Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Dan.

(Cuatro meses después del golpe).

Vivssanya se movía por las calles más enredadas y desiertas de la ciudad, las más oscuras, como una serpiente negra reptando entre las sombras.

Seguir sus pasos a escondidas había sido difícil antes.

Ahora, cuando la herida lo amenazaba con abrirse cada vez que parpadeaba, era la tarea más ardua que había realizado en toda su vida.

La iguana en su hombro lo observaba con los ojos entornados, pero Dan no necesitaba ver su expresión para saber que lo juzgaba, que habría preferido quedarse. Sentía su dolor, después de todo. Y estaba tan preocupada por él que al muchacho le habría gustado complacerla.

Pero tres palabras continuaban torturándolo y dolían más que las punzadas en su estómago: hijo del cuervo .

Ese animal, con sus alas oscuras y ojos helados, aún aparecía en cada pesadilla, cada noche.

Un cuervo, un graznido, la muerte de su padre.

Por eso, así como ella llevaba casi una semana evitándolo, él llevaba casi una semana siguiéndola.

En su mente había campanas que anunciaban, una y otra vez, cómo se le escapaban los minutos.

Había una voz que le recordaba que no estaba allí para vengar la muerte de su padre, sino para matarla a ella.

Había una iguana que lo incitaba a cumplir con su misión.

Y, aun así, continuaba siguiéndola. Con la esperanza de encontrarlo, de rastrear al hombre que más temía y despreciaba en el mundo.

Quizás ni siquiera fuese el mismo hijo del cuervo, quizás…

pero solo quería toparse con él una vez; una vez, y lo reconocería, aunque nunca hubiera visto su rostro.

La joven se detuvo frente a una puerta alta y de acero, a pocos pasos de la muralla que separaba el norte del sur.

Toda la zona olía a mierda y alcohol, pero a la hija de la serpiente no parecía importarle.

Golpeó dos veces y aguardó. Llevaba puesta su máscara, por lo que el hombre que abrió la puerta dio un salto hacia atrás y despejó el paso enseguida.

Desde adentro llegaba una mezcla de sonidos que otro hombre, quizás, habría reconocido más rápido.

Dan no comprendió dónde estaban hasta que se coló por la puerta que habían dejado abierta y se metió en una de las habitaciones para esconderse y escuchar.

Entonces vio las mujeres desnudas que circulaban por el pasillo, escuchó gemidos y risas y, poco a poco, sacó conclusiones.

Esperó a que tanto la hija de la serpiente como el hombre de la puerta se adelantaran (él siguiéndola, como si quisiera enmendar el error de haberle abierto el paso, pero no se atreviera a abrir la boca).

Luego fue tras ellos, camuflándose entre los hombres y mujeres que jugaban y coqueteaban en el pasillo, escondiéndose en las habitaciones cuando se acercaba de más.

Algunos cuartos estaban en uso, pero los clientes no reparaban en él. Dan, por otra parte, tenía que esforzarse para no reparar en ellos. Los cuerpos que se contorsionaban, desnudos, los gritos y…

Se concentró en lo que le importaba, volvió a seguirlos por el pasillo mientras también ignoraba el dolor que lo torturaba a cada paso.

Antes de que él pudiera preguntarse qué diablos hacía ella en un lugar así, Vivssanya se detuvo.

Volvió a esconderse en una habitación oscura, por si acaso, y la observó desde el marco de la puerta.

La joven interceptó a un borracho que se aferraba a dos mujeres desnudas.

Lo tomó del brazo y lo miró a través de los agujeros en su máscara.

El hombre se mareó y estuvo a punto de tambalearse mientras, con el ceño fruncido, intentaba interpretar lo que estaba viendo. Después de varios segundos de confusión, esbozó una sonrisa borracha.

—¿No tienes demasiada ropa puesta? —preguntó, acercándose y sujetándola de la capa.

La hija de la serpiente no lo rechazó. No se movió en absoluto, como si no le importara.

—Mexior, hijo del mono —dijo, con un tono inexpresivo—. ¿Dónde puedo encontrarlo ahora? Me han dicho que eres el único que conoce su agenda.

Dan conocía ese nombre. Entornó los ojos e intentó pensar, con el cuerpo endurecido.

—¿Vienes a la habitación con nosotros? —dijo, arrastrando las palabras.

La tomó de la mano, pero, antes de que pudiera arrastrarla, la serpiente negra brotó de la manga de la joven y se enredó en la muñeca del hombre con un siseo peligroso. El cuerpo ebrio se congeló. Dan solo pudo ver su perfil, medio aterrado, medio confundido.

—Mexior —repitió, y él recordó de pronto, como si alguien hubiera sacudido su memoria. La iguana en su hombro se tensó—. El jefe de los hijos del mono. ¿Dónde está ahora?

—¿Eres una hija de la serpiente? —preguntó, temblando. Por mucho que intentara pensar y concentrarse, el alcohol no parecía permitírselo—. ¿Qué…?

—No lo preguntaré de nuevo —dijo, su voz un poco más fría—. Tienes tres segundos antes de que Shin te clave los colmillos en la garganta.

—Me… Mexior… —balbuceó, como si intentara hacer tiempo.

La gente alrededor comenzaba a dispersarse, entre murmullos, a medida que entendían lo que estaba pasando.

A nadie pareció importarle mucho. Cuando la serpiente trepó por el brazo del hombre, el pánico lo forzó a hablar—.

Hay un festival nómade en la playa… A veces van los tsaviences para mezclarse y pasar el rato. Han acordado encontrarse allí para…

—Gracias.

La serpiente regresó a la manga de la joven, que dio un paso hacia la salida y luego se detuvo.

Los ojos se cerraron, por detrás de la máscara oscura.

El cuerpo se tensó, como si sus pensamientos no le gustaran en absoluto.

Cuando volvió a abrirlos, helados y tan negros como la piedra de la máscara, el hombre seguía allí, detrás de ella.

Suspiró, se giró hacia él y lo sujetó del cuello tan deprisa que el borracho ni siquiera atinó a defenderse.

Su piel se volvió gris en un instante, sus venas se oscurecieron y la vida se escapó de sus ojos en el tiempo de un suspiro.

Más allá, un cuerpo se desplomó del mismo modo.

El hombre que había abierto la puerta y se había quedado lo suficientemente lejos como para no involucrarse. El daño colateral de sus poderes.

Como si no acabara de asesinar a dos personas, Vivssanya avanzó con tranquilidad por el pasillo y pasó por encima del cuerpo que le bloqueaba el paso. Dan se asomó para verla perderse más allá de la luz, en la calle sucia y apestosa.

Miró a su iguana, con el corazón acelerado y los pensamientos torpes.

Tanto él como su animal llevaron los ojos hacia los cuerpos muertos.

¿En qué estaba metido? ¿Qué riesgos absurdos estaba tomando por algo que quizás nunca llegara a descubrir?

Todos los cadáveres que ella dejara a su paso serían, en parte, culpa suya.

Todos los que murieran porque Dan postergaba el momento de matarla…

El jefe de los hijos del mono.

Su iguana asintió con la cabeza, azuzándolo para que salieran de allí. Dejó la habitación y atravesó el pasillo hacia la luz. Tenía que llegar antes que ella. Tenía que encontrarlo y advertirle que estaba en peligro.

Percibió la pregunta de la iguana mientras dejaban el prostíbulo y atravesaban los callejones estrechos hacia el oeste.

No, no sé cómo luce , le dijo en silencio.

Pero lo encontraremos . El olor del río y los ruidos de la fiesta no estaban lejos, pero Dan se topó una y otra vez con callejones sin salida.

La piel bajo sus vendas comenzaba a desgarrarse y el dolor le impedía pensar con claridad.

Además, temía encontrársela. Había adoptado otro rostro, un poco más adulto, con ojos oscuros y barba negra, pero no se sentía seguro bajo ningún disfraz.

No la comprendía, no tenía idea de por qué sospechaba de él y al mismo tiempo le permitía quedarse a su lado todas las noches, pero tampoco sabía hasta dónde alcanzaba su paciencia.

Si lo encontraba siguiéndola, lo reconocía y llegaba a la conclusión de que lo mejor era asesinarlo, como había asesinado al informante en el prostíbulo…

Cuando encontró el camino hacia el río, ya no podía andar tan rápido.

Su herida había comenzado a sangrar otra vez y dolía como si acabaran de abrírsela.

La iguana se apretó a su hombro y le sugirió que regresaran, pero los sonidos los distrajeron a los dos.

Desde la parte de arriba del despeñadero que llevaba a la playa, observaron el tumulto de gente.

Los niños sureños corrían por el agua, mojándose los pies.

Los adultos preparaban las decoraciones antes de que el río se tragara el sol, hablaban, reían.

Algunos tsaviences se mezclaban entre ellos, otros formaban pequeños grupos.

Dan se detuvo en seco, sin saber qué hacer, cuando vio a su tío.

Comprendió que los nobles no estaban allí para mezclarse y festejar, sino para disimular una reunión secreta. Los pequeños grupos familiares no se mezclaban, pero un par de niños corrían entre ellos como si llevaran y trajeran mensajes de un lado al otro del festival.

Dan se mantuvo inmóvil, por encima de la pequeña multitud.

No quería que su tío lo viera. Pero, sobre todo, no quería que se encontrara con Vivssanya.

No quería que estuviera en peligro y no quería verlo morir como había visto morir a su padre.

La iguana apretó su hombro, instándolo a buscar lo que había ido a buscar.

Las familias, no obstante, no habían llevado a sus animales vinculados y la intención original, pasar inadvertidos, funcionaba demasiado bien.

Había una forma rápida de solucionar las cosas: avisar a los hijos de la iguana. Pero no lo hizo.

Tardó demasiado en localizar a los hijos del mono y, cuando los localizó, vio al mismo tiempo la sombra negra.

Dio un paso hacia delante, su pie desprendió algunas rocas del despeñadero.

Estaba muy lejos y sus posibilidades de intervenir eran nulas.

Su memoria lo envolvió en ansiedad, el miedo bañó sus huesos como una ola de agua helada y los recuerdos aparecieron en forma de sonidos y sensaciones para torturarlo.

La culpa lo invadió como una bocanada de hielo.

Había prometido que nunca más volvería a mirar a la muerte desde lejos, sin actuar.

Sin embargo, supo que no llegaría a tiempo si intentaba bajar hacia la playa.

Supo que solo podía ver. Y vio. La mano rápida en la nuca, el último aliento, la gente alejándose con un grito y la sombra negra perdiéndose en una multitud confundida.

Todos rodearon el cadáver, los murmullos llenaron la fiesta.

La familia gritó y lloró, arrodillándose en la arena.

Los niños pequeños se quedaron congelados observando, los miembros de las demás casas se acercaron a mirar como si ya no les importara mantener la reunión en secreto.

Todos habían empalidecido. El jefe de la casa del mono acababa de morir, tan rápido, tan fácil…

Dan dio un paso atrás, evitó mirar el cuerpo e intentó luchar con su memoria. Con la culpa.

Tenía que matarla.

La iguana le apretó el hombro y el joven sintió sus dudas, su miedo y, sobre todo, su compasión. ¿No ves el cadáver en medio de la playa? , le dijo. Se dijo a sí mismo, en realidad. Tengo que matarla antes de que muera más gente.

Cuando se giró para no ver la escena, la capa negra lo sobresaltó.

Dio un paso atrás, su talón derecho pisó el vacío, su espalda se inclinó peligrosamente hacia la playa.

La hija de la serpiente lo sujetó de la muñeca y Dan se aferró a su mano de forma impulsiva.

Se enderezó. Y enseguida sintió el cosquilleo ansioso, la punzada de horror, que lo recorría cada vez que le tocaba la piel.

La misma piel que acababa de matar a un hombre.

La soltó de prisa. Miró sus ojos oscuros del otro lado de la máscara, fingió un semblante inexpresivo.

—¿Otra vez siguiéndome?

Dan abrió más los ojos, congelado por la sorpresa. ¿Cómo…? Había muchos hijos de la iguana en la ciudad, había muchos hijos de la iguana a unos pocos pasos de distancia, debajo del despeñadero.

—¿Qué…? —masculló, sin saber cómo reaccionar, en un intento pobre por ganar tiempo.

Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a iluminar la frialdad de sus ojos pero que afiló sus comisuras con veneno.

—Sé que eres tú, Dan —dijo. Avanzó un paso, obligándolo a inclinarse hacia el vacío—. Y espero que tengas una buena razón para estar aquí.