Capítulo 32
Dan.
(Cuatro meses después del golpe).
Durante días, sintió la fiebre como un alambre que le atravesaba los huesos y un manto de sudor helado que le cubría la piel. Su mente iba y venía de una pesadilla a la otra, pero la más recurrente era la muerte de su padre. El hombre con capucha, la espada, los ojos muertos.
A veces, veía a Renax. A veces, a la hija de la serpiente, que observaba a la multitud desde la cima de la pirámide. Y, otras veces, conseguía a duras penas arañar la realidad por un instante.
Pero la realidad también era una pesadilla. Cada miembro de su cuerpo dolía como si lo hubieran apaleado, su cabeza se partía en dos y las imágenes que captaba con los ojos entreabiertos se movían y mezclaban hasta hacerle perder el sentido.
Estaba helado. Constantemente helado, y el sudor que lo empapaba lo enfriaba un poco más, como una tortura. Sentía el torso desnudo y no recordaba dónde estaba su ropa, dónde estaba él ni por qué todo dolía tanto.
A veces, alguien se acercaba para darle comida y obligarlo a beber agua.
Algo empapaba su herida hasta hacerlo retorcerse de dolor, la limpiaba mientras susurraba cosas que él no entendía.
No estaba solo. La idea lo ayudó a atravesar las pesadillas continuas y a sobreponerse al miedo y al dolor; lo ayudó a ignorar la silueta de la muerte.
Pasado el tiempo crítico, los sueños y la realidad se alternaron con mayor frecuencia. No podía asirse a las imágenes que veían sus ojos, pero al menos comenzó a comprenderlas. Unos instantes al día, lograba pensar antes de sumirse otra vez en las tinieblas de la fiebre.
Lo primero que vio fueron las plantas. Se preguntó si estaba en el bosque, al principio, pero el bosque no tenía techo de piedra ni gruesas paredes. Y las plantas, en el bosque, no nacían en macetas.
La segunda vez que pudo recuperar la conciencia durante el tiempo suficiente como para ver algo, percibió la silueta oscura como una mancha a contraluz.
Un paño helado apretó sus costillas y le arrancó un gruñido de dolor; todo su cuerpo se sacudió ligeramente.
Una mano en el pecho, suave y fría, lo forzó a quedarse quieto.
El tacto de los dedos era extraño. Cálido pero duro, negro…
, guantes. Era el tacto de unos guantes.
—¿Estás despierto? —preguntó una voz de mujer. Era una voz melódica, hipnotizante, casi dulce, como la voz de una sirena. O el siseo de una serpiente—. No te duermas. Quédate conmigo.
La silueta se acercó para mirarlo a los ojos y Dan pudo armar los rasgos tensos, preocupados, de la joven que lo observaba con intensidad como si quisiera retenerlo.
Ojos negros y brillantes como escamas oscuras, como el cabello liso que caía alrededor de un rostro pálido.
Conocía ese rostro, pero no podía recordar cómo o de qué.
No podía recordar tampoco si aquella mujer era aliada o enemiga, así que se aferró a la preocupación que leyó en ella, se aferró a la suavidad con la que apoyaba la mano en su pecho, y volvió a dormirse.
La tercera vez fue apenas un instante, tan fugaz que no pudo discernir si era realidad o pesadilla.
Escuchó el siseo de un reptil, sintió las escamas en su torso y abrió los ojos, sin aire.
Vio a la serpiente negra frente a él, vio su lengua viperina, sus ojos atentos y curiosos.
Frunció el ceño y gimió, mientras el frío aumentaba y el miedo le congelaba los pulmones.
No era real. No podía ser real. Tenía que ser una pesadilla.
Cerró los ojos y dejó que otro sueño lo arrastrara, volvió a perderse en su memoria, vio el asesinato de su padre una y otra vez.
Una mano suave, poco después, lo arrancó de allí y ahogó sus miedos.
Se dio cuenta de que había estado quejándose, pero la mano no intentó despertarlo, no lo sacudió.
Entrelazó los dedos en su cabello con calidez y levantó su cabeza para colocar una almohada debajo de su nuca.
Dan se aferró al tacto tibio, acercó el rostro a él, pero no logró separar los párpados ni pensar en lo que estaba sucediendo.
—Está bajando —dijo la misma voz de antes—. La fiebre.
No hablaba con él, pero Dan no había visto a nadie más en aquella habitación llena de plantas.
La siguiente vez que consiguió abrir los ojos, volvió a verla.
No sobre él sino desde lejos, sentada junto a la pared opuesta, escondida detrás de un libro cuyo título no pudo distinguir.
Las letras se movían, las imágenes aún no estaban claras.
Intentó quedarse en la realidad, esa vez, pero el sueño tiraba con demasiada fuerza.
La joven bajó el libro y lo observó, sorprendida, como si hubiera estado esperando durante semanas a que él abriera los ojos.
Se apresuró a incorporarse y se acercó; cuando Dan vio la serpiente en su brazo, comprendió que no había sido una pesadilla.
La inquietud le mordió el estómago, pero no fue suficiente para arrebatarlo de las garras del sueño.
No vuelvas a dormirte , se dijo, ansioso, intentando pensar, intentando abrirse paso en medio de la niebla en la mente. No te atrevas a… Pero las palabras se le escaparon y las imágenes se oscurecieron otra vez.
El miedo no desapareció. Una parte de él se negó a dejar de percibir todo lo que lo rodeaba.
—¿Crees que despierte?
Continuó escuchando la voz, cada tanto, hablando sola. Sintió algo más en contacto con su cuerpo, con su mente. Sintió el vínculo, a la iguana que le pedía por favor que regresara a la realidad.
—¿Y tú cómo te llamas? Mi poder no funciona en animales, no tengas miedo.
Había una frialdad intrínseca en su voz, pero también una suavidad imprevista.
—Si te mueres después de todo lo que he hecho para salvarte, eres un idiota desagradecido. Abre los ojos.
De nuevo, la comida en sus labios, el agua, la mano que levantaba su cabeza despacio y luego volvía a apoyarla delicadamente. Dan siguió soñando con serpientes. Con manos que podían matar, venas oscurecidas por la magia, rostros resecos y sin vida. Y una mujer de negro, en la cima de la pirámide.
El dolor frío en la herida lo arrastró de nuevo a la realidad como una ola violenta.
Se quejó, tensó la mandíbula y abrió los ojos lentamente.
La mirada oscura sostuvo la suya un instante, como analizándolo, y luego volvió a bajar hasta su herida.
Presionó el paño y Dan se hizo hacia atrás por instinto, mientras su mente intentaba absorber la información que lo rodeaba tan rápido como fuera posible.
La iguana durmiendo a su lado, las plantas a su alrededor, la piedra oscura de las paredes, la manta sobre la que yacía…
—Quédate quieto —dijo la voz familiar que había escuchado tantas veces. Era ella. Por fin recordaba todo; la hija de la serpiente, la emboscada en el callejón, el cuchillo…
Rebuscó en su cinturón, en vano, y el movimiento hizo palpitar la herida. Una mano enguantada se apoyó en su hombro.
—Quieto —dijo, clavándole una mirada que Dan no pudo rehuir. Suspiró, enjuagó el paño en un cuenco y terminó de limpiarlo.
Era un corte largo y profundo que iba de un extremo de sus costillas hasta el otro. Parecía haber empezado a cicatrizarse, pero el más mínimo roce dolía como si lo apuñalaran de nuevo. Dejó de mirar, impresionado, y apretó los dientes para aguantarse, mientras la observaba trabajar.
Los ojos oscuros, el cabello liso y negro que había visto en sus pesadillas, el rostro un poco más inexpresivo.
¿Dónde estaba la serpiente? Estudió sus muñecas pálidas, buscando escamas por debajo de su ropa, pero no la encontró.
Se fijó en sus manos escondidas en gamuza, luego volvió a observarla con un semblante receloso y los músculos tensos.
—¿Son para no matarme por error? —preguntó, y su voz sonó más ronca de lo que había esperado. ¿Cuánto tiempo llevaba en ese sitio, inconsciente?
La joven dejó de limpiar la herida y, por un momento, no se movió; observó sus propios guantes con una expresión hueca. Luego se apartó de él y limpió el paño en el cuenco de agua rosa. Esbozó el fantasma de una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Son para no espantarte —dijo, sin mirarlo, mientras tomaba un rollo de vendas—. Los hijos de la serpiente no matamos por error.
Las palabras hicieron eco en su memoria y lo arrastraron al mercado.
«Los hijos de la serpiente nunca asesinamos sin querer».
Se acercó para vendarlo, lo tocó lo menos posible mientras pasaba las gazas alrededor de su torso desnudo.
Aun así, se sintió incómodo. Intentó no revolverse, intentó no pensar en que un mínimo contacto con su piel podía arrancarle la vida.
Se concentró en observar su rostro. La estudió, casi buscando alguna señal de que fuera a desprender colmillos y morderlo.
—¿Por qué me has salvado? —preguntó, con las cuerdas vocales aún torpes y roncas.
—Eso es lo que yo quiero saber. —Alzó una mirada fría y brillante, como de serpiente—. ¿Por qué me has salvado?
Dan desvió la mirada, incómodo, e intentó erguirse para disimular mientras ella terminaba de enlazar las vendas.
Su herida protestó y el dolor lo forzó a apretar los dientes; otra vez, la mano en el hombro que lo obligaba a tenderse y quedarse quieto.
Era una mano suave y cuidadosa. No parecía la mano de una asesina.
Se enderezó, alejándose un poco de él, y se sentó a esperar una respuesta.
Lo observaba con demasiada intensidad. El recelo oscurecía sus ojos, pero la curiosidad los encendía otra vez y el destello de la astucia brillaba en sus pupilas.
Su mirada era lo único que la delataba, lo único en ella que parecía peligroso: la mirada de una persona sin empatía que está acostumbrada a matar. Entonces, ¿por qué…?
—Pasaba por allí y vi la pelea —dijo, desviando los ojos, concentrándose en las plantas para disimular su mentira.
Aun así, pudo ver, de refilón, la sonrisa.