Capítulo 38 #3
La observó mientras luchaba por caminar y por mantenerse despierta. La vio sonreír, a pesar de todo, como si tambalearse por las calles vacías fuera divertido.
—¿De qué te ríes? —preguntó.
Ella escondió la sonrisa.
—Es como caminar por una cuerda floja. Con la cuerda en movimiento.
Dan no planeaba reírse. Lo último que había en sus planes era reírse y, sin embargo, algo en su sonrisa lo contagió. Lo olvidó todo por un instante, la iguana balanceó la cola a su lado, sintió que las estrellas brillaban un poco más. Quizás él también había bebido mucho.
—Tu tolerancia al alcohol es demasiado baja para una asesina profesional —dijo, guiándola para que giraran en la esquina.
—Porque los asesinos profesionales no bebemos nunca —repitió, todavía sonriendo.
—Entonces tendrás que renunciar. Estás completamente borracha.
—¿Qué me delata? —preguntó, después de tambalearse otra vez.
—La sonrisa.
Se mordió los labios, como si quisiera arrancarla con los dientes o contenerla para que dejara de escapar. La diversión en sus ojos se cubrió con un destello de lucidez impaciente.
—Es como beber estupidez líquida —se quejó.
Se detuvieron frente a la puerta y ella se desprendió de su agarre para buscar las llaves.
Le costó mantenerse recta, pero consiguió no irse de bruces al piso mientras intentaba encajar el metal en la cerradura.
Abrió, Shin escapó de su manga enseguida y se alejó con un zigzag extraño, casi… ebrio. Se perdió en la oscuridad.
Cuando Vivssanya se giró hacia él, volvió a tambalearse. Apoyó una mano en su hombro y la otra justo encima de las vendas. Dan gruñó y se echó hacia atrás, ella se sujetó del marco de la puerta para no caerse. Clavó los ojos en su herida, luchó por concentrarse.
—Tú deberías estar en reposo —dijo, como si acabara de acordarse.
—La que tiene que dormir eres tú —dijo. Ignoró el dolor, dejó la puerta abierta para poder ver, la sujetó con suavidad y la guio hacia el rincón en que dormía. Luchó por no tropezar con ninguna planta—. Allí.
Vivssanya se resistió e intentó aferrarse a él, pero se cayó por sí sola y sus ojos volvieron a perderse. Dan se agachó a su lado, intentó empujarla con suavidad, pero ella sujetó su hombro y se aferró a su túnica.
—Estás sangrando. Tengo que…
—Mañana —dijo, con un susurro suave—. Hoy me encargaré yo de mí mismo. Tú duérmete, antes de que te ataquen las náuseas.
La mano en su ropa aflojó la presión y, lentamente, los dedos comenzaron a abrirse y a soltarlo.
Dejó que él guiara su espalda hacia atrás y se recostó, por fin, sobre el piso de piedra.
Sus ojos reflejaron la poca luz, pálida, que se colaba desde el callejón.
Sus párpados comenzaron a flaquear, pero sus pupilas no se apartaron de él ni siquiera un instante.
—Dan… —llamó, antes de cerrar los ojos. El hijo de la iguana esperó unos segundos, pero a su nombre solo lo siguió el silencio.
—¿Mm? —dijo, sentándose a su lado.
Buscó la manta arrugada en la oscuridad, la deslizó sobre su cuerpo sin pensar en lo que hacía. Nada de esto tiene sentido , dijo una voz en su cabeza. Vas a matarla. La ignoró y se concentró en los ojos que luchaban por abrirse.
—Cuando dije que no confío en ti… fue una verdad a medias —susurró, buscando algo más allá de las sombras. Dan sintió que su pecho se endurecía para protegerlo de las dudas—. Si algo me sucede, ¿cuidarías de Shin? Llévala al internado.
—Duérmete —dijo, con voz ronca.
¿Por qué era tan… buena? Si la habían criado para matar, si había crecido sola, si asesinar estaba dentro de su naturaleza, ¿por qué se preocupaba tanto por su serpiente?
¿Por qué lo había salvado, sabiendo que salvaba a un enemigo?
¿Por qué le permitía quedarse cuando, en el fondo, parecía sospechar sus intenciones?
¿Por qué le preocupaba si su herida volvía a abrirse o no?
—Y sobre tu padre… —dijo, con un hilo de voz, desde el borde de la inconsciencia. El joven frunció el ceño, pero no dijo nada ni se movió de su sitio—. Lo siento, de verdad.
No encajaba. Nada en ella encajaba. Los asesinos no se preocupaban por otras personas, no sentían culpa, no llenaban sus casas con plantas y, sobre todo, no dormían con tanta tranquilidad al lado de una persona que tenía un cuchillo.
Dan había ido a matar a una asesina. Y habría sido fácil, mucho más fácil, si ella fuera lo que debía ser. Lo que… la sociedad esperaba que fuera.
Sacudió la cabeza, dejó de dudar. Desenfundó la daga, despacio, y miró las sombras en busca de algo que se arrastrara en algún sitio. No había rastros de la serpiente. Era probable que durmiera ella también.
La luz de la luna se reflejó en la hoja metálica y le arrancó un destello.
Dan la mantuvo sobre su regazo, aferrándose a la empuñadura con fuerza como si así pudiera aferrarse a su misión.
«Dame algo para hacer. Cualquier cosa. Ponme a prueba».
Eso había dicho, un mes atrás, con demasiada confianza.
Le había parecido fácil. Las palabras de su tío le habían parecido fáciles.
«Cuando peleas con alguien, ese alguien es el enemigo. No importa quién sea. Y, una vez que se convierte en el enemigo, debes llevar las cosas hasta el final».
La observó dormir y se preguntó si aquello calificaba como una «pelea» con el enemigo. Se preguntó si realmente eran enemigos, también. Deja de dudar. Clávale la daga y todo habrá terminado .
Su iguana retrocedió, aprensiva. Ella también dudaba. Ella tampoco quería matar.
El cuchillo en el corazón, y no tendrá tiempo para sentirlo . Se acercó al cuerpo inerte, levantó la daga y la punta brilló sobre el pecho que bajaba y subía con tranquilidad. «Tienes que querer hacerlo». Pero no quería. Y, cuanto más la miraba, más sentía que se le encogía el corazón.
Tal vez no podía ser el hombre que su familia necesitaba. Tal vez no podía vengar a su padre, porque no estaba hecho para matar.
Pero lo que quiero no es matar , se dijo, con los ojos clavados en el filo de la daga. Quiero impedir que muera más gente . Y, si desobedecía las órdenes de su tío, perdería la oportunidad.
Pero no quería cumplir con su misión. Realmente no quería.
Bajó el cuchillo y miró a su iguana, como buscando consejo; sus ojos, de pronto grises, como si su verdadero rostro hubiera comenzado a colarse en él, brillaron con angustia y contradicciones. Ella tampoco quería matar.
Miró a la hija de la serpiente una vez más y enfundó casi sin darse cuenta.
Si encontraba al hijo del cuervo y lo eliminaba de la ecuación, las cosas serían distintas.
Sabía que no convencería a su tío, pero de todas formas se prometió intentarlo.
Y, si no lo conseguía, siempre podía aliarse con alguien más.
Con una persona que, a corto plazo, compartiera los mismos objetivos.