Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Yail.

(Cuatro meses después del golpe).

Las aves volaban en el cielo, a contraluz del sol. Un pinchazo doloroso en el pecho lo forzó a apartar la mirada. Giró el bastón en su mano. Formado junto a los demás, esperaba a que izaran la bandera.

—Si alguno se demora, lo moleré a patadas —dijo Quenyl, con la vista fija en el equipo que formaba frente a ellos.

Envaia escupió el piso.

—Cállate, idiota.

El combate de entrenamiento comenzaría cuando la bandera alcanzara su punto más alto. Yail había tardado en comprender las reglas del juego; era una competencia estúpida, después de todo. Irracional. Un juego macabro en el que sus peores enemigos eran los que luchaban a su lado.

—Yo me encargo del grandote —continuó, ignorándola—. Los demás deberían…

—¿Estás nervioso, Quenyl? ¿No puedes quedarte callado?

—Cállense los dos —intervino, antes de que se enredaran en una pelea que comenzaba a distraerlo.

Le hicieron caso y el silencio se extendió en el equipo justo antes de que la bandera alcanzara su punto más alto. Alguien chifló. Comenzó la carrera.

Yail odiaba ese juego, odiaba los murmullos de los soldados, las risas a su alrededor, las apuestas.

Odiaba sentirse un juguete cuyo cuerpo estaba al servicio de la diversión de otras personas.

Pero, de todos modos, corrió, y corrió más rápido que los demás, porque mantenerse en movimiento lo ayudaba a descargar el odio que todavía era asfixiante y nauseabundo.

Cuando corría y luchaba, el vacío que le pinchaba el corazón se diluía.

Dejaba de escuchar el canto de los pájaros, dejaba de pensar en ella, dejaba de oír su chillido agónico.

Fue el primero en encontrarse con el equipo contrario.

Ni siquiera los miró, olvidó que frente a él había personas y los atacó con todas sus fuerzas.

Sabía que no tenían nada que ver con la rabia que lo mordía por dentro, pero eran lo único que podía golpear, lo único con lo que podía descargarse.

Al menos, hasta que ganara el campeonato.

Blandió el bastón como si su vida dependiera de ello y apuntó a las piernas, porque el objetivo no era matar sino ocuparse de que no llegaran al otro extremo.

No podía matar. No, al menos, a los miembros del equipo contrario.

Se lo repetía una y otra vez, porque en el combate real no tendría un trozo de madera sino una lanza filosa, y usar todas sus fuerzas con una lanza en la mano acabaría con la descalificación. Y descalificación significaba muerte.

Escuchó la risa asombrada de los soldados mientras lo veían pelear.

Murmuraban, elegían campeones favoritos, mientras ellos se molían a palos.

Yail imaginó que los golpeaba. Imaginó que eran esos idiotas los que se caían al suelo y gemían de dolor, y no dos imbéciles con tanta mala suerte como él.

Alzó el bastón sobre uno de ellos, pero una mano suplicante lo detuvo. Entornó los ojos, lo observó.

Apretó los dientes y le dio una patada suave para terminar de arrojarlo al suelo.

Más te vale quedarte allí , pensó para sí mismo, antes de buscar un nuevo contrincante con el que descargar la rabia.

Muchos ya habían corrido hacia la meta. Hacia ambas metas.

Los más ágiles y pequeños preferían evadir los golpes y salvarse lo más rápido posible.

Yail no. Él prefería dejar algunos cuerpos tirados a su paso.

Se enfrentó con un hombre mucho más grande, musculoso, que también parecía ansioso por golpear cosas. En un combate real, detenerse para una pelea en la que tenía pocas posibilidades podía resultar suicida. Pero aquello no era un combate real. Solo eran un montón de golpes.

Blandió el bastón hacia sus huesos, golpeó sus empeines con tanta fuerza que lo hizo gritar. Luego clavó el bastón entre sus testículos. En menos de un minuto, todos sus músculos enormes estaban tendidos en el suelo y rodaban para desprenderse del dolor.

Yail se detuvo un instante, agitado por el esfuerzo, pero también por ese impulso furioso que le pedía muerte. Que lo empujaba a golpear. Buscó, con los ojos brillantes, alguien más que se cruzara en su camino, un contrincante en pie, pero solo encontró cuerpos tirados que se habían rendido.

Vamos. Levántense, no sean gallinas .

—¡Yail! —gritó alguien desde la meta. Una voz de mujer, muy irritada—. ¡Deja de pavonearte y ven!

Golpeó el suelo con la punta del bastón, con un suspiro que gruñía, y giró sobre sí para observar su entorno.

Pasó una mirada borrosa y veloz por los rostros expectantes de los soldados que habían hecho apuestas, el equipo restante que entrenaba a lo lejos, las celdas escondidas en la oscuridad, los muros llenos de enredaderas, la bandera izada y, otra vez, los pájaros en el cielo.

Observó a los miembros de su equipo, resignado, mientras el fuego en sus venas comenzaba a calmarse. No desaparecía, nunca desaparecía, pero a veces se enfriaba por un rato y le permitía pensar. Caminó hacia las cinco personas que lo esperaban, pero que no lo observaban a él.

Cinco personas.

Yail se detuvo y frunció el ceño. Apretó los dientes y suspiró, porque era evidente quién faltaba.

Se giró, buscó de reojo al hijo del tigre y encontró sus rizos enseguida.

Estaba arrodillado, ambas manos apoyadas en el suelo y un hilillo de sangre brotaba de su boca.

Sus ojos estaban perdidos más allá de la tierra.

Había pasado las últimas semanas así, casi muerto, obedeciendo las órdenes a duras penas como si se hubiera rendido de la vida.

Todos sabían que sería el primero en caer cuando comenzaran los torneos, cuando tuvieran que matarse.

Él también lo sabía. Y parecía tan resignado como si, en el fondo, ansiara la muerte.

Yail tensó el rostro, pero desvió la mirada y continuó caminando hacia la meta, levantando tierra alrededor de sus pasos irritados, dubitativos.

Nunca ganarían con él en el equipo. Cuando llegara el día, tendría que matarlo.

Lo que le había parecido emocionante en un primer momento, se había convertido en un pinchazo de amargura en el estómago.

No es mi problema.

Estaba cerca de los demás cuando vio, de reojo, la figura uniformada que caminaba hacia ellos. Sus pasos se volvieron más inseguros, sus ojos se clavaron en la tierra un instante mientras la voz de la razón intentaba hablar más fuerte. No es mi problema .

El entrenador había clavado sus ojos en Ivax, otra vez; brillaban con ese odio obsesivo que salía a la superficie cada vez que el hijo del tigre estaba involucrado.

¿Por qué lo despreciaba con tanta fuerza?

Se había ensañado con él como si el sentido de su vida fuera aplastarlo hasta que ya no pudiera levantarse.

Pues ya no podía levantarse. Ya estaba roto, muerto, ya se había rendido completamente. ¿Por qué no lo dejaba en paz?

No. Es. Mi. Problema .

Pero, aunque intentara quitárselas de encima con una desesperación llena de náuseas, las imágenes de la violación continuaban girando en su cabeza. La sangre, el grito, el cuerpo tendido en el suelo… La mirada que cortaba como un montón de vidrios rotos.

Sus pasos se detuvieron. Apretó los dientes, se giró y trotó hacia el cuerpo que no se esforzaba por incorporarse.

Le dio la espalda a Zagh, se interpuso en su ángulo de visión antes de que pisara el campo de juego.

Miró al hijo del tigre con una aprensión tensa en el rostro.

Se agachó para sujetarlo del brazo, un brazo débil que no opuso resistencia.

Lo levantó, pero las rodillas fallaron y volvió a caerse.

Los ojos azules se clavaron en él, opacos como si lo observaran desde alguna realidad distante.

Los demás comenzaban a erguirse para evitar los castigos del entrenador. Los pasos sonaban cada vez más cerca.

Yail lo maldijo en silencio e intentó pensar; una parte de él quería soltar su brazo y dejarlo allí, pero otra parte no podía apartar la mirada del vacío que había en sus ojos.

Si no te levantas, te partirán la columna a patadas, idiota .

Parecía saberlo. Tenía que saberlo y, sin embargo, ya no cabía miedo o dolor en esa mirada que, alguna vez, había estado llena de vida.

Cerró los ojos, apretó los dientes e hizo lo único que se le ocurrió: incorporarlo a la fuerza y empujarlo hacia delante. Fue todo lo violento que podía ser, porque sabía que a Zagh no lo detendría otra cosa.

—Espero que hagas esto en el primer combate, también —dijo, lo suficientemente alto como para que todos lo escucharan—. Así tengo una excusa para rebanarte el cuello.

Volvió a empujarlo, lo sujetó del brazo otra vez y lo alejó de Zagh tan rápido como podía, arrastrando el peso de un cuerpo que solo caminaba por inercia.

Lo empujó una vez más, con tanta fuerza que lo arrojó sobre la línea.

Yail la atravesó tras él y se giró para observar el campo de juego.

Soltó una maldición, esta vez en voz alta.

—Ellos llegaron antes —dijo Envaia, con un tono cansado.

Quenyl dio un paso hacia Ivax, furioso, mientras el joven por fin comenzaba a incorporarse por su cuenta, pero Dorael extendió una mano paciente y silenciosa para detenerlo.

Salvo aquella masa de músculos que rondaba los treinta, nadie parecía pensar que valiera la pena insultarlo.

De todas formas, se librarían del hijo del tigre en el primer combate.

El entrenador se acercó a ellos, sin prisas. No parecía enojado (con esa cicatriz en su rostro, nunca parecía enojado), pero el aire se tensó entre los miembros del equipo. La mayoría desvió los ojos. Ivax retrocedió, instintivamente.

—¿No se cansan de perder? —preguntó, ladeando una sonrisa indiferente. Miró al hijo del tigre y, una vez más, sus ojos brillaron con ese odio demente que los encendía—. No comerán hasta el almuerzo de mañana.

Se giró, sin más, y se retiró del campo de juego como si no tuviera nada que hacer allí además de tocarles los cojones.

Yail lo detestaba. Lo detestaba con todas sus fuerzas, pero no podía hacer nada en su contra mientras tuviera las armas, los números y el sistema a su favor.

Primero tenía que revertir un par de cosas.

—Es culpa tuya, mamarracho —dijo Quenyl, a punto de abalanzarse sobre Ivax por segunda vez.

—No tiene sentido —dijo Envaia.

—Pero sí es su culpa —susurró alguien más. La muchacha callada que no solía intervenir.

Él no abrió la boca. Dejó que la discusión siguiera su curso, pero cuando Quenyl se cansó de las palabras y se acercó al hijo del tigre, Yail lo detuvo con una mirada breve y discreta.

Nadie más la notó, pero el hombre interrumpió sus pasos enseguida y la seguridad de sus piernas flanqueó debajo de las dudas y las contradicciones.

Ivax se apartó de ellos, como si no le interesara defenderse.

La discusión continuó unos minutos más, pero Yail no prestó atención a las opiniones que no servían de nada. No le interesaba lo que pudieran decir, no le interesaban ellos; tarde o temprano, se matarían los unos a los otros.

Un pinchazo extraño lo distrajo, además. Un escalofrío en todo el cuerpo. Se giró hacia la bandera, hacia los soldados que habían apostado y perdido y comenzaban a regresar a sus puestos. Había alguien de pie, inmóvil. Un guardia que lo observaba solo a él.

Frunció el ceño y reconoció al hijo de la iguana justo antes de que este apartara los ojos. Le echó una última mirada a Ivax y se alejó hacia la salida.

Yail lo vio irse, con una sensación desagradable en la columna vertebral. Con un mal presentimiento.