes tus dibujos.

Cuando giró el rostro hacia él, se encontró de frente con sus ojos.

La miraba con una profundidad extraña, intensa…

, gris. ¿Sus ojos eran grises? ¿O era un efecto de la luz?

¿Y siempre habían sido tan transparentes y profundos como un océano cálido?

Vivssanya se distrajo con ellos, sintió como si nadara por un instante.

Y entonces se sintió estúpida. Desvió la mirada y parpadeó dos veces, intentó desprenderse de la sensación incómoda que cosquilleaba en su piel.

¿Por qué en su piel? Si no la había tocado.

La hija de la serpiente se incorporó, miró hacia Shin y, en silencio, le pidió que volviera a entrar.

El animal reptó por el piso y, cuando ella se agachó, se adentró en su manga.

—¿Tienes hambre? —preguntó, mirando a Dan otra vez como si no hubiera sucedido nada. Encontró algo aún más extraño en sus ojos. Una determinación que le dio miedo. Lo ignoró, incómoda, y comenzó a caminar hacia el otro extremo de la casa—. Hay pan. Y algunas frutas…

—Viv.