Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Eiva.

(Cinco meses después del golpe).

Llevaba meses caminando sin hacer ruido, escondiéndose en los rincones como si fuera una sombra.

No sabía si sus trucos estaban funcionando demasiado bien o si el hijo del lobo, simplemente, había decidido que no valía la pena buscarla para retorcerle el cuello.

Pero el tiempo avanzaba y ella todavía no se había topado con él.

O, con otras palabras, aún estaba viva.

No la habían matado ni los lobos ni los dragones, cuyos rugidos apenas se percibían desde adentro del palacio.

Nadie hablaba de las hordas, jamás. Era como si no existieran, como si no muriera una multitud cada vez que los dragones atacaban la ciudad e incendiaban todo.

Dentro de sus casas de roca, era fácil fingir que los gritos eran murmullos del viento.

Por eso Eiva se quedaba. Aun si corría un riesgo más grande del que podía prever, la maldición parecía suspenderse entre aquellas paredes de roca.

A lo sumo, la única que había encontrado problemas allí adentro era ella misma; nadie corría peligro por su culpa.

Hedi estaba a salvo. Y, aunque a veces no se vieran en todo el día, eso era lo único que necesitaba. Que estuviera a salvo.

Caminó, sin hacer ruido, por la alfombra roja que marcaba los corredores.

Desde su encuentro macabro con el hermano del medio, había evitado acercarse al cuarto del bebé.

Había cambiado roles con una muchacha que, con gusto, le había dejado su puesto.

Ahora atendía al líder, que se recuperaba de una enfermedad eterna.

Había aprendido muchas cosas sobre los nobles en el tiempo que llevaba allí; al menos, de los hijos del lobo.

Todos ocultaban partes de ellos mismos a los demás, pero olvidaban molestarse en guardar secretos a los sirvientes.

Así se había hecho algunas ideas sobre la situación política del palacio.

Sabía, por ejemplo, que nadie quería al hijo mayor como heredero.

Antes del bebé, habían apoyado al demente de su hermano.

Ahora, la situación estaba dividida. Algunos comenzaban a poner sus fichas en la criatura que aún no había cumplido cinco meses.

Subiera quien subiera al poder, a Eiva no le importaba en absoluto. Todos los hijos del lobo eran crueles y egoístas; se habían dedicado a sembrar miedo, a enriquecerse con la explotación de la gente como ella. La información que recolectaba no era con fines políticos, sino de supervivencia.

Se detuvo frente a la puerta oscura, sobre la que habían pintado un lobo con trazos básicos, rojos y oscuros, como si una mano hubiera arrastrado su sangre para marcar la madera.

Levantó un puño para golpear, pero la puerta se abrió en ese instante.

El cabello rubio la sobresaltó. Los ojos verdes, oscurecidos por algo que parecía odio, se iluminaron al verla.

Brillaron con el destello sorprendido de quien encuentra, por error, justo lo que necesita.

El destello desapareció y dio lugar a un semblante ameno, inexpresivo, mientras se movía para cederle el paso. Pero Eiva sintió una presión en las costillas que era inconfundible. El pinchazo del peligro.

Con el cuerpo tenso, se forzó por acercarse, pasar a su lado y golpear la puerta abierta. No se volteó para ver cómo aquel hombre se alejaba, pero escuchó unos pasos que sonaban traicioneros. Pasos que se iban. Que se perdían en el pasillo.

No puede ser , pensó, con el corazón latiendo fuerte en su garganta. Pero se concentró en el hombre que la observaba desde la cama con una expresión de mármol. El jefe de Tsavixia. El hombre detrás del golpe y la masacre. La cabeza de una casa fría, feroz y aterradora.

No parecía tan aterrador allí, postrado por la enfermedad. Parecía, por el contrario, cada vez más viejo.

—Pasa.

—Permiso, señor. Vengo a retirar los platos.

Consiguió hablar a duras penas y le costó más aún convencer a sus pies para que avanzaran. El hombre asintió y cerró los ojos, desinteresado. Su lobo, debajo de unas cortinas rojas, le clavó una mirada anciana y aprensiva.

Caminó hacia la mesa de luz, retiró una bandeja que contenía los platos vacíos y sucios.

Se quedó allí, inmóvil, durante un momento más largo del que necesitaba.

Los latidos de su corazón, estruendosos, no la dejaban pensar.

El brillo en la mirada del hombre que probablemente estuviera esperándola, allí afuera, se repetía una y otra vez en su mente.

¿Qué opciones tenía? Lo había esquivado mucho tiempo, pero no podía esquivarlo para siempre.

Correr. Su única opción era echar a correr.

—¿Hay algún problema? —preguntó el líder, con los ojos cerrados y un tono frío que no sugería nada. Una ligera molestia, tal vez. El lobo soltó un gruñido.

—Ninguno, señor.

Con la bandeja entre las manos, se encaminó a la puerta; sus pasos cada vez más lentos, sus latidos cada vez más rápidos. ¿Correr con esto? , se preguntó, observando la vajilla que se tambaleaba sobre sus temblores imperceptibles.

—Muchacha —la detuvo.

Eiva se paralizó en su sitio. Algo en su tono no le gustó, pero no supo decir qué. Despacio, se giró de nuevo. Esbozó una reverencia.

—¿Señor?

—¿Quién te contrató? —dijo. Ella pensó en la pregunta, mientras se erguía. Tenía que mantener los ojos en el suelo cuando estaba frente a un noble, pero no pudo contenerse a echar una mirada en el abismo de esos ojos fríos. Ojos de bestia—. ¿Con quién firmaste el contrato?

Entornó la mirada imperceptiblemente, preguntándose qué quería saber. El contrato lo había firmado frente a la jefa de las doncellas del palacio, pero…

—Su hijo nos dejó entrar.

Los ojos se endurecieron un instante, pero la expresión no cambió en absoluto. La expresión de su lobo, no obstante, se volvió feroz e impaciente. La muchacha los miró, de hito en hito, vigilando que la bestia no se arrojara sobre ella de un momento a otro.

—¿Cuál de los dos? —preguntó. Su tono era más tenso.

—El que se acaba de ir —dijo, con un hilo de voz, rezando para que no estuviera escuchándola más allá de las paredes—. El más joven.

El hombre asintió mientras el lobo gruñía una vez más, y la mirada humana se posó un momento en el cabello que intentaba ocultar su frente.

En la cicatriz. Eiva comenzó a comprender; después de todo, había sido así toda su vida.

Sintió deseos de ocultarse. De que dejara de mirarla como si no mereciera vivir.

—No me sorprende. Es el que toma las peores decisiones —dijo, bajando los ojos, observándola directamente con una frialdad que la impresionó.

Eiva se había enfrentado a dragones, a hombres más fuertes y más grandes, a incendios despiadados, pero nunca se había sentido tan acorralada como se sentía cuando un hijo del lobo clavaba los ojos en ella—.

Vete. Cambia tu puesto con alguien más. Te quiero fuera de mi vista, hija del abismo.

La muchacha bajó la mirada y realizó otra reverencia, con la espalda en tensión por el miedo, pero también por la ira. Los odiaba. A cada uno de ellos, a cada noble que pasaba por los pasillos del palacio y se asustaba al verla, a cada habitante de Tsavixia.

Se giró y siguió caminando.

—Si vuelvo a verte, mi lobo te arrancará las piernas —dijo, con un tono tranquilo pero helado. Como si quisiera rematar, su animal gruñó.

Era de mala educación darle la espalda. Después de que un noble hablara con ella, las normas indicaban que debía asentir o hacer una reverencia a modo de saludo. Pero Eiva no se giró. Salió del cuarto con la bandeja y tanta rabia que, por un instante, olvidó sus miedos.

Cuando cerró la puerta y se encontró sola en el silencio del pasillo, volvieron para atacarla como si la hubieran estado aguardando sobre la alfombra roja. Miró a su alrededor. Nadie. Tan solo los candelabros filosos en los que brillaba la luz. Tan solo los cuadros siniestros en las paredes.

¿Realmente se había ido? Podía estar esperándola al final del pasillo, oculto en las escaleras, listo para interceptarla. No podía haberse marchado, sin más. No después del brillo que había vislumbrado en sus ojos.

Tomó el rumbo contrario, hacia las escaleras de mármol, grandes y alfombradas, que el servicio tenía prohibido usar.

La acompañaron solo las paredes oscuras, los techos altos y el silencio.

Recién en la planta baja comenzó a encontrarse con gente.

Se escabulló, escondiendo el rostro, mientras miradas de desaprobación se cernían sobre su traje de sirvienta.

Se sintió aliviada mientras se dirigía al ala del servicio, donde compartía su cuarto con Hedi y otras doncellas más.

No esperaba que su amiga estuviera allí, no hasta que hubiera terminado de distribuir la ropa, pero se sentiría más relajada en esa habitación.

Allí había estado segura todo ese tiempo.

Atravesó el pasillo estrecho y mal iluminado, abriéndose para dejar paso a las otras doncellas que iban y venían con trabajos y murmullos.

Ellas también evitaban tocarla. La miraban mal y no le hablaban a menos que fuera imprescindible, pero, aun así, la habían ayudado a adaptarse y le habían enseñado muchas cosas.

Eiva no las odiaba. Viéndolas trabajar tan arduamente como ella, bajo humillaciones y abusos, simplemente no podía.

Cuando vislumbró la puerta de su cuarto, también comenzó a escuchar las voces. La de Hedi la reconoció enseguida. La otra, durante varios pasos, fue solo un murmullo de varón. Luego una imagen se despertó en su mente. Dejó caer la bandeja y el sonido fue largo y estruendoso.

Su corazón dio un salto y sus piernas intentaron congelarse, pero la muchacha las forzó a correr. Alcanzó la puerta y la abrió de golpe, encontrándose lo que temía, pero en una situación que no esperaba.