Capítulo 38 #2
—¿Tu iguana no tiene un nombre? —preguntó ella, mirándolo a los ojos. Estaban tan cerca que, a pesar de la penumbra, Dan se vio reflejado en sus pupilas.
—No —dijo, apartándose despacio.
La iguana protestó en silencio, observándolo desde sus piernas, como si pudiera entender lo que representaba tener un nombre. Luego, prometió, distraído por la sinceridad incómoda en los ojos oscuros.
Vivssanya se encogió de hombros, volvió a rellenar su vaso.
—Deberías darle uno —dijo, antes de vaciar su cerveza otra vez.
La jarra comenzaba a acabarse. Ahogando la culpa, Dan le hizo un gesto rápido y discreto a la muchacha para que les trajera otra.
—¿Qué tiene que ver tu serpiente con La Orden? —preguntó, más fríamente de lo que le hubiera gustado. Comenzaba a ponerse nervioso y los nervios lo desarmaban, deshacían sus trucos.
Si la joven notó algo, no lo demostró. Tampoco pareció sorprendida cuando la mesera reemplazó la jarra. Su visión había comenzado a perderse, como si una nube negra de confusión se extendiera por detrás de sus ojos.
—Tú nunca has sido lo que tus padres querían que fueras, yo nunca he tenido padres —dijo, y Dan estudió su mirada para rastrear cualquier dejo de dolor o tristeza; lo que encontró, por el contrario, fue un destello irónico y un abismo profundo de resignación.
Ella bebió otro vaso—. Los hijos de la serpiente no podemos tener amigos, tampoco.
Nos encierran en el internado y nos obligan a usar máscaras.
Si le enseñamos nuestro rostro a alguien, estamos muertos.
No me estoy quejando; cuando tienes un poder como el mío, lo mejor es no tener a nadie cerca.
Pero Shin… Shin me ha acompañado siempre. Es lo único que tengo.
Dan se hundió en el miedo que leyó en sus ojos.
—¿Le hicieron daño?
Vivssanya asintió, su mirada perdida más allá de la mesa en recuerdos que le endurecieron el rostro.
—Cuando me escapé del internado, no dejé de matar —dijo, encogiéndose de hombros—.
Los hijos de la serpiente no somos precisamente buenas personas.
Pero mantuve un perfil bajo, porque no quería que me encontraran.
Y nunca… Nunca asesiné a nadie que no se lo mereciera.
Escogía mis trabajos. Era libre, por primera vez, de usar mis poderes a voluntad y no por obligación.
Dan sabía que le convenía cerrar la boca, pero la cerveza hacía que su lengua cosquilleara de una forma desagradable y lo empujaba a hablar.
—Matabas gente por dinero —dijo, sin mirarla, mientras le servía más alcohol. Solo a ella. El vaso lleno—. No es muy distinto de lo que haces ahora.
En lugar de enojarse, para su sorpresa, sonrió. Una sonrisa amarga que se diluyó con más cerveza.
—Es lo que soy. Es para lo que me entrenaron toda mi vida y es todo lo que sé hacer —dijo, encogiéndose de hombros—. Matar o no matar nunca fue una pregunta que tuviera el lujo de hacerme. A quién. Eso era todo lo que podía elegir. Y ahora…
Sus palabras, por sí mismas, probablemente no lo hubieran conmovido en absoluto.
Fue algo en el tono de su voz, o en la manera en que sus ojos se perdían del otro lado de la mesa.
Había un destello húmedo en la indiferencia que imprimía a su expresión.
Había algo similar a la angustia de un animal encerrado.
—¿Quién es? —preguntó, acercándose otra vez por encima de la mesa. Vivssanya lo miró sin comprender, mareada—. El hijo del cuervo.
Negó con la cabeza.
—Ya estaría muerto si yo supiera quién es —dijo.
Volvió a negar—. Apareció un día en mi casa, se metió en mi cabeza, como hacen los hijos del cuervo.
Shin lo atacó y él la usó para amenazarme.
Todavía… Todavía sueño con sus gritos. Puede hacer eso cuando quiera, puede atacarme desde lejos y si algo… Si algo le sucede a…
—Lo sé —dijo él, mirando la jarra de cerveza. La sostuvo del asa, observó el vaso vacío; su mano no se movió.
—No, no lo sabes.
—Sé lo que es quedarse solo —dijo, en un susurro.
Pero ella negó con la cabeza otra vez, esbozó una sonrisa irónica y le clavó una mirada llena de heridas.
—No sabes lo que es quedarse solo para siempre .
Antes de que Dan pudiera decidirse, o apartar los ojos de ella, la hija de la serpiente le arrebató la jarra y se sirvió más. Bebió, como si intentara limpiar su estómago de recuerdos, de emociones, de algo que la mordía cada vez más fuerte.
—Creo que es demasiada cerveza por hoy —dijo, en un susurro del que se arrepintió enseguida.
Sus emociones volvían a pelearse, la culpa lo atormentaba otra vez y las contradicciones amenazaban con hacerlo flaquear.
Se aferró al odio, a la determinación, a cualquier cosa que lo ayudara a matarla.
Pero el brillo angustiado en los ojos negros era demasiado real.
Demasiado humano. Estaba demasiado vivo.
—No estoy emborrachándome porque te crea —dijo, como si pudiera leer sus pensamientos, con la mirada fija en su vaso vacío—.
La charla ha estado muy bien. La parte emocional y eso.
Lamento lo de tu padre, de verdad. Pero no he bajado la guardia por algunas palabras sinceras.
No confío en ti. Solo… quiero que todo esto termine.
La serpiente siseó y se movió por debajo de su manga, a modo de protesta. Vivssanya la observó con una sonrisa demasiado cálida para una persona que vive de matar a otros. Una sonrisa triste.
—Tienes problemas de confianza —dijo él, con un hilo de voz ronca.
Miró la jarra, llevó una mano hacia ella; se sentía débil y cansado, como si le hubieran arrancado del pecho toda la energía que necesitaba para continuar.
Aun así, levantó la poca cerveza que quedaba y lo sirvió en el vaso de la joven—.
¿Nunca has tenido amigos? ¿Un mentor? ¿Alguien en quién confiar?
—Tuve una amiga, una vez. En el internado —dijo, y volvió a esbozar una sonrisa cargada de amargura.
Sujetó el vaso como si tampoco le quedaran fuerzas.
Lo miró, dudando. Bebió—. Me mostró su rostro, nos descubrieron, nos forzaron a luchar.
Dijeron que era ella o yo. Intentó matarme. Usé mis poderes por primera vez.
Se encogió de hombros, miró alrededor con frialdad como si buscara algo.
En realidad, parecía estar evitando sus ojos.
Dan intentó no pensar de más, intentó detener su imaginación, pero los pensamientos fluyeron de todas maneras.
Imaginó cómo sería crecer encerrado, cómo sería aprender a matar antes de aprender a querer, cómo sería que todo lo que lo rodeaba acabara muerto.
La culpa que sentía por no poder hacer nada cuando morían otras personas tenía que ser insignificante al lado de la responsabilidad que implicaba ser la muerte.
La comprendió un poco más. Y, en el momento en que la comprendió, supo que su arma de doble filo acababa de cortar en pedazos todos sus planes.
Tienes que matarla de todas maneras , se dijo. Y sintió algo muy parecido al vértigo mientras la observaba. Un miedo angustiado. Un dolor en el pecho. Te guste o no, es lo único que puedes hacer .
—Yo… —murmuró ella, con los ojos cada vez más extraviados.
—¿Volvemos? —interrumpió, porque si seguía escuchando las dudas, estas acabarían rompiendo todo lo que había construido esos cuatro meses. El hombre fuerte que quería ser, en el que estaba intentando convertirse, el hombre que nunca había sido y quizás no pudiera ser jamás.
La hija de la serpiente asintió, despacio, y parpadeó con fuerza. Estaba mareada. Caería dormida ni bien apoyara la cabeza en el piso. Tan dormida como si estuviese muerta.
Dan tomó unas monedas de su bolsa, las dejó sobre la mesa y se incorporó.
Cuando ella quiso imitarlo, se tambaleó hacia atrás y su silla emitió un estruendo largo antes de que la mesa también se tambaleara.
Se acercó enseguida, en un instinto. Le sujetó los brazos para estabilizarla, buscó sus ojos, y sus ojos lo buscaron a través de la niebla que había sembrado el alcohol en su mente.
—¿Estás bien? —preguntó, esbozando una media sonrisa ligera. Casi triste.
—Si asiento con la cabeza, creo que el mundo comenzará a girar —dijo, parpadeando con fuerza de nuevo—. Pero estoy bien.
—Sujétate —dijo, pasando el brazo de la joven por detrás de sus hombros.
—No tengo mis guantes —protestó. O advirtió, quizás, porque su tono era ansioso. Casi asustado. ¿Temía herirlo? ¿O temía que él se echara atrás, asqueado ante el contacto con su piel? Dan sujetó su mano, sin pensar en lo que hacía. La condujo hacia la puerta—. No estoy tan mal. Puedo caminar sola.
Su voz fue casi inaudible, como si en realidad no quisiera ser escuchada. Dan no le prestó atención, de todas maneras; se aseguró de que su iguana caminaba tras ellos, recelosa e incómoda, y salió al callejón. La luna, por primera vez, les iluminó el camino.
A pesar de lo que había dicho, Vivssanya se tambaleaba. Se tropezaba con sus propios pies y maldecía por lo bajo, mientras Dan intentaba disimular las punzadas de su herida.
—Odio el alcohol —dijo ella, intentando imitar sus pasos—. Si no me matas esta noche, recuérdame que no vuelva a beber.
Las palabras enfriaron su cuerpo y lo estremecieron.
Intentó no ralentizar sus pasos y rezó para que ella no pudiera oír sus latidos.
Fue muy consciente de la daga en su cintura, pero también de la mano que se aferraba a la suya con fuerza.
Para ella también sería muy fácil matarlo.
Y, a pesar de eso, Dan sabía, por alguna razón, que no corría ningún peligro tocándola.
Le habría gustado que también fuera al revés.
Le habría gustado no estar allí para matar, esa noche, sino como su amigo.
Un amigo que la ayudaría a llegar a casa y se reiría de ella al día siguiente.
Y que estaría allí muchos días más, que volvería a llevarla a una taberna a emborracharse, que compartiría años de conversaciones y juegos y comidas, hasta que Vivssanya pudiera volver a confiar en la gente. Hasta que dejara de sentirse tan sola.