Capítulo 34 #3
A Dan no pareció gustarle esa mirada. Desvió los ojos, cruzó un brazo por su cuerpo y lo sujetó con la otra mano como si quisiera darse calor o…
cubrirse. Pero Vivssanya estaba pensando en otra cosa.
Ella también tenía frío, pero no era muy buena midiendo la temperatura porque los hijos de la serpiente siempre tenían frío. Y quizás…
Se incorporó y caminó hacia él, despacio. Se agachó frente a un rostro contrariado que no parecía quererla cerca. Llevó una mano instintiva hacia su frente y él se echó atrás. El movimiento brusco le arrancó una mueca de dolor y sus ojos azules bajaron enseguida hacia las vendas.
Ella se mantuvo inmóvil y cerró sus dedos en un puño, sobresaltada por su reacción, sin saber qué hacer. Claro que no quiere que lo toque , pensó, y un sabor amargo bajó por su garganta y pesó en su estómago. Soy una hija de la serpiente .
—Quiero comprobar tu temperatura —dijo, comenzando a irritarse.
Los ojos azules la apuñalaban. Pero sus mejillas estaban encendidas con un color rojizo que brillaba bajo la luz de las velas con un resplandor que parecía mágico. Febril. Ella entornó los ojos, volvió a extender la mano y llegó a rozar su piel antes que Dan volviera a rechazarla.
—No tengo fiebre —dijo, retrocediendo con incomodidad.
Vivssanya bajó la mirada y apartó la mano, de mal humor. Si quisiera matarte, no habría pasado horas limpiándote las heridas.
—Estás casi temblando.
Pero, si mueres por una infección, no es mi problema.
—Eso es porque hace frío y estoy prácticamente desnudo —gruñó él, evadiendo sus ojos.
Vivssanya se incorporó y lo observó. Se había deshecho de su camisa porque estaba sucia y rasgada y solo habría servido para infectar su herida otra vez. Pero no había pensado en reponerla.
Fue hacia el estante en el que guardaba las pocas cosas que tenía, tomó un acolchado que se desdobló con un sonido sordo y polvoriento y lo sacudió en el aire.
Luego lo tendió a sus pies. Volvió a su lugar del otro lado de la casa, apagando las velas en el camino.
Era una casa irritantemente pequeña, de todas formas.
Seguía escuchando el sonido de su respiración sorprendida cuando se tendió en el suelo. Le dio la espalda para dormir.
—¿Duermes en el piso? —preguntó, después de unos segundos de silencio.
—Sí.
—¿Me has dado las únicas cobijas que tienes? —Su voz sonaba ronca. Vivssanya no respondió, y un silencio más suave se instaló entre ambos. Su tono fue irónico y amargo cuando añadió—: Creí que los hijos de la serpiente solo se preocupaban por sí mismos.
La joven cerró los ojos, cansada de discutir con él, pero se inquietó cuando escuchó un nuevo silencio. Uno que parecía definitivo. No quería dormirse todavía. No podría, probablemente, aunque lo intentara. Los abrió de nuevo. Los clavó en la pared.
—Si realmente buscas a quienes me contrataron… —dijo, perforando la piedra con una mirada profunda. Ella también quería saber. Ella también los quería muertos a todos—, encuentra al hijo del cuervo.
Le pareció que algo en el aire cambiaba, pero no podía estar segura; solo veía la pared. El silencio se volvió tan pesado como una tonelada de piedras. ¿Era su imaginación? No se giró para comprobarlo. Dan no dijo nada.
El tiempo se extendió hasta suavizar tanto la oscuridad como el silencio y, en algún momento de la noche, cuando Shin abandonó su comida y regresó para dormir debajo de su ropa, la joven comenzó a sentir que sus ojos pesaban.
El cosquilleo de la serpiente en las costillas siempre le resultaba tranquilizador.
Como si la estuvieran abrazando, quizás; no estaba segura de cómo se sentía que la abrazaran.
—¿Estás despierto? —preguntó, con un susurro.
—Sí —dijo él, su voz fría y extraña. No solo parecía despierto, sino que estaba en las antípodas del sueño, tan tenso como si estuviera aguardando algo. Que ella se durmiera, tal vez.
—Vivssanya.
—¿Qué? —preguntó, después de unos segundos.
—Mi nombre —murmuró, hundiendo el rostro en su brazo un poco más—. No lo has preguntado.
El silencio volvió a extenderse en la única sala de su casa y ella se dejó llevar por el sueño.
Pero una persona entrenada para matar no deja de estar alerta ni siquiera cuando duerme.
Por eso lo escuchó levantarse. Por eso llevó instintivamente una mano discreta hacia el cuchillo que guardaba en la cintura.
Poco a poco, sus sentidos regresaron a la realidad hasta despertarla por completo.
No se giró. Ni siquiera abrió los ojos. No hizo más que esperar, atenta a los pasos que se acercaban.
Cuando él se detuvo a su lado, Vivssanya apretó la empuñadura con más fuerza. ¿Tenía razón? Detectó su posición a través de los sonidos; ubicó dónde estaba su garganta para no tener que buscarla en la oscuridad. Aguardó a escuchar el sonido de la daga desenfundándose.
Pero todo su cuerpo se tensó cuando algo suave y caliente le acarició la piel con un roce cuidadoso. La cobija se deslizó por ella hasta cubrirla, y la joven apretó la empuñadura de su daga un poco más.
Abrió los ojos, despacio, mientras lo escuchaba alejarse. Los clavó en la pared y se mantuvo inmóvil, congelada como si su mente se hubiera pausado. Sabía reaccionar al peligro. Al frío y a la muerte.
Pero la calidez y la amabilidad la desarmaron por completo y la dejaron helada y aturdida por el resto de la noche.