Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Renax.

(Tres meses después del golpe).

Sentía el movimiento, pero era incapaz de discernir en dónde estaba o hacia dónde se movía.

Algo suave le rozaba la piel, pero cada tanto unas extremidades más duras se metían por debajo del pelaje que la abrigaba para golpearle las costillas.

Huesos . ¿Los huesos de quién? Huesos que se movían bajo el pelo suave del tigre.

Tenía frío. No, no solo tenía frío, estaba helándose. Se aferró al pelaje con fuerza, intentó hundirse en él y le arrancó un gruñido a la criatura que la cargaba en su espalda. Dieva . ¿Dieva? ¿Quién era Dieva?

Tenía mucho frío. Se hundió un poco más, hundió el cuerpo y también la mente y… vio. Vio el atardecer a través de unos ojos extraños, corrió con cuatro patas que de pronto se volvieron torpes. Algo la expulsó de allí, con un gruñido, y el animal recuperó el control de su propio cuerpo.

Había visto algo más que el atardecer, pero no podía enfocar su mente en las imágenes. Había visto… casas. Había visto casas.

Alguien gritó, en algún lugar cerca. Un grito humano . Intentó despertarse, pero su mente estaba demasiado nublada y no conseguía acceder a su cuerpo. El sueño la arrastraba una y otra vez.

El animal se sacudió y Renax sintió el impacto del suelo.

Dolió más de lo normal, como si el frío le hubiera congelado la piel y el más mínimo golpe pudiera resquebrajarla.

¿Dónde estaba? Las imágenes iban y venían por su mente, pero ninguna de ellas salía de lo que veían sus ojos, porque no lograba abrirlos.

Había tigres, en su mente. Una familia de tigres blancos.

Había lluvia, viento, una tormenta. Había sangre, lobos, muertos, Ivax, la pirámide, la plaza, un tatuaje que…

Dieva se sentó a su lado y la rodeó con el cuerpo como si quisiera calentarla, ronroneando.

La joven podía sentir su miedo, su ansiedad, su preocupación, como si fueran la misma persona.

El sueño la arrastró otra vez, se alejó de allí y volvió a perderse en imágenes (tigres, sangre, lobos) hasta que escuchó los pasos.

Alguien se agachó a su lado a pesar del tigre que la acompañaba; Dieva lo permitió, cuidándola sin rechazar ayuda. Una mano le rozó la mejilla y, lentamente, la joven encontró sus propios ojos. Los entreabrió.

—Dios mío, eres un trozo de hielo.

Una anciana de piel oscura se había inclinado sobre ella y se recortaba en el cielo rojizo. Tenía una mirada experta y preocupada, como si no fueran desconocidas. Renax no encontró ni un rastro de recelo en esos ojos.

Parpadeó y tuvo que luchar para mantenerse despierta.

El tiempo, no obstante, se estiró y se deformó; cuando volvió a abrir sus ojos, había más rostros.

Más gente inclinada sobre ella. Una mujer de mediana edad, un hombre joven, un anciano, el hocico curioso de un perro y…

Las imágenes se perdieron otra vez, las reales, las que estaban alrededor de su cuerpo.

Volvió a perderse en la oscuridad, en los recuerdos y en las pesadillas.

—Cárgala a mi casa —dijo una voz.

—Viene de Tsavixia.

—Debe ser la hija del tigre que están buscando los lobos.

—¿No es peligroso esconderla?

—¿He dicho que la cargues a tu casa? No. Llévala a la mía, yo me haré cargo.

—Si alguien avisa a los hijos del lobo…

—En este pueblo, nadie la traicionará. Si la dejamos así, además, podría morirse.

Alguien la levantó en brazos.

—Está muy fría.

—¿Podemos ayudar?

—Si tienen…

Dejó de escucharlos. Dejó de comprender, más bien, porque continuaba escuchando pero las palabras se perdían mientras ella intentaba escapar de las pesadillas y se metía en un cuerpo de tigre.

Se vio a sí misma, inerte y pálida, empapada por la lluvia.

Vio a los nómades que se asomaban para observar.

Vio las casas pequeñas, de madera, amontonadas alrededor, formando un pueblo discreto a las afueras del bosque.

Lo había conseguido.

Había encontrado más gente.

Había logrado no morirse.

Dieva volvió a expulsarla y su mente se llenó con una neblina oscura, pero no hubo más imágenes ni sueños, no hubo pesadillas de muerte y sangre. Estaba a salvo.

Había escapado de los lobos.