Capítulo 34 #2
Arriesgado. ¿Mentira? No parecía mentira, pero quizás no fuera toda la verdad.
Había suficiente determinación en sus ojos como para acompañar sus palabras, pero también había algo inestable.
Por más transparente que fuera, Vivssanya no era buena leyendo a las personas; por eso lo miraba con tanta intensidad. Por eso intentaba abrirlo con los ojos.
—¿Por qué quieres revertir el golpe?
Hubo una pausa cargada de extrañeza. La mirada curiosa, poco a poco, se llenó de sombras y destellos antes de responder.
—Porque lo que han hecho los hijos del lobo es una aberración —dijo, y ella sintió que había demasiado desprecio en sus palabras como para que ese fuera el único motivo—.
Porque lo que están haciendo ahora, llenándose los bolsillos a costa de aumentar la desigualdad de Tsavixia, también es una aberración.
—¿Y eso por qué te importa? —preguntó, con una curiosidad sincera que pareció desorientarlo.
La observó, tenso y extrañado. Vivssanya creyó leer algo más en sus ojos. Algo que quizás siempre había estado allí, escondido. Algo oscuro que se parecía a la rabia.
—Porque vivo en esta ciudad. Porque hay gente sufriendo —dijo, mientras el ardor en su mirada crecía—. Porque mucha gente ha perdido a su familia en la masacre de la plaza. Porque han destruido años de un sistema democrático para tomar el poder. ¿A ti no te importa?
Vivssanya se encogió de hombros, preguntándose si había una respuesta incorrecta para esa pregunta. Le pareció que sí. Pero no estaba familiarizada con las mentiras.
—No —dijo, y vio cómo algo se endurecía en su expresión—. Tampoco me parece que el sistema democrático del que hablas hiciera algo contra la desigualdad. Pero no. No me importa.
—¿Los hijos de la serpiente solo se preocupan por sí mismos? —preguntó, y ella volvió a sentir tensión en el aire.
Me odia , comprendió, mirando aquellos ojos transparentes.
Me culpa por el golpe. Después de todo, había sido ella la que había asesinado al gobernante electo.
Había sido ella la que había terminado con la democracia de Tsavixia, y solo le había costado un empujón.
Una muerte más. Ni siquiera le había parecido gran cosa.
Pero no lo había hecho porque quería, lo había hecho porque la habían obligado.
—¿No todos los humanos se preocupan solo por sí mismos?
Dan frunció el ceño. Ella le sostuvo la mirada con frialdad y, por un instante, ninguno de los dos interrumpió la tensión silenciosa.
—No.
Vivssanya no estaba de acuerdo, pero, otra vez, ¿qué sabía ella sobre los humanos? Lo que leía en los libros. Lo que veía desde afuera. Y, hasta ese momento, solo se había topado con egoísmo y ambición. Solo había visto muerte.
—Para la Orden —dijo, después de un rato de silencio incómodo.
—¿Qué?
—Querías saber para quiénes trabajo —dijo, encogiéndose de hombros—. Trabajo para la Orden.
La sinceridad pareció sorprenderlo. Asintió, despacio, con una mirada oscura.
—¿Pagan bien? —preguntó. Su tono era irónico. En sus ojos había… dolor. ¿Qué era lo que estaba ocultando?
—No soy tu enemiga, Dan —dijo, entornando los párpados—. No me interesa ser enemiga de nadie. Como dijiste, los hijos de la serpiente solo nos preocupamos por nosotros mismos. Y nos gusta quedarnos en las sombras. No gano nada parándome debajo de la luz para aparecer en los textos de historia.
—¿Entonces? ¿Por qué trabajas para ellos?
La curiosidad en los ojos que la estudiaban parecía sincera. Tuvo la sensación de que se había revelado la punta del iceberg y que, por primera vez, estaba viendo algo más real que una superficie lisa y tranquila.
Vivssanya bajó los ojos, los clavó en el piso y rebuscó entre las palabras, pero ninguna respuesta le gustaba demasiado. No le revelaría su debilidad. Era mejor si creía que no tenía debilidades, era mejor que le tuviera miedo antes que compasión. La compasión era una emoción débil y volátil.
—No tengo alternativa —dijo, con un tono cortante que daba la discusión por terminada.
Dan alzó las cejas y ladeó el rostro ligeramente.
—Yo he respondido a todas tus preguntas.
Ella esbozó una sonrisa apenas perceptible, oscura bajo las sombras de las plantas. Una sonrisa de serpiente.
—Pero no con la verdad.
Un silencio más tenso se instaló entre ambos mientras se sostenían la mirada. El fuego del hogar comenzaba a apagarse y la madera chasqueaba un poco menos. Las velas parecían más débiles, discretas, casi como si se ocultaran de la rispidez que envenenaba el ambiente.
—¿En qué crees que he mentido? —preguntó. En sus ojos oscilaban muchas cosas; entre ellas, la luz. Vivssanya se preguntó de qué color serían en realidad.
—¿Estabas allí para matarme?
Era una sospecha para la que no tenía pruebas, pero la lógica seguía llevándola al mismo lugar. Si ella quisiera luchar contra los que habían hecho el golpe, no se molestaría en encontrarlos uno por uno. Destruiría sus armas, primero. Y luego tomaría el poder.
La expresión del hijo de la iguana cambió muy poco.
Se enfrió, si cabe. Los ojos se movieron imperceptiblemente y dejaron de reflejar la luz.
Parecía estar haciendo algún esfuerzo. Por no apartar la mirada, tal vez.
Por volver a mentir. Como si fuera un impulso inconsciente, los ojos azules bajaron hasta su cuello.
Vivssanya sintió un cosquilleo en el estómago mientras se preguntaba si saltaría sobre ella para degollarla. Se mantuvo alerta. Su corazón se aceleró y ensució el silencio. Shin detectó su inquietud, olvidó los pescados y siseó con un tono amenazante.
Dan suavizó la oscuridad de sus ojos.
—No —dijo, sin apartar la mirada.
No sabía detectar mentiras, pero buscó en su expresión cualquier cosa que pudiera delatarlo. No se veía nervioso y le sostenía la mirada con seguridad, pero… Vivssanya seguía sintiendo que, además de su verdadero rostro, escondía muchas cosas detrás de aquella máscara.
¿Lo estoy imaginando? , se preguntó. Pero, de todas formas, no importaba; si intentaba hacerle daño, el que saldría lastimado sería él. Vivssanya solo quería un poco más de tiempo para estudiarlo. Quería comprenderlo. Quería saber más.
Se encogió de hombros y bajó los ojos hacia el cuerpo en el que brillaba la luz. Se veía tenso. Se veía…
—¿Tienes frío? —preguntó. Su piel se había erizado.