Capítulo 37
Luodrin.
(Cuatro meses después del golpe).
Estaba atardeciendo cuando Luodrin se detuvo frente al templo de los hijos de la iguana, debajo del animal de piedra que parecía observarlo todo. Los cuervos, posados sobre él, graznaban. Dio dos golpes en el metal para anunciar su presencia y esperó, mientras el cielo se teñía de sangre.
La imagen de ese templo en llamas apareció en su mente.
Se deshizo de su imaginación con un movimiento de cabeza.
Se irguió, inhaló hondo y se cubrió con una máscara de indiferencia diplomática; hizo un bollo con sus nervios y los escondió lo más lejos posible de su expresión.
Intentó olvidar que había prometido una masacre si la negociación no resultaba bien.
Intentó olvidar que Wodin no estaba a su lado para hacerle compañía.
La puerta de hierro se abrió con un crujido y Luodrin se encontró con un jardín. Del otro lado del corredor, una puerta vigilada por dos mujeres armadas que no lo miraron a los ojos. El hombre que había abierto la puerta, tampoco. Estaba pálido. Parecía estar conteniendo llamas de furia.
—El jefe lo está esperando —dijo, con un gesto hacia el pasillo.
Luodrin asintió con la cabeza y, mientras observaba el templo, dudó solo un instante. La puerta de entrada le pareció muy estrecha, tan fácil de bloquear como filosas eran las armas que la custodiaban. Existía la posibilidad de que no pudiera salir.
Avanzó, atravesó el corredor sin prisas y saludó con un gesto a las hijas de la iguana. Ellas tampoco le devolvieron el saludo. Luodrin abrió la puerta y se internó en las penumbras.
No le dio mucha importancia a las estatuas que lo observaban desde las sombras, ni a los ventanales que filtraban luz rojiza ni a los hombres y mujeres armados que vigilaban desde las paredes oscuras.
No tenía tiempo para dejarse intimidar o para sentirse impresionado; lo único que le importaba estaba al final de una alfombra larga, sentado en una silla como si fuera un rey.
Allí adentro, después de todo, era algo parecido.
Se detuvo frente al jefe de los hijos de la iguana, ignoró las arrugas de desprecio en su rostro y se inclinó, con una reverencia más formal de lo que correspondía. Ese era el hombre al que tenía que convencer. El hombre que podía ahorrarles la guerra.
Masacre , corrigió una voz en su cabeza. Si no accede, lo que harás será una masacre .
—¿Sin soldados, sin armas y sin lobo? —preguntó, mientras Luodrin se erguía.
—Una muestra de confianza.
Se miraron un rato, en silencio. El joven sintió que lo examinaba, que intentaba leer por debajo de su rostro, que buscaba sus miedos del otro lado de su piel. Borró cualquier sentimiento de su expresión y se dejó observar.
—De idiotismo —masculló el hijo de la iguana. Y, sin embargo, algo en su rostro se ablandó un instante. Las arrugas de desprecio se convirtieron en un suspiro de resignación—. ¿Quieres recorrer el templo conmigo, hijo del lobo?
Luodrin agachó la cabeza.
—Sí, señor.
Observó de reojo cómo el jefe del templo se ponía de pie, vio el gesto apenas perceptible con el que pidió que no lo siguieran.
No llevar armas no había sido una muestra de confianza, sino una apuesta, una moneda al aire.
Podía hacer que aquel hombre bajara la guardia o podía perder la cabeza.
Cuando el hijo de la iguana le indicó que caminara con él, Luodrin comenzó a pensar que la moneda había caído del lado correcto.
Subieron por unas escaleras oscuras, sin ventanas ni antorchas.
—Venir a negociar, después de lo que han hecho hoy, es un poco arriesgado —dijo, y en su voz volvía a haber desprecio—. No deberías meterte en la casa de tu enemigo el mismo día en que lo haces enojar.
El asesinato del hijo del mono no había sido su idea, pero tampoco le había parecido mal. Los hijos de la iguana podían verse más tentados a una negociación si sus aliados comenzaban a caer o desestabilizarse.
—Lo siento por eso. No sirve de nada decirlo, pero no hemos sido nosotros.
—¿Y quién ha sido, entonces? —preguntó, mientras llegaban al segundo piso del templo. Luodrin se encontró con un espacio enorme, lleno de cuerpos desconocidos que entrenaban.
—La Orden —dijo, observando el caos de movimientos y sonidos, todo bañado por la luz de los ventanales.
El templo de los lobos se parecía en la estructura y en las columnas de mármol, pero no en la cantidad de gente ni en la desorganización. Era un templo solitario y silencioso. Un templo frío.
—La Orden trabaja para tu familia —dijo, con una mueca.
—No exactamente.
La Orden solo trabajaba para La Orden; en el camino, se acercaba a sus aliados y se unía a ellos para conseguir sus objetivos.
Pero era autónoma. Y, aunque Luodrin no le hubiera dado permiso para asesinar al hijo del mono, lo habría hecho de todas maneras.
Sus miembros eran peligrosos. No sabían nada sobre principios o lealtad.
—Estas personas son mi familia —dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia los jóvenes que entrenaban—.
A los que no están relacionados conmigo por sangre, de todos modos, los he criado yo.
No hay uno solo de ellos que no haya perdido a alguien durante el golpe.
Yo perdí a mi hermano. Tú también tienes hermanos, ¿verdad?
Lo miró, con esos ojos grises que parecían leerlo como si fuera un libro.
Luodrin asintió. Tenía un hermano que no le importaría perder, pero no pensó en Eufin en ese instante.
Por alguna razón, pensó en el bebé. Un escalofrío le recorrió la columna vertical.
Bloqueó las emociones, mientras el hijo de la iguana le hacía un gesto para que subieran otro piso.
De nuevo en las escaleras oscuras, ninguno de los dos habló por un instante. Luodrin sabía que se estaba dejando llevar por un juego que no era el suyo. Comprendió que estaba hablando con un hombre inteligente que también tenía sus propios planes.
—Sabe por qué estoy aquí —dijo, con un tono diplomático pero un poco más real, un tono que abría las negociaciones.
—Sí, lo sé.
Entonces llegaron al tercer piso y ruidos más agudos y felices lo tomaron por sorpresa.
Se distrajo con el salón lleno de niños que entrenaban, jugaban y se divertían.
Intentaban mantener la seriedad del segundo piso, pero la atención se les escapaba cada pocos segundos y, lo que debía ser una tarea, se convertía en un juego.
—¡Tío! —gritó una niña, mientras corría hacia ellos.
Luodrin pensó que abrazaría al jefe del templo, pero, cuando los alcanzó, intentó asestarle una patada. El hombre retrocedió con seriedad. Se agachó y colocó las manos en posición para recibir sus golpes. La niña se rio y siguió el juego.
—Has mejorado mucho —dijo él, sin corresponder a su alegría, sin reprimirla tampoco.
La pequeña hizo una reverencia feliz y luego observó a Luodrin con curiosidad.
—¿Quién es este?
—¿Qué te he dicho sobre el respeto y los buenos modales?
La niña hizo otra reverencia hacia él.
—¿Quién es usted, señor? —dijo, y el joven no pudo evitar una sonrisa de la que se arrepintió al instante. Una amargura triste se expandió por su boca y acabó por marchitarla.
—Mi nombre es Luodrin —dijo, y estuvo a punto de añadir algo más, pero la sonrisa en el rostro pequeño y redondo lo disuadió.
—¿Ha venido a entrenar con nosotros? —preguntó.
El joven negó con la cabeza.
—Solo estoy aquí para mirar.
Y si regreso, será para asesinarlos . Lo único que consiguió a cambio de sus pensamientos oscuros fue otra sonrisa, más brillante. Si quedaba algo alegre en él, se evaporó; su máscara de indiferencia comenzó a resquebrajarse y una ansiedad triste asomó a sus ojos.
El hijo de la iguana lo estaba observando.
—Ve, continúa entrenando con los otros —le dijo a la niña. La pequeña se despidió con otra reverencia.
—Espero que se quede mucho tiempo, señor —dijo, antes de correr entre saltos hacia su posición original y compartir murmullos con sus compañeros.
—Esa es Lunia. Perdió a sus padres en el golpe. La mayoría de los niños que pasan el día aquí, entrenando, no tiene otro lugar a dónde ir —dijo, como si comentara algo que no tenía importancia—. ¿Subimos otro piso?
Luodrin suspiró, negó con la cabeza y lo enfrentó con las cejas alzadas.
—Se equivoca si cree que apelar a la culpa y la empatía es la mejor manera de tratar con un hijo del lobo —dijo, mirándolo con frialdad—. Si ha terminado de intentarlo, podemos comenzar las negociaciones.
—Me recuerdas a mi sobrino —dijo, de pronto. Tanto la sonrisa extraña como el comentario lo descolocaron y lo obligaron a fruncir el ceño—. No te pareces en nada a tu padre. Y estás desesperado por ser algo que no eres.
Luodrin contuvo el impulso de dar un paso atrás, mientras por primera vez sus ojos lo delataban. Se sintió desarmado frente aquel hombre. Su máscara de siempre, destrozada; sus verdaderos sentimientos a simple vista.
Concéntrate , se dijo, intentando recuperarse de la sorpresa y sobreponerse a la sensación de vulnerabilidad. La verdad también podía servirle como un arma. Su sinceridad podía ser tan poderosa como la diplomacia más fría.
—No estoy aquí para conocer el templo ni para encariñarme con los hijos de la iguana —dijo, recuperando la tranquilidad—.
Vine en representación de mi familia. Y la culpa o la empatía que pueda sentir no cambia en nada el hecho de que somos enemigos.
Lo único que puedo ofrecer es un intercambio y mi promesa de que los términos se cumplirán tal como los acordemos.
—Lo sé —dijo, ladeando su sonrisa—. Pero también sé que, en este momento, tienes más poder que nunca en las decisiones del Concejo. Y, si toman la decisión equivocada, quiero que los recuerdes.
Miró hacia los niños y Luodrin no pudo evitar seguir sus ojos por la sala. Imaginó el fuego, una vez más. Reprimió sus emociones, las escondió en un lugar donde ni siquiera él podía encontrarlas.
—Es usted el que tiene que tomar las decisiones correctas —dijo, volviendo a mirar al jefe del templo—. Lo único que pedimos es paz. No más reuniones secretas, no más planes para derrocarnos.
—Quieren que les jure lealtad —dijo, entre dientes, sin paciencia—. ¿Y a cambio…?
—Los hijos del tigre.
El jefe del templo tensó la mandíbula y sus ojos brillaron solo un instante. Dudaba. Luodrin leyó las dudas y las contradicciones en la mirada del hombre, se aferró a ellas.
—Renax podrá regresar y vivir dónde y como quiera. Anularé el matrimonio y…
—No se puede anular un matrimonio.
—Me encargaré de que se haga. Al menos, legalmente —dijo, ignorando el cosquilleo en su mano derecha. Escondió el tatuaje en un puño—. Puede volver a casarse, liderar la casa del tigre, que entonces no habrá muerto con su padre.
—Iría contra las normas de su casa. Las hijas del tigre no pueden liderar.
Luodrin se encogió de hombros.
—Tendrán que cambiar las normas —dijo—. No puedo liberar a su hermano, pero puedo prometerte que lo sacaré de la competencia. Tendrá una vida larga y la mejor habitación del palacio.
El hijo de la iguana rio, molesto. No parecía irritarle la oferta, sino sus propias dudas.
—¿Por qué no me ofreces un lugar en el Concejo, también? —dijo, con ironía.
—Lo puedo intentar, si es lo que quiere.
El hombre frunció el ceño y lo observó, como si no lo comprendiera.
—¿Por qué estás tan desesperado por convencerme? —preguntó, entornando los ojos—. Aunque seamos una molestia para ustedes, estamos lejos de ser un problema real.
—Parece un hombre listo —dijo, abandonando la frialdad por un instante, mostrando en sus ojos llamas de ansiedad y gritos de amargura, como un destello de futuro—. Creo que no necesito responder a esa pregunta.
El hijo de la iguana comprendió. Su mirada también ardió, pero con desprecio. Luego bajó los ojos.
—¿Tengo tiempo para pensarlo?
—Sí —dijo, mirando a los niños de reojo—. Pero le sugeriría que lo piense rápido. Antes del primer combate, al menos, si quiere salvar al hijo del tigre.