Capítulo 35
Yail.
(Cuatro meses después del golpe).
Yail conocía esa mirada. Años atrás, la noche que había intentado abandonar el mundo, su reflejo en el río le había devuelto una mirada así. Vacía y rota. Desesperada y exhausta. El hijo del tigre llevaba varios días clavando unos ojos opacos en el suelo. Y había muerte en esas pupilas.
No es mi problema , se repitió por décima vez, irritado, mientras seguía los ejercicios que Zagh los obligaba a hacer.
Arriba, el cielo estaba tan pesado y oscuro como si los dragones hubieran llenado las nubes con cenizas durante la última horda.
Abajo, las cosas estaban quietas y sin color.
La bandera no ondeaba, las enredaderas de los muros parecían amargadas y a punto de marchitarse de tristeza.
Pero los ojos de los combatientes eran las cosas más muertas en el campo de entrenamiento.
—¡Abajo, vamos! —gritó Zagh, caminando entre ellos como un comandante frente a su tropa—. ¡Quiero cien flexiones y ni una sola gota de sudor!
Todos obedecieron enseguida, coordinados, fuertes, como si estuvieran preparándose para una guerra real. Como si no fueran a matarse unos a otros, como si, a esa altura, no se odiaran entre ellos.
A Yail le resultaba fácil odiarlos. El odio salía de él hacia cada cosa que respirara, cada cosa que se moviera, todo lo que formara parte de esa sociedad horrible.
Él ya no quería morir. Lo había intentado una vez, como un estúpido.
Él también había estado roto y había dejado que los pedazos lo cortaran por dentro; no volvería a hacer eso nunca más.
Usaría esos pedazos para rebanarle la garganta al mundo.
—Quedan unas semanas para el primer combate —dijo, mientras ellos subían y bajaban, las manos apretando tierra—. Si son buenos, el primero de ocho. Si son malos, probablemente el último.
Un trueno resonó en la distancia, acompañando las palabras de Zagh. Los cuerpos bajaron el ritmo por un instante, como congelados por el olor de la muerte.
—Los idiotas que los rodean son los principales enemigos —dijo, alzando la voz para hacerse oír por encima de otros truenos—.
No lo olviden. No se acostumbren a convivir, no aprendan sus nombres, no confíen el uno en el otro.
Tarde o temprano, uno de ellos es quien les atravesará el corazón con una lanza o les partirá la cabeza con un martillo.
El ritmo de las flexiones, de pronto, aumentó. El miedo disminuyó considerablemente y el calor de la rabia les sirvió para esforzarse más. Porque es más fácil no sentir miedo cuando el enemigo tiene rostro.
Terminaron las cien flexiones al mismo tiempo y se pusieron firmes.
Yail deslizó, involuntariamente, los ojos hacia Ivax.
No importaba cuántas veces se repitiera que no era un problema suyo, las imágenes continuaban regresando y su mirada muerta continuaba poniéndole los pelos de punta.
Era como un reloj de arena. Y el último grano parecía tan cerca de caer…
—¡Cien abdominales! —gritó Zagh, y mientras ellos obedecían, un trueno más cercano lo obligó a escrutar el cielo.
Desde el piso, Yail lo imitó. Observó las nubes densas y oscuras.
A nadie que viviera en Tsavixia le gustaba observar el cielo.
Nadie podía mirar arriba durante un rato sin ver sombras que no estaban allí, sin ver destellos y escamas.
El rostro del entrenador se pintó de inquietud.
Los demás soldados que vigilaban el campo también miraban arriba, pálidos, preguntándose si los truenos no podían ser, en realidad, rugidos.
Yail no veía dragones cuando miraba las nubes. Veía pájaros que ya no estaban. Recordaba cosas que le oprimían el pecho.
Un trueno bramó con todas sus fuerzas, las gotas comenzaron a caer sobre los cuerpos que se ejercitaban.
—Arriba —dijo Zagh, de mala gana, intentando disimular la inquietud de su rostro—. Vayan a la celda a refugiarse de la lluvia, es todo por hoy. No quiero que se enferme nadie antes del combate en el pentágono.
Les hizo un gesto y todos enfilaron hacia las sombras de la entrada, donde estaban las celdas que apestaban a estiércol.
O casi todos. Yail miró por encima de su hombro, hacia atrás.
Lo vio, inmóvil, debajo de la lluvia que recién empezaba a mojar.
Los guardias los guiaron, como si alguno de ellos tuviera la energía suficiente para escaparse.
Estuvieron a punto de no reparar en él. El joven que clavaba los ojos en la tierra como si ya no viera ni sintiera nada.
—Adentro, idiota —dijo un soldado, acercándose a él mientras Zagh fruncía el ceño.
Yail se detuvo para mirar, atrapado en la expresión vacía de los ojos azules. En el olor a muerte. Recordó la playa, el agua barriendo sus pies, su propio reflejo devolviéndole la mirada mientras la muerte lo esperaba más allá del río. Recordó lo que se sentía querer morir. Estar decidido a morir.
—¿Qué estás esperando? —preguntó el guardia, acercándose un poco más para apretarle el brazo—. ¿Eres sordo? Ve a refugiarte de la lluvia.
Entonces murmuró algo apenas distinguible, pero Yail llegó a leer sus labios a pesar de las gotas que bañaban su rostro.
—Los hijos del tigre no se refugian de la tormenta.
Y los ojos azules se posaron en la empuñadura de la espada del soldado, brillante y prominente en su cintura. Nadie más lo notó. Nadie más vio el destello suicida en la mirada rota. Nadie más se dio cuenta de que su voz había sonado como un trueno agonizante y lleno de desesperación.
Yail corrió hacia él justo cuando el hijo del tigre extendía una mano rápida. Los dedos se posaron sobre la empuñadura, el soldado apenas atinó a dar un paso atrás. La mano comenzó a desenfundar el arma, un relámpago brilló en el filo.
Y entonces Yail cayó sobre él como una piedra, lo empujó, y la espada se le escapó de los dedos antes de que pudiera matarse.
Rodaron, estrellándose contra el piso y entre ellos varias veces antes de que sus cuerpos frenaran de forma brusca.
Yail se encontró con el cielo moviéndose, un fuerte dolor de cabeza y una satisfacción irritada.
Lo sabía , se dijo. Pero entonces se topó también con contradicciones.
¿Qué me importa si se mata? Se sintió furioso.
Consigo, con la tormenta que estaba empapándolo, con el idiota que se había victimizado con una escena patética.
Se incorporó, acusando los dolores con una mueca torcida.
Fulminó con la mirada al joven que se había puesto de pie, que se tambaleaba como si apenas pudiera sostenerse.
La lluvia pegaba la ropa a su cuerpo, empapaba sus rizos hasta hacerlos caer y bajaba por su rostro como si fueran lágrimas.
Pero no se veía triste. Se veía molesto, como si le hubieran arrebatado lo que más deseaba en el mundo.
Yail apretó los dientes, se puso de pie y se sacudió el fango, mientras los demás los observaban sin moverse.
—¿Cuál es tu problema? —preguntó el hijo del tigre, con un hilo de voz, sin siquiera mirarlo a los ojos—. ¿Por qué has hecho eso?
Yail eliminó el espacio que los separaba, en dos segundos, y le asestó un puñetazo.
En el mismo instante, otro trueno partió las nubes en dos.
Un soldado amagó a acercarse, pero Zagh lo detuvo.
Parecía debatirse entre la diversión que le estaban proporcionando y la inquietud que le ocasionaba la tormenta.
—Deja de actuar como un bebé —gruñó, y su voz resonó por encima del rugido de la lluvia.
El hijo del tigre enderezó el rostro, y los ojos que se clavaron en él lo fulminaron.
Con vida. Con una tormenta. El puñetazo regresó con más fuerza de la que aquel imbécil había mostrado nunca.
Yail gruñó, sintiendo que toda su mandíbula se había convertido en mármol y vibraba.
Aun así, consiguió esbozar una sonrisa de odio.
—¿Deberíamos detenerlos, señor? —dijo alguien, a sus espaldas.
—Déjenlos afuera, si tienen tantas ganas de quedarse y molerse a golpes —gruñó Zagh, vencido por la inquietud—. Los demás, que se refugien.
Yail apenas los escuchaba. Se irguió, tan sorprendido que no vio venir el segundo golpe. En la mejilla, esta vez. Tan fuerte como el anterior. Su cabeza comenzó a zumbar con el sonido burbujeante del odio.
—¡¿Cuál es tu problema?! —gritó el hijo del tigre, haciéndose escuchar por encima de la lluvia, de los truenos, de toda la maldita tormenta—. ¿Cuál es el problema de todo el mundo? No les he hecho nada. ¡No te he hecho nada, así que déjame en paz!
—Ya te he dicho que mi problema eres tú —dijo, con un tono frío y calmado que contrastó con el golpe rápido que le asestó en el rostro.
Lo obligó a trastabillar, avanzó con él sobre la tierra que comenzaba a convertirse en algo más posesivo y resbaloso—.
Has probado lo que es el mundo durante unos meses e intentas suicidarte como si fueras la víctima más grande en el universo.
Algunos llevamos en este mundo asqueroso desde que nacimos.
—¿Haber sufrido más que yo te da algún derecho especial?
—preguntó, arrojando un puñetazo fallido hacia él.
Yail le sostuvo el brazo y estuvo a punto de devolver el golpe, pero los ojos que se clavaron en él eran como esquirlas de hielo resquebrajadas por la desesperación—.
¿Estamos jugando alguna competencia? ¿El que ha perdido más cosas se lleva el premio mayor? ¡Pues yo lo he perdido todo!
Se soltó, sacudiendo el brazo, y le asestó otro golpe. Yail apretó los dientes y todo su rostro se descompuso de desprecio.
—¡La diferencia es que lo has tenido todo, también!
Lo golpeó con todas sus fuerzas, acompañado por un rayo que los encegueció un instante.
Ivax gruñó, como un niño enfadado, y se arrojó sobre él con toda la fuerza de su cuerpo.
Con toda la fuerza que no usaba para entrenar ni para defenderse.
Con la desesperación que llevaba mucho tiempo conteniendo.
Rodaron otra vez, pero el hijo del tigre aprovechó el factor sorpresa y consiguió colocarse encima. Con una mano lo apretó contra la tierra húmeda, con la otra mano le asestó un golpe tan fuerte que el zumbido en su cabeza se duplicó.
—¡Quieres matarme! ¡Te mueres de ganas! —masculló, golpeándolo otra vez—. ¿Por qué no me dejaste morir?
—Porque es patético —gruñó, intentando incorporarse. La mano lo apretó contra la tierra otra vez, más fuerte—. Tú eres patético.
Otro golpe le sacudió el cráneo, pero no fue eso lo que hizo que, lentamente, comenzara a rendirse.
Su visión se volvió negra durante un segundo y, cuando volvió a ver, sus ojos se encontraron de lleno con la mirada pálida y rota que gritaba, gritaba con todas sus fuerzas, debajo de la lluvia que recorría su rostro como si fueran lágrimas. Como si fueran…
—¡Ya lo sé! —dijo, con la voz quebrada por el dolor.
Todo lo que había estado aplastado, todos los fragmentos rotos, toda su tristeza asomó como un iceberg a la superficie húmeda y desesperada de sus ojos azules—.
Ya sé que soy patético. Soy un idiota patético que ha perdido a su familia, su casa, su libertad, su tigre, sus amigos…
y su dignidad en unos pocos meses, y no ha podido hacer nada.
¡Soy un idiota patético que, aún hoy, no puede hacer nada!
Yail creyó que lo golpearía otra vez, pero solo lo sujetó de la camisa y lo sacudió con fuerza contra el suelo.
Como si intentara contener algo más, como si quisiera reemplazar las lágrimas con una violencia vacía.
Porque aquello no era solo lluvia en su rostro congestionado por la angustia y el dolor.
Un dolor tan profundo que, por un instante, Yail creyó sentirlo en su propio pecho.
No pudo decir nada. No pudo apartar los ojos de la desesperación que lo envolvía.
El hijo del tigre pareció darse cuenta. De la forma en la que lo estaba observando. De que lloraba sobre él en medio de la lluvia, mientras el agua diluía los rastros de sangre. De todo lo que acababa de decir.
Se echó hacia atrás, arrojándose al fango como si su contacto lo hiciera aún más patético. Se limpió los ojos con la manga de su camisa mojada, como si eso cambiara algo, como si no lo delataran los ojos enrojecidos y la mirada llena de desolación.
Yail también despertó del trance. Se deshizo de cualquier rastro de empatía y, aunque no estaba seguro de qué expresión había en su rostro, enfrió su mirada otra vez. Se sentó. Se sacudió el barro de los brazos, pero eso tampoco sirvió de mucho.
Durante un rato largo, ninguno de los dos habló. Dejaron que la lluvia les calara los huesos, sin palabras. Estaban solos en el campo de entrenamiento. Solos con la tormenta, con el frío repentino y hostil, con la oscuridad que continuaba creciendo.
Yail intentó reaccionar, pero algo vibraba dentro de él y no le permitía alcanzar su propio odio. Incomodidad, aturdimiento. La desesperación que había visto en su mirada, quizás, como un recuerdo tóxico que flotaba en el aire y le impedía despejar la mente.
Después un tiempo que pareció eterno, cuando ya casi no quedaba luz y la lluvia había comenzado a calmarse, el frío comenzó a despertarlos.
Quizás tuvieran que pasar toda la noche a la intemperie, pero no tenían que hacerlo juntos.
No querían. Ivax fue el primero en incorporarse y alejarse de allí.
Yail, finalmente, encontró las palabras.
—No tengo nada en tu contra —dijo, observando la espalda que se detenía a pocos pasos. Si había tenido motivos para odiarlo, comenzaban a aplacarse; ahora, al menos, lo detestaba lo mismo que al resto del mundo—. Pero ten cuidado. Si tengo la oportunidad de matarte en el pentágono, no dudaré.
El joven no respondió. Dejó que la lluvia lo empapara un poco más, de pie, con los hombros hundidos. Luego se alejó y se perdió más allá de las sombras.