Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Dan.

(Cuatro meses después del golpe).

Dan nunca había estado en una taberna, pero tuvo que fingir que sí. El sol acababa de ponerse y, como si la oscuridad les diera sed, el lugar había comenzado a llenarse de personas nocturnas. Había ruido suficiente para que nadie los escuchara, gente suficiente para que no repararan en ella.

Se sentaron, él como si conociera el lugar, Vivssanya de mala gana. Las mesas estaban limpias, al menos; parecían lo único limpio en aquella sala llena de olores, humo y penumbra. Por lo que había escuchado, no era la peor taberna de la ciudad. Costaba creerlo a simple vista.

—¿Por qué aquí? —preguntó ella, mucho más cómoda y tranquila, acostumbrada a los griteríos de borrachos.

Encajaba bien en aquel sitio, protegida por el anonimato, la carencia de luz y el humo de los cigarrillos. Era él quien estaba nervioso. Era él quien tenía un plan suicida. La iguana bajó y se revolvió entre sus pies, inquieta.

—Te he dicho que quería tomar algo. —Fingió una tranquilidad que estaba lejos de sentir.

—Y yo te he preguntado por qué estabas siguiéndome —dijo, inclinándose, los codos apoyados en la mesa—. No sé qué tiene que ver este lugar con mi pregunta.

Dan abrió la boca para responder, pero una muchacha rubia lo interrumpió para dejar dos vasos y tomar el pedido.

—Una jarra para compartir y… algo para comer.

—¿Algo para comer? —preguntó la muchacha, con una sonrisa. Dan se encogió de hombros—. ¿Pan con queso?

—Genial.

La mesera guiñó un ojo antes de irse. Había recuperado la apariencia que usaba con Vivssanya, un rostro masculino de facciones marcadas y ojos azules.

Con su rostro verdadero, ninguna mujer le había guiñado un ojo en toda su vida.

Su atractivo no parecía funcionar con la hija de la serpiente, sin embargo.

Cruzaba los brazos y lo observaba con frialdad.

—¿Algo para comer? —repitió, escéptica—. Nunca has venido a una taberna.

—Sí —mintió. Bajó los ojos, soltó un suspiro y se encogió de hombros; no era una mentira que importara—. No.

Su mirada cambió imperceptiblemente. Sus ojos lo estudiaron un instante.

—¿Y a dónde ibas? Cuando querías divertirte.

Esbozó una sonrisa, miró alrededor y escaneó el ambiente.

—A mi cuarto.

La curiosidad brilló en sus pupilas oscuras.

—Creí que…

Lo que fuera que creía se interrumpió con el sonido de una jarra enorme apoyándose en la mesa. La muchacha dejó dos platos.

—Que lo disfruten —dijo, sonriendo, antes de alejarse para atender a más clientes.

Dan sujetó la jarra y la inclinó sobre el vaso ajeno, pero la joven puso su palma encima y lo apartó. La frialdad había regresado a su mirada. Un hielo que sería difícil de romper.

—Vamos, un vaso.

—No bebo —dijo, con un tono seco y firme.

—¿Nunca?

Negó, cruzó los brazos por encima de la mesa.

—El alcohol es para personas que pueden darse el lujo de volverse estúpidas.

—Solo un rato.

—Un rato me puede costar la vida —dijo, observándolo fijamente.

No confiaba en él. Y Dan no tenía mucho tiempo para remediarlo; si no conseguía que bajara la guardia, matarla sería mucho más difícil.

Se encogió de hombros, como si no le importara si ella bebía o no.

Se sirvió a sí mismo, metió el alcohol en su garganta aunque le pareciera lo más espantoso del mundo.

El vaso hizo ruido al chocar contra la mesa.

—Me has preguntado por qué aún estoy siguiéndote —dijo, y se inclinó también hacia delante. Ignoró las protestas de su herida—. Nos traje a este lugar porque, cuando te responda, no quiero estar sobrio.

Lo estudió con un recelo frío.

—No te he pedido la historia de tu vida.

Dan sonrió y se sirvió más cerveza. Si su plan no funcionaba, al menos estaría lo suficientemente borracho como para no darse cuenta.

—Es tarde para echarse atrás —dijo, antes de beber de nuevo.

Bajó el vaso y ordenó las palabras.

—Nunca he sido lo que mis padres querían que fuera —dijo.

Vivssanya soltó un suspiro y se reclinó en la silla, con los brazos cruzados y una mirada impaciente.

Dan se permitió reírse, y se preguntó cuándo había reído por última vez.

¿Era el alcohol? La mirada oscura se clavó en él con mayor intensidad—. No es una historia larga, lo prometo.

Bebió otro trago, se limpió con la manga de la túnica. La joven siguió su movimiento y sus ojos se detuvieron en sus labios durante un segundo. Dan fingió que no se daba cuenta. Quizás su rostro ficticio sí funcionara con ella, después de todo.

—Estoy esperando —dijo, disimulando la curiosidad de su voz con un tono frío.

—Nunca he sido lo que mi familia esperaba.

No, lo que la sociedad esperaba —se corrigió, y sus propias palabras lo estremecieron por dentro.

Lo que había de verdad en la historia lo arrastraba como un anzuelo clavado en el corazón; se dejó llevar.

Cuanto más pudiera mostrarle sus heridas, más posibilidades tendría de que ella bajara la guardia—.

Vengo de una casa de guerreros y siempre fui el más débil.

Tampoco me interesaba ser más fuerte. Odiaba que no me aceptaran como era y mi manera de rebelarme fue… seguir siendo yo.

—Pero has cambiado —adivinó, su voz apenas un hilo, mientras estudiaba su cuerpo.

Dan asintió con la cabeza.

—Todavía no he llegado a esa parte de la historia —dijo, y bebió otro trago antes de seguir hablando.

Sus palabras eran un arma de doble filo—.

Mi madre murió cuando era niño, así que me quedé solo con un padre decepcionado y una familia que me odiaba.

Hice una sola amiga en toda mi vida. Renax, la hija del hombre que mataste.

El rostro de la joven se tensó y, por un momento, Dan pensó que la había hecho enfadar. La observó, se asomó al abismo oscuro que eran sus ojos y comprendió que escondía un sentimiento más incómodo, algo que se parecía a la culpa.

Dejó de mirarla, porque no quería comprenderla. No tenía que comprenderla, tenía que clavarle un cuchillo en el corazón.

—Creí que podía ignorar todo lo que me rodeaba y dedicarme a lo que yo quería.

Creí que ya había suficientes guerreros en el mundo, creí que…

no los necesitaba. Pero nunca se me ocurrió pensar que, tal vez, un día ellos me necesitarían a mí —dijo, la última parte en un murmullo ronco.

Bebió para aclararse la garganta, contuvo sus emociones todo lo posible; la angustia y la culpa que había escondido durante meses, no obstante, estaban al alcance de su mano otra vez—.

Durante el golpe, se llevaron a Renax sin que yo pudiera hacer nada.

Mi padre, al que había acusado de no quererme unos minutos atrás, murió para salvar mi vida.

Otra vez, sin que yo pudiera hacer nada.

Su voz se había vuelto lenta, los ojos azules estaban clavados en el vaso. La iguana trepó por su pierna y se acomodó en su regazo a modo de consuelo. El silencio se extendió sobre ellos a pesar de los ruidos de la taberna, a pesar de las voces y las risas.

—¿Entonces? —preguntó ella. La frialdad había desaparecido de su voz. En su lugar, había una curiosidad incómoda—. ¿Quieres vengarte?

Dan inclinó la cabeza hacia un costado, porque la respuesta era más complicada que un sí o un no. Quería. Quería vengarse, pero más que eso…

—Lo que quiero es que la gente a mi alrededor deje de morir. Al menos, quiero no volver a sentirme un inútil.

—¿Salvar a tu amiga? —preguntó—. ¿Deshacer el golpe?

Dan asintió.

—Proteger mi casa. Y… —Su expresión se oscureció un instante—. Y sí. Quiero venganza.

La miró a los ojos y no encontró recelo en ellos.

La distancia fría que los había separado parecía comenzar a desarmarse; si conseguía meter sus palabras por las grietas, avivar su curiosidad y alcanzar ese brillo que se intuía detrás de sus ojos…

Sintió vértigo, de repente. Si llegaba a donde necesitaba llegar, ¿podría volver a salir?

—¿Por qué me has salvado, entonces?

Dan tardó en escaparse de sus propios pensamientos y procesar su pregunta. Negó con la cabeza. Se inclinó un poco más sobre sus brazos y la herida volvió a arrancarle una mueca de dolor.

—No te hago responsable por el golpe —dijo. Era, probablemente, su primera mentira—. Lo que estoy buscando es una manera de desarticular la red de los hijos del lobo. Y… al hombre que mató a mi padre. Un hijo del cuervo.

Vivssanya endureció su rostro, como si aquella mención la hubiera congelado. Desvió los ojos hacia las sombras de la taberna, inconscientemente, y a Dan le pareció ver algo nuevo en su mirada. La mirada de una serpiente frente a su depredador. Un destello de miedo.

La taladró con los ojos, sorprendido, incapaz de retener su propia curiosidad. Cuando la joven se topó con su mirada y escuchó la profundidad del silencio, tensó sus hombros hacia atrás y correspondió con una expresión incómoda.

Dan no habló. Dejó que la incomodidad creciera y el silencio la asfixiara, sospechando que estaba a punto de ganar lo que quería.

Estaba a punto de abrir el candado. Creyó que sería satisfactorio, pero, cuando su plan comenzó a salir bien y Vivssanya sostuvo la jarra para llenar su propio vaso, solo sintió una profunda puñalada de culpa.

La observó beber, intentó esconder sus emociones. Cuando ella bajó el recipiente vacío y lo miró, Dan sucumbió al impulso de esbozar una sonrisa para ocultarse detrás. El gesto terminó de desarmarla. Vivssanya bajó los ojos y, luego unos segundos, se sirvió más cerveza.

—Yo… —dijo, pero bebió antes de completar la frase, como si el alcohol fuera a ayudarla a encontrar las palabras que quería decir—. No quiero trabajar para La Orden. No quería matar al hijo del tigre.

—¿Y por qué lo has hecho? —preguntó, guiado por la curiosidad. Se dio cuenta tarde de que había cometido un error, de que no necesitaba saber, de que si sabía… Pero el alcohol había comenzado a volverlo lento.

—Shin.

—¿Shin?

Se acercó un poco más por encima de la mesa, extendió su palma y la serpiente asomó por encima de la mano abierta. Dan miró alrededor, alarmado, pero el reptil volvió a esconderse enseguida.