Capítulo 32 #2
—Y decidiste que era una buena idea salvar a una hija de la serpiente —dijo, con un tono irónico.
Dan la observó, inexpresivo, y ambos se midieron durante un instante.
La sonrisa irónica se hizo más grande, las manos enguantadas desenfundaron un cuchillo familiar y el joven no pudo esconder un destello sorprendido en sus ojos—.
Sé que me estabas siguiendo. Te vi antes, en el mercado, y luego apareciste en el callejón.
Además, eres un hijo de la iguana. ¿Cuál es tu nombre?
Dudó un instante y el silencio que se extendió entre ambos delató, de antemano, cualquier posible mentira. ¿Qué más daba? No era la persona más famosa; su familia se había esforzado bastante por esconderlo toda su vida.
—Dan.
Lo estudió, con esa intensidad que comenzaba a ponerlo nervioso, como si una mirada larga fuera su manera de leerlo. Finalmente, asintió con la cabeza. Una sonrisa imperceptible volvió a brillar en su mirada y, despacio, la daga lo señaló en un gesto casi inocente. Casi.
—¿Estabas ahí para matarme, Dan?
A pesar de su sonrisa, no había diversión detrás de sus amenazas; solo una frialdad eterna, un glaciar vacío en el que no cabían sentimientos. Todo lo demás, una fachada. Un teatro en el que no podía confiar.
Volvió a erguirse y, esta vez, disimuló el dolor.
Se sentó frente a ella, extendió una mano y sujetó la empuñadura de la daga, rozó sus guantes, empujó sus dedos para recuperar su propio cuchillo.
Él también podía fingir. Podía actuar una mirada fría, podía actuar como si no le tuviera miedo, como si tocarla no le pusiera los pelos de punta. Como esperaba, la desorientó.
—Si hubiera estado allí para matarte, no te habría salvado —dijo, sosteniendo su mirada mientras ella soltaba el cuchillo y lo analizaba como si pudiera leer sus pensamientos. Despacio, asintió con la cabeza.
—A menos que seas un idiota —dijo, bajando los ojos. Le creía. Ser un idiota, al menos, le había servido para ganarse su confianza. Miró las líneas de su cuello, instintivamente. Pensó en lo fácil que sería matarla en ese momento—. ¿Entonces por qué me seguías? ¿Y por qué me salvaste?
Si podía obligarla a bajar la guardia, pasar algunos días más entre esas paredes, si podía recuperarse y hacer que confiara en él lo suficiente como para dormir tranquila…
Asesinarla a traición no se sentía bien, no lo hacía mejor que los matones de los que la había salvado, pero no podía ganarle en una pelea limpia.
Jamás podría. Y la promesa que le había hecho a su tío (y a su padre) pesaba sobre él como un reloj.
No tengo tanto tiempo. Tengo que matarla hoy. Como sea.
—Me enviaron para averiguar con quién trabajas —dijo, e intentó disimular lo mucho que se había acelerado su corazón por una mentira—. Y te salvé porque… No tengo idea de por qué. Solo me pareció correcto.
Se encogió de hombros, evadiendo su mirada recelosa. Al menos lo último era la verdad. La había salvado porque le había parecido correcto y porque, a pesar de todo lo que había cambiado, aún era un idiota.
—Tengo una última pregunta —dijo, y la tensión en su voz parecía sugerir que, de todas, era la pregunta más importante. La pregunta que más temía hacerle. Dan volvió a mirarla a los ojos, con curiosidad, y esta vez fue ella quien rehuyó su mirada—. ¿Este es tu verdadero rostro?
Una vez más, dudó. Buscó motivos para mentirle, pero no encontró ninguno.
—No.
Sus ojos eran un poco más grandes, un poco más azules, en ese momento. Su nariz era más larga y más recta, su mandíbula era más marcada. Había mezclado dos o tres rostros que había visto al pasar, alguna vez, y se había transformado en alguien que no existía.
Ella asintió con la cabeza. ¿Estaba aliviada? ¿O el destello fugaz en los ojos oscuros había sido su imaginación?
—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó, mirando lo que los rodeaba; las imágenes se movieron y lo desorientaron. Había comenzado a marearse otra vez.
—Más de una semana. Pero ya te ha bajado la fiebre.
Se quitó un guante, se inclinó hacia él y extendió sus dedos delgados y pálidos, como los dedos de la muerte, para tocarle el rostro.
Dan se inclinó hacia atrás y la evitó. Sus ojos se encontraron otra vez, más cerca, y la mirada oscura volvió a brillar con algo similar a una sonrisa mientras él sostenía una expresión que se asemejaba a la nieve.
—¿Me tienes miedo? —preguntó.
Dan sujetó su muñeca, tocándola solo donde la tela de su abrigo le cubría la piel, y la obligó a bajar la mano. Ella siguió sus movimientos con una mirada extraña. Como quien ve algo por primera vez.
—Gracias —dijo, para disimular, sin soltarla—. Tú también me has salvado la vida.
La hija de la serpiente volvió a mirarlo a los ojos y su sonrisa, lentamente, se diluyó por completo hasta dejar solo una expresión incómoda y aprensiva. Casi asustada. Retiró su mano, como si el contacto o sus palabras la hubieran sobresaltado de algún modo.
—Si estás agradecido, termina de recuperarte y vete —dijo, poniéndose en pie.
Miró la daga que había quedado sobre las mantas, justo al lado de su mano, justo a su alcance si quería utilizarla contra ella.
Dudó un instante, pero pareció decidir que no valía la pena confiscarla.
La dejó allí y se alejó hacia una puerta oscura.
La abrió y la luz encegueció al joven un instante; parpadeó un par de veces y, cuando sus ojos se enfocaron, la luz desapareció y la casa quedó vacía.
El vínculo tiró de él a medida que la iguana se despertaba de su sueño. Se subió sobre su regazo, como dándole la bienvenida. Dan la acarició, pero volvió a fijar la vista en la puerta que acababa de cerrarse.
¿Esta noche, mientras duerme? , le preguntó. Y, a través del vínculo, recibió su asentimiento; después de todo, los dos querían regresar a casa. Lejos de ese lugar que olía a veneno, muerte y… plantas.
—¿Por qué tantas plantas? —susurró, mirando las macetas que lo abarcaban todo.
Y pensó que, quizás, aquellos eran los únicos amigos que podía tener una hija de la serpiente.
La idea le provocó un sentimiento desagradable del que se deshizo enseguida.
Esta noche , repitió. Se repitió. Y sus ojos viajaron, inconscientemente, del cuchillo hacia el cuenco de agua sucia.
El paño que ella había usado para limpiar su herida flotaba en medio de la sangre.