Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

El hijo del lobo se giró hacia ella, con una sonrisa filosa.

Hedi solo la observó con sorpresa. Nadie estaba lastimado, nadie gritaba, nadie estaba en apuros.

Aún. Se maldijo por no haberle dicho la verdad, por no haberle advertido que tuviera cuidado.

Podría haber llegado demasiado tarde. Podría…

Todas las cosas que podrían haber sucedido apuñalaron su mente y la asfixiaron.

Respiró agitada, mientras intentaba analizar la situación; lo único que podía pensar era en el miedo.

—Gracias por la charla —dijo él, acercándose un paso más hacia su amiga—. La he disfrutado.

Extendió una mano para rozar sus rizos y la muchacha lo observó sin comprender.

Demasiado inocente como para sentirse incómoda.

Eiva apretó su mano en torno al picaporte de la puerta hasta que se volvió blanca, pero no se movió para interrumpirlo.

Ya se iba. Y ella solo necesitaba, desesperadamente, que se fuera.

Cuando el hombre se giró para mirarla, su sonrisa, aunque imperceptible, era peor que lobuna. Era la sonrisa de un demente. Sabía que había ganado. Sabía que había conseguido detenerle el corazón, y estaba disfrutando su expresión pálida de miedo.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo junto a ella por un instante.

La miró desde su altura, se inclinó para taparle la visión, para acercarse, para rozarle la cintura con un movimiento taimado y oculto en las sombras.

Eiva no se apartó. Estaba demasiado asustada y su cuerpo se había congelado.

Su médula espinal estaba llena de hormigas.

Cuando él ensanchó su sonrisa insoportable, la muchacha alzó los ojos para enfrentarlo y lo observó con odio. Un odio amenazante y frío, pero calculador y respetuoso. No pelearé contigo ahora, porque solo quiero que te vayas. Pero si vuelves a tocarle un pelo…

Solo consiguió divertirlo.

—¿Creíste que te estabas ocultando? ¿Que no podía encontrarte en mi propia casa? —preguntó, en un susurro que solo ellos dos escucharon—. Sé en qué piso sirves, sé dónde duermes, lo sé todo sobre ti. Pero me gusta cazar de a poco y en silencio.

Apretó sus costillas, lastimándola, pero la soltó enseguida. Le guiñó un ojo.

—Nos volveremos a ver más pronto de lo que te imaginas —dijo, apartándose un paso, observándola con una mirada más oscura—. Gracias a mi hermano, tengo mucho tiempo libre.

Dejó de cubrirla con su sombra, atravesó la puerta y sus pasos resonaron en el pasillo. Eiva miró el marco vacío por un rato, paralizada, intentando recuperarse del terror que aún le mordía los huesos.

—¿Qué ha sido…? —Hedi inclinó el rostro, buscando su mirada, y comprendió que algo iba mal—. ¿Qué sucede? ¿Qué ha dicho antes de irse?

La joven la observó y, sin que pudiera evitarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas. Miró hacia arriba para que no cayeran, porque no servía de nada llorar. Eran un reflejo del miedo, una consecuencia de la tensión que había sentido.

—¿Qué sucede, Eiva? —preguntó, asustada. Caminó hacia ella, la rodeó en un abrazo fuerte que estaba lleno de miedo, pero que también prometía protección. Todo estará bien , decían sus brazos. Enterró el rostro en su cabello, incapaz de parpadear, todavía saboreando el susto—. ¿Qué está pasando?

—Tenemos que irnos de aquí —dijo. Por mucho que disfrutara la calidez del abrazo, la tomó de los hombros y la apartó con suavidad para mirar sus ojos azules.

Era la mejor manera de transmitir la seriedad del asunto; que viera el miedo en sus pupilas—.

Me equivoqué pensando que los nobles eran menos peligrosos que los dragones. Tenemos que irnos.

—Dime qué pasó —dijo, buscando en su mirada todo aquello que no comprendía.

—Ese hombre que se acaba de ir…

Se detuvo y bajó los ojos, buscando las palabras, intentando ordenar sus pensamientos. Cuando volvió a mirar a Hedi, lo hizo más tranquila, con determinación. Narró el encuentro en el cuarto del bebé, cómo lo había hecho enfadar, cómo se había escabullido en medio del pánico.

—Quiere matarme, estoy segura —dijo, fijando los ojos en el suelo—. Y, ahora que sabe que somos amigas, no se solucionará con que yo me vaya. Tenemos que salir de aquí las dos. Ya encontraremos…

—Eiva —interrumpió, sujetando también sus hombros.

—…un mejor lugar que nos acepte. O podríamos hacer lo que dijiste aquella vez. Podemos irnos de Tsavixia y…

—¡Eiva! —dijo, mucho más calmada. La joven se calló y accedió a escuchar—. Nos iremos. De eso no hay dudas. Pero no podremos llegar muy lejos si nos escapamos de los hijos del lobo.

—Pero…

—Escúchame, nuestro contrato vence en tres días. Entonces seremos libres y podremos irnos por la puerta principal.

Eiva entornó los ojos, disgustada. Sin embargo, la tranquilidad de Hedi era contagiosa. Su presencia, la familiaridad y el cariño en sus ojos azules, todo eso era un bálsamo para el miedo que le aceleraba el corazón.

—No sé si estaremos vivas para entonces —dijo, y lo imaginó por un instante. Imaginó que la luz en esos ojos se apagaba, que sus rizos dorados se marchitaban y perdían la vida de a poco—. Si algo te sucede…

Hedi volvió a abrazarla, con la misma fuerza.

—Si algo te sucede a ti, ¿crees que yo podré seguir sola? —preguntó, con un susurro—. Cambiaremos de habitación. No nos separaremos ni un instante. Siempre hemos estado bien mientras estuviéramos juntas, ¿no es así? Hemos enfrentado dragones.

Eiva correspondió a su abrazo y, lentamente, asintió con la cabeza.

Quizás tuviera razón. Quizás escaparse de los lobos fuera un suicidio.

Tomó la decisión de esperar porque realmente creyó que, si estaban juntas, no les sucedería nada.

Tomó esa decisión porque creyó que podían protegerse tres días.

Tomó una decisión estúpida. Y pagaría por ella.