Capítulo 40 #2
Hacía lo mismo cada mañana, en el mismo lugar.
Respiraba hondo, llamaba a Dieva para que se sentara a su lado.
Le gustaba acariciar su pelaje mientras el vínculo se volvía más fuerte, mientras el poder fluía entre las dos.
Le gustaba sentir cómo la magia entraba por su piel hasta llenar sus huesos.
Se sentía imponente, enorme, como si de pronto controlara el mundo.
Entornó los ojos, miró el cielo y se concentró en llamar las nubes.
Había mejorado mucho desde la primera vez; sus poderes ya no salían de ella en estallidos que podían matarla.
Era capaz de controlar el viento, de sentir la densidad del aire, la carga eléctrica, la humedad, la temperatura, todos los elementos de una tormenta como pequeñas piezas separadas que ella podía juntar para crear algo distinto cada día.
El cielo se nubló rápido, el pueblo se oscureció como si algo inmenso y peligroso se ciñera sobre las casas y les hiciera sombra.
A su lado, Dieva comenzó a brillar. Un brillo tenue que crecía despacio, no una explosión de luz como la primera vez.
La joven sonrió y la acarició, disfrutando del viento frío que llegaba para rozar su rostro.
Lo respiró, lo soltó en un suspiro satisfecho y lo envió hacia arriba.
Las gotas comenzaron a caer con un sonido suave, un crujido discreto y acogedor resbalando por las hojas de los árboles, golpeteando los techos de paja, regando los huertos. Después de algunos segundos, ella comenzó a sentir el agua en su cabeza.
Ya no cerraba los ojos. No se perdía a sí misma en la tormenta; podía mantener un control de su cuerpo mientras, a la vez, era parte de las gotas, de las ráfagas, de las nubes que le daban un descanso del sol al bosque.
Renax hacía llover todas las mañanas para practicar, pero, sobre todo, porque el vacío se apagaba ligeramente mientras ella se perdía en el viento.
Se convertía en agua, en aire, y sus recuerdos la dejaban en paz por el tiempo que duraba la lluvia.
Su cuerpo se destensaba, algo parecido a una sonrisa feliz se posaba sobre sus labios.
Dieva se sacudió para deshacerse del agua, la joven la acarició otra vez y se dedicó a observar el pueblo bajo la lluvia. Y, sin darse cuenta, comenzó a imaginar una vida. Mañanas de lluvia, tardes de sol, un huerto, un compañero, una muerte lejana y tranquila.
Aspiró más aire frío, azuzó el viento y observó las nubes, con una sensación de calma vibrando en su corazón. Quizás no necesitara nada más. Quizás la lluvia, Dieva y aquel pueblo pudieran deshacer, poco a poco, sus pesadillas y…
Un ardor repentino en su mano detuvo su control sobre la tormenta.
Las gotas dejaron de caer, Renax esbozó una mueca ladeada y extendió la palma para observar su tatuaje con una mirada sorprendida.
Se había acostumbrado a la incomodidad constante, a veces un ligero ardor, a veces un pinchazo molesto…
Pero lo que le quemaba la mano en ese instante era mucho más.
Era como si la tinta, otra vez, se hubiera convertido en fuego.
¿Por qué…? Abrió y cerró el puño, distraída, mientras las nubes se escapaban lentamente y el sol asomaba el rostro para iluminar otra vez las calles de barro. Dieva se acercó, con un ronroneo, y lamió la palma extendida.
—Ya pasará —dijo, en un susurro—. Es solo…
Se interrumpió porque no estaba segura de cómo seguir, pero también porque vio un movimiento con el rabillo del ojo.
Se replegó por instinto, gateó hacia el tronco más cercano y se asomó para mirar.
Su mano continuaba ardiendo, pero la ignoró.
Si algo había aprendido en su paso por el bosque, era que cualquier cosa en movimiento podía hacerle daño.
Dieva notó su nerviosismo, y su pelaje se erizó mientras el cuerpo enorme se agazapaba. Ambas clavaron los ojos en dos hombres que atravesaban el bosque hacia el pueblo. Había algo extraño en la manera en la que caminaban. Muy juntos, despacio, con torpeza.
Cuando abandonaron los árboles, la joven los reconoció.
Y, en ese mismo instante, vio el rastro de sangre que habían dejado sobre los arbustos.
Salió de su escondite, corrió hacia ellos.
El muchacho se desplomó antes de que ella pudiera alcanzarlos, su padre se agachó junto a él y presionó la herida, el rostro compungido por el miedo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, agachándose junto a él, mirando el corte en su pierna, la sangre que se colaba entre los dedos del herrero.
—Lo siento, muchacha —dijo, negando, con los ojos perdidos como si el miedo le impidiera concentrarse—. He tenido que decirles. Lo iban a matar, lo iban a…
Las palabras la golpearon como un bate de hielo; su cuerpo se congeló un instante, el pánico la paralizó. No hay tiempo. Hizo una bola con el miedo y lo arrojó a un costado. Sacudió la cabeza, buscó los ojos del hombre que estaba a punto de perder a su hijo.
—Hay que llevarlo con alguien que sepa tratar heridas.
—Missela…
—Bien. Tienen que desinfectar eso y coserlo antes de que pierda demasiada sangre —dijo, con una voz tan firme que el hombre despertó, poco a poco, de su parálisis—. ¿Puedes levantarlo?
Lo único útil que le habían enseñado en toda su vida habían sido los primeros auxilios; si un hijo del tigre se lastimaba, su esposa tenía que poder salvarlo. En la teoría, al menos. La realidad era que jamás había tocado una herida que no fuera propia.
El herrero pasó una mano por debajo del hombro de su hijo y lo incorporó con brusquedad, arrancándole un grito al muchacho que apenas estaba consciente. Ella ayudó a cargarlo desde el lado izquierdo y ambos atravesaron el fango de las calles hasta la casa de la anciana.
—¿Saben que estoy aquí? —preguntó, con voz ronca, mientras tanto.
—Sí —dijo él, mientras su hijo soltaba gemidos incomprensibles.
—¿Por qué no han atacado todavía?
—Han regresado por donde venían —dijo, negando con la cabeza—. No lo sé. Quizás aparezcan en unos minutos, quizás vuelvan en una semana con un ejército. No lo sé.
Renax asintió por instinto, como si supiera qué hacer, como si no estuviera asustada y perdida. La gente comenzó a asomarse, entre murmullos. Los vecinos corrieron a ayudar y, en poco tiempo, la casa de Vanev y su abuela estaba llena de gente.
La anciana actuó con rapidez; desinfectó, cosió con dedos ágiles mientras los demás se espantaban por la cantidad de sangre y el rumor de que dos soldados habían aparecido en el bosque se extendía. Soldados de Tsavixia. Soldados que buscaban a la hija del tigre.
Renax retrocedió por instinto, mirando la escena con la mente paralizada y las manos temblorosas. Tenía que irse de allí. Tenía que dejar el pueblo antes de que la encontraran, antes de que más gente saliera herida por su culpa…
Vanev la observó, con miedo, desde el otro lado de la pequeña multitud reunida. Desde el otro lado de la penumbra. Y su mirada fue como un golpe de aire seco que despejó su mente. Poco a poco, Renax dejó de temblar, dejó de retroceder hacia la puerta.
No podía irse. Estaba claro, de pronto, como un cielo límpido. Observó a la gente que la había ayudado, a la anciana, al muchacho que estaba herido por su culpa, al herrero, al panadero, a Vanev otra vez, y comprendió que no quedaría nadie con vida si ella dejaba el pueblo.
Los matarían para encontrarla.
Si los dos soldados regresaban con más gente, aquello se convertiría en una pila de cadáveres y ella, de todas formas, no podría llegar demasiado lejos. No podía escaparse, esta vez. La solución era tan simple que el miedo, lentamente, abandonó sus huesos y solo le dejó una expresión tranquila.
Lo que debía hacer era luchar.