Capítulo 40
Renax.
(Cinco meses después del golpe).
Después de un rato, siempre aparecía esa sensación desagradable.
Culpa, tal vez. Pero no, no era eso; al menos, no era solamente eso.
Allí acostada en una cama que no era suya, mirando una y otra vez el techo de paja, el silencio pacífico comenzaba a sentarle mal.
Se sentía… una intrusa. Se sentía fuera de sitio, como si estuviera intentando vivir una vida que no le correspondía vivir.
Comenzó a incorporarse y Dieva, desde el costado de la cama, se despertó y alzó el rostro; antes de que pudiera acabar de sentarse sobre el colchón, una mano sobre la suya la detuvo. Renax miró al hombre que también comenzaba a despertar.
—No te vayas —dijo, con voz ronca, frotándose el rostro con la almohada para despejar la mente.
—Si tu abuela se levanta y no me ve, podría preocuparse —dijo, en un susurro.
Dieva gruñó y se acomodó para seguir durmiendo. Ambas sabían que esa no era la verdad. Que, simplemente, quería irse a una cama que no compartía con nadie, donde nadie respiraba a su lado ni exudaba calor.
—Mi abuela sabe que duermes conmigo —masculló, girándose para mirarla—. A esta altura, debe estar esperando bisnietos.
Renax ladeó una sonrisa, intentando esconder su incomodidad.
—No digas esas cosas.
Si quedaba algo de sueño en el rostro que la observaba, se evaporó poco a poco hasta dejar al descubierto una mirada seria.
—¿Por qué no? —preguntó, y ella sintió que la ansiedad se amontonaba en su garganta repentinamente.
Llevaba muchos días evitando pensar en el futuro.
Evitando pensar en su vida, perderse en preocupaciones o recuerdos, evadiendo las decisiones que, tarde o temprano, tendría que tomar.
Pero, aunque el miedo la bloqueara, no podía evitar el asunto para siempre.
Y no podía, sobre todo, traspasarle su ansiedad a él.
Esbozó una mueca y bajó los ojos.
—Sabes que me iré. Ni siquiera deberíamos estar haciendo esto.
—No tienes por qué irte —dijo él, tirando de su brazo. Renax se dejó arrastrar hasta el colchón y sus rostros quedaron frente a frente, sus ojos tan cerca que ya no podía evitarlos.
—Sí tengo que irme. Este lugar está demasiado cerca de Tsavixia. Me encontrarán de un momento a otro y no puedo poner en riesgo…
—Pero…
—No puedo poner en riesgo —repitió, mirándolo a los ojos, compartiendo su preocupación con él— a todas las personas que me salvaron, me acogieron, me alimentaron…
—No te encontrarán —dijo él, negando con la cabeza—. Si llegan, te escondemos. Nadie en este pueblo te delataría.
—Lo sé —dijo, girándose para mirar el techo.
—¿No quieres quedarte? —preguntó.
Renax volvió el rostro ligeramente y lo observó de refilón, preguntándose a sí misma si quería quedarse.
Vanev era un hombre hermoso. A la joven le gustaba el color de su piel, le gustaba su nariz recta, sus ojos oscuros, su cabello negro y ondulado.
Le había gustado la manera en la que la había besado por primera vez, un mes atrás, con dulzura; le había gustado que se preocupara por sus miedos, que fuera paciente con todo lo que ella no sabía; le había gustado, más que nada, que él no supiera una sola cosa sobre su vida anterior, porque había sido como empezar a vivir desde cero.
Pero esa nueva vida, poco a poco, comenzaba a sentirse falsa.
La anciana que la había cuidado como si fuera su abuela, el pueblo que la había recibido con los brazos abiertos, el hombre que se había sentido atraído por ella aun con sus rizos, sus pecas, sus cejas oscuras…
Todo eso se sentía ajeno, como si estuviera usurpando algo que, tarde o temprano, tendría que dejar ir.
No estaba lista para responder esa pregunta, así que la ignoró.
—¿Por qué quieres que me quede? No estás enamorado de mí. Te gusta la hija del pescador.
Él sonrió, se encogió de hombros y también se acostó boca arriba, mirando el techo.
—Ahora está casada con otro.
—Yo también —dijo, con un tono irónico, alzando el brazo para que la luz del amanecer, que se colaba por la ventana, iluminara su tatuaje.
—¿Hablaremos sobre eso? —preguntó, con las cejas enarcadas.
Ella se limitó a esbozar una sonrisa llena de amargura.
—No —dijo. Bajó el brazo—. ¿Responderás a mi pregunta?
—No tengo que estar enamorado para querer que te quedes. Haces feliz a mi abuela. Me gusta hablar contigo. —Se encogió de hombros otra vez—. Y el sexo es bueno.
La miró, como si esperara algo.
—¿Qué?
—Ya no te ruborizas —dijo él, burlón.
—No era una palabra familiar para mí. —Renax escrutó las sombras del techo como si pudiera ver a su familia—. Podrían haberme echado de casa por eso.
—¿Por acostarte con alguien?
—Por pronunciar la palabra sexo —dijo, con una sonrisa que él correspondió.
—Pues es una pena que te hayas perdido tantas cosas por culpa de tu familia.
La joven sintió que la sonrisa se marchitaba en sus labios. Un vacío familiar asaltó su pecho y borró cualquier expresión de su rostro.
—Cambiaría todas esas cosas —susurró— por verlos otra vez.
Vanev se giró hacia ella una vez más, con un semblante compungido.
—Lo siento —dijo—. Yo…
—Está bien.
A veces los extrañaba tanto como si los hubiera perdido el día anterior, los extrañaba tanto que le ardía el pecho con la necesidad de verlos.
Otras veces, sin embargo, los sentía tan lejanos como si nunca hubiesen estado en su vida.
Como si ya casi no los recordara, como si empezaran a borrarse y, con ellos, se borrara una parte de sí misma que ya no podría recuperar.
Prefería la primera sensación. Si había un dolor al que asirse y una familia a la que extrañar…
Prefería eso, y no el vacío de sentir que, quizás, siempre había estado sola. Que, quizás, estaría sola para siempre.
Se irguió una vez más y Vanev no intentó convencerla de que se quedara.
Dieva se desperezó, mientras ella se vestía con la ropa que él le había prestado.
Se calzó los guantes que usaba para ocultar la marca y, antes de irse, se giró para mirarlo.
Había algo nostálgico en sus ojos oscuros, como si presintiera que, de un momento a otro, la perdería.
Renax le sonrió para consolarlo, pero también fue una sonrisa triste.
Acarició a la tigresa como todas las mañanas y salió, con ella pisándole los talones. La abuela, ya levantada y trabajando en la cocina, se giró. Alzó las cejas, con una expresión sagaz, pero no hizo comentarios. La joven esbozó una sonrisa.
—Déjame ayudarte con eso —dijo, acercándose a las verduras que la anciana había comenzado a trozar.
—No, no —protestó con el ceño fruncido, esquivándola—. Ve a hacer lo que haces todos los días. El huerto te necesita más.
Renax sonrió, de oreja a oreja, con cariño. Se preguntó si alguna vez había llegado a sonreírle así a su propia abuela, pero comprimió los pensamientos que tuvieran que ver con su familia y los escondió lejos. Eran preguntas sin sentido. De todas formas, dolían.
—¿Has descolgado la ropa? —preguntó, ladeando una sonrisa más traviesa, mientras caminaba hacia la salida.
La anciana abrió grandes los ojos y agitó un dedo hacia ella varias veces, como si hubiera dicho lo más importante del mundo.
—Lo haré ahora —dijo, desprendiéndose del delantal que usaba en la cocina—. Dame cinco minutos antes de robarte el sol.
La joven rio y salió por la puerta; esperó a su animal antes de cerrarla. Observó la casa de barro, las ventanas de madera, el techo de paja que no debía preocuparse por el fuego. Al menos, no por el fuego de dragones.
Miró las calles de tierra que tenía delante, las casas iguales y desordenadas, la gente que entraba y salía sin preocuparse por hordas, por ladrones ni soldados. Caminó, sin prisas, preguntándose si la respuesta no era tomar la decisión más simple: quedarse allí.
Alzó la mano para saludar al panadero, que había salido a vaciar la letrina.
—Dicen que lloverá —dijo, y el hombre entornó los ojos para observar el sol. Esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza.
—Todo crece más verde desde que estás aquí, muchacha —dijo, despidiéndose con un gesto. Volvió a refugiarse.
Renax se alejó hacia el final del pueblo, saludando a quienes encontraba a su paso.
Solo llevaba poco más de un mes entre aquellas personas, pero eran tan pocas que ya las conocía más de lo que había conocido a sus vecinos más cercanos en Tsavixia.
Porque eran menos, sí, pero también porque no necesitaba mantener la cabeza agachada.
Porque podía hacer chistes, sonreír tanto como quisiera, caminar con una libertad de la que no había gozado nunca.
Quizás… también podía guardar su vida anterior con candado, en la memoria.
Podía esconderla con un guante. Podía… ¿Podía?
Una parte de ella quería continuar huyendo.
Alejarse más de su pasado, en lugar de encerrarlo en algún rincón de su mente del que quizás se escapara en cualquier momento.
Pero otra parte… quería vivir en aquel lugar, con esas personas que la trataban como si fuera familia.
—¿Tú qué dices? —preguntó, en un susurro, mientras se alejaba de las calles, Dieva a su lado. Se metió bajo los árboles y se giró para mirar el pueblo.
El vínculo no le dio una respuesta, sino más dudas.
La tigresa no podía pensar a largo plazo; en ese momento, todo lo que quería era tirarse bajo el sol y dormir.
La gente del pueblo le caía bien. La alimentaban, la admiraban como si fuera una maravilla, la respetaban como si fuera peligrosa.
No necesitaba nada más. No mientras estuvieran juntas.
—Bueno, por ahora, empecemos la práctica —dijo, sentándose en el césped, bajo las copas altas de los árboles que bordeaban el pueblo.