Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Vivssanya.

(Cuatro meses después del golpe).

Todavía sentía el cosquilleo de la muerte en la palma de las manos, y el papel con los datos de una nueva víctima pesaba en su bolsillo como si fuera de plomo.

Caminó por el callejón oscuro, escondida en las sombras de su capucha, rodeada de silencio.

Un silencio que Vivssanya no podía oír, porque los latidos de su corazón la aturdían con más y más insistencia.

Se detuvo frente a la puerta de su casa y la observó, las manos en los bolsillos, mientras las estrellas titilaban sobre su cabeza. Shin se movió por su hombro, cruzó por su espalda hacia el otro brazo. Compartía involuntariamente su inquietud.

Hay una persona en mi casa , se recordó, como si no lo supiera, como si no lo hubiera tenido presente todo el camino. Hay una persona viva en mi casa . La voz de su mente era como un balbuceo irritado y nervioso.

Aquellas paredes eran el único lugar del mundo en el que se sentía segura.

Desde que había huido del internado en el que abandonaban a los hijos de la serpiente, esa casa había sido el lugar en donde podía quitarse la capucha, mirar alrededor, ser ella misma sin el olor de la muerte siguiéndola.

El silencio, la tranquilidad. Shin y las plantas como toda compañía. Su lugar en el mundo.

Y ahora… La serpiente se asomó y trepó por la manga que terminaba en su brazo izquierdo, le clavó sus pequeños ojos oscuros y sacó la lengua. Vivssanya la apuñaló con la mirada. ¿Por qué hay una persona en mi casa? , masculló en silencio.

Volvió a mirar el picaporte, dubitativa, mientras Shin entornaba los ojos en un gesto que había aprendido de ella. Siseó, y la joven comprendió bien lo que intentaba decirle. Lleva más de una semana aquí. Y no lo he traído yo.

Sin embargo, ella había insistido. Ella le había clavado los colmillos de la compasión y la responsabilidad y había insistido en que lo salvaran.

Ella… No, lo he traído yo , se dijo, intentando contener la irritación y la ansiedad que le endurecían las entrañas.

Lo siento, Shin. No quiero desquitarme contigo.

La serpiente se enredó en su brazo y volvió a meterse dentro de su ropa, deslizándose por la piel con un siseo. Vivssanya suspiró, estiró la mano hacia el picaporte y la dejó allí, quieta, por un instante. Si tanto te molesta, dile que se vaya .

Pero eso era lo que más la inquietaba, lo que más le ponía los pelos de punta.

Saber que, en el fondo, una parte de ella no quería echarlo.

Una parte de ella se aferraba a la idea de que aquel hijo de la iguana era la primera persona a la que podía mirar a los ojos.

A la que podía mirar a los ojos sin que eso implicara su muerte.

Era, también, su única posibilidad de aplacar un poco el silencio que, a veces, le resultaba aplastante y estruendoso.

Había alguien en su casa. Y eso la ponía nerviosa, pero también le provocaba una esperanza ilusoria que no quería sentir. Que los ponía a todos en peligro.

Me gusta el silencio , se dijo, girando el picaporte, aferrándose a la irritación y dejando de lado el miedo que le pinchaba el estómago. Ni el silencio ni las plantas morirán por mi culpa.

Cuando abrió la puerta y lo encontró durmiendo en el mismo lugar de siempre, la mayor parte de su ansiedad se diluyó enseguida. Suspiró, cerró y la casa quedó en penumbras. Avanzó, esquivando las plantas.

En la oscuridad, la quietud pareció profundizarse. Escuchó sus pasos sobre la piedra, susurrantes, y sintió el eco de su propia respiración en las paredes. Era estruendosa.

Lo observó, pero solo vio una mancha oscura en el suelo. Un montón de carne y músculos vivos recostados en la colcha. Muy quietos. Como si en realidad no estuvieran durmiendo.

Vivssanya se giró, despacio, con los sentidos en alerta, esperando un solo movimiento que lo delatara. Las armas, como siempre, estaban en su cintura, pero ella no necesitaba armas para defenderse. Solo sus manos.

Caminó unos pasos hacia el hogar que hacía las veces de cocina, cogió la varilla de las velas y se agachó junto a las pocas brasas que habían sobrevivido desde la noche anterior. Prendió la varilla, simulando una tranquilidad que no sentía, esperando sonidos que le indicaran peligro.

Shin la trató de paranoica y se removió con un siseo molesto. Déjame escuchar. No te muevas , le dijo y se incorporó, con la varilla encendida. Comenzó a prender las velas de los estantes, sin mirarlo. Se subió a la mesa para alcanzar las de la araña, llena de polvo porque llevaba años sin uso.

Se bajó y, una vez que la casa entera estuvo iluminada, lo observó discretamente.

Continuaba dormido. Los ojos cerrados pacíficamente, las manos entrelazadas sobre las vendas como si protegieran la herida, la iguana durmiendo a su lado como siempre.

Tensó el ceño, preguntándose si realmente estaba paranoica.

Lo estudió un poco más para detectar alguna señal de que no estuviese dormido.

Siguió las venas tensas de sus brazos y las líneas de sus músculos, observó el torso endurecido por el entrenamiento que brillaba bajo la luz de las velas…

Shin siseó y ella apartó los ojos enseguida.

Apretó los dientes, irritada, y se dirigió al hogar para reencender el fuego.

Puso a asar un par de papas, cocinó el pescado que había comprado al mediodía y, poco a poco, la tensión se diluyó.

Su cuerpo comenzó a relajarse. Se encontró cómoda en el silencio de siempre, y bajó la guardia.

La primera vez que una sombra se movió a su lado, estaba demasiado perdida en el rojo de las llamas como para prestarle atención. La segunda vez, su mano fue instintivamente hacia la empuñadura del cuchillo.

Lo que se movía, no obstante, se movía lejos.

—¿Qué haces? —preguntó el hijo de la iguana.

La joven soltó la empuñadura disimuladamente, se irguió y, despacio, se giró hacia él. No parecía adormecido. Se había sentado y en sus ojos había secuelas de la fiebre y del dolor, pero no había sueño. El fuego brillaba en sus pupilas distraídas.

Si quisiera matarte, no te habría salvado , se recordó. Y, aun así, no podía quitarse la sensación de que había algo más en su mirada, un destello que escondía contradicciones oscuras.

—Cocinar —respondió, no muy segura de cuál era la respuesta que esperaba.

Los ojos del joven se apartaron de ella y se clavaron en el fuego, observaron el pez asándose en el pinche. Alzó las cejas y el fantasma de una sonrisa contrariada asomó a sus labios.

—¿No tienes una sartén?

Vivssanya se encogió de hombros. Nunca había sentido la necesidad de tener una sartén. Ni platos. Ni cubiertos. Nunca había cocinado, ni cocinaría, para nadie más que ella. Al menos, eso pensaba dos semanas atrás.

Sin molestarse en contestar a su pregunta, sacó las papas del fuego con una pinza y las dejó frente a él.

Luego retiró los pescados, se acercó y le tendió una de las varillas.

El joven la tomó cuidadosamente, mirándola con intensidad.

Era muy malo escondiendo sus contradicciones.

Sus ojos resultaban fáciles de leer y estaban llenos de recelo y dudas. Curiosidad. Incomprensión.

—A tu iguana le he dejado hojas de repollo junto al fuego —dijo, retrocediendo. Pegó su espalda a la pared opuesta, se sentó allí para comer tranquila—. Dile que agradecería que dejara mis plantas en paz.

Dan miró a la iguana y enarcó las cejas, pero su animal fingió no comprender y se acurrucó junto a la comida. La joven volvió su atención hacia el pescado. Lo mordió. Estaba gomoso, seco y recocido, pero ella ya estaba adaptada a comerlo así, y él no se quejó en ningún momento.

El silencio que se extendió entre los dos, mientras comían, fue distinto.

No era el silencio al que ella estaba acostumbrada, no era el silencio con el que se sentía cómoda.

Era más tenso e irritante. Era el silencio acompañado por la sensación de estar bajo la mirada de otra persona. No le gustaba ni un poco.

Los sonidos se amplificaban y rebotaban en todas las paredes, libres en la quietud de la noche.

El más mínimo movimiento era un ruido estruendoso.

El susurro de la serpiente abandonando su ropa, deslizándose por el suelo para buscar su propia comida, también era estruendoso.

Las respiraciones eran estruendosas. Su mirada era…

Vivssanya levantó los ojos y lo enfrentó.

Encontró una mirada penetrante, analítica, reflejando la luz de las velas y observándola.

¿Qué? , preguntó, en silencio. Pero el hijo de la iguana no era Shin.

No escuchó su pregunta e interpretó su expresión irritada como una invitación para que bajara los ojos. Lo hizo y continuó comiendo.

Vivssanya no. Mantuvo la mirada en él y aprovechó para estudiarlo.

Parecía pensar mucho, todo el tiempo; sus ojos se perdían más allá de las cosas y se enredaban quién sabe en qué.

En posibilidades, quizás. O en recuerdos.

Las hojas de las plantas luchaban con las velas para llenar su rostro de luz y sombras.

Se preguntó cómo se vería su rostro en realidad.

Se preguntó cuántos años tenía, si las cicatrices que marcaban su cuerpo eran verdaderas; se preguntó… con quién estaba cenando.

No confiaba en él; los hijos de la serpiente no estaban hechos para confiar en nadie. Pero ese no era el motivo por el que rebuscaba en sus ojos azules. Quería ver un mundo que no conocía. Un tipo de vida que ella no había tenido ni tendría jamás. La curiosidad le pinchaba la garganta.

Carraspeó, incómodo, consciente de la mirada que seguía sus movimientos. Vivssanya no bajó los ojos.

—¿Por qué quieres saber con quién trabajo? —preguntó, en cambio.

Dan clavó la mirada en el suelo, un instante, y luego la alzó muy despacio hacia ella. Pensaba, otra vez. Como si midiera lo que podía decir, como si calculara los movimientos de un juego peligroso.

—Porque quiero revertir el golpe.