Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Luodrin.

(Tres meses después del golpe).

Abrió la puerta y entró a la sala del Concejo sin mirar a nadie, mientras Wodin caminaba tras él.

Parecía su sombra. Las voces se apagaron enseguida, como una conversación a la que no lo habían invitado.

Los ignoró. Descorrió su silla con brusquedad, hizo que las patas chirriaran en su roce contra el suelo.

Había calculado todo. La manera de sentarse, la postura, la cadencia de su respiración. La manera de entrelazar las manos, de mirar los papeles como si fueran más importantes que los consejeros presentes. El gesto irrespetuoso con el que echó al secretario antes de que pudiera acercarse.

Esperó. Dejó que el silencio se extendiera, fingió que estaba solo, aguardó a que la incomodidad los desorientara.

El sonido de la tormenta se filtró y fue lo único que vibró entre esas paredes; el viento azotando todo, la lluvia cayendo con una furia que parecía humana, los truenos gritando en medio de la ciudad.

Luodrin aguardó, porque sabía que, esta vez, la ventaja era suya. Había pensado en todos los escenarios y preparado todas las respuestas. El primero en abrir la boca, invariablemente, sería su hermano.

—¿No deberías estar buscando a tu esposa…

…en lugar de jugar a liderar el Concejo? Había previsto esas palabras; había pasado días enteros sumido en sesiones imaginarias con personajes de su propia mente. Escondió una sonrisa de desdén y lo interrumpió con una mirada fría.

—Cierra el pico, Eufin —dijo. La sorpresa llenó la sala, los ojos verdes se suspendieron, inexpresivos.

Tenía que pararlo antes de que lo pisoteara otra vez, tenía que recuperar en pocos minutos la autoridad que había perdido; la forma más segura de hacerlo era enfrentar a su hermano—.

Si esta reunión es demasiado seria para ti, puedes ir a jugar afuera.

Eufin se había paralizado, porque Luodrin había sacado cartas distintas. Lo había detenido en seco, sin ironía, de forma tan violenta como solo podría haberlo hecho su padre. Viniendo de otra persona, era una declaración de guerra a la que no sabía cómo responder, a la que no podía responder.

Quien sí podía responder (y en ese momento se inclinaba adelante para hacerlo) era su tía; Luodrin apoyó un papel sobre la mesa y el golpe seco la descolocó. Ganó tiempo y lo aprovechó para acaparar la palabra; si nadie más llegaba a hablar, nadie podía desafiarlo.

—He revisado lo que pidieron la última vez —dijo, con un gesto hacia la lista que acababa de colocar sobre la mesa. Los miró a todos, uno por uno—. La proporción de cada casa en el Concejo.

—El Concejo no se puede agrandar… —dijo el hijo de la liebre. Luodrin había previsto eso también, la inquietud y el temor, el recelo en los ojos, el miedo de que les quitaran un puesto a los que ya tenían dos—. Históricamente siempre han sido…

—Doce miembros, más el presidente e invitados —interrumpió, asintiendo con la cabeza. Deslizó la lista por la mesa y la hizo circular—. Mientras yo dirija las sesiones, La Orden, los hijos del cóndor y los hijos del murciélago tendrán dos representantes. Los hijos del lobo solo presidiremos.

—¡No puedes hacer eso! —dijo Eufin, poniéndose en pie.

Luodrin ladeó una sonrisa y se negó a observarlo.

Eres extremadamente predecible . No necesitaba mirar para notar la rabia en sus ojos, casi asesina, un poco demente.

Ni las contradicciones que aparecían en su expresión mientras escuchaba las palabras mudas de su tía y, quizás, del resto de la manada.

Le estarían pidiendo calma. Le estarían diciendo que, si empezaba una pelea con su hermano en medio del Concejo, serían todos los hijos del lobo los que perderían autoridad.

—¿Dónde dice que no puedo, Eufin?

Las cartas estaban echadas y acababa de ganar la primera partida; su tía, su prima y su hermano aún podían desechar las cartas y voltear la mesa, pero no lo harían.

Luodrin había calculado que las posibilidades eran bajas.

La primera sesión, habían jugado sus inseguridades en su contra, lo habían tomado por sorpresa y habían anulado su poder. Pero ya no tenían armas.

Su tía asintió, con la mirada fría en la que escondía sus pensamientos. Se levantó, hizo una reverencia elegante a los demás y salió de la sala. Su hija disimuló peor el odio que sentía, pero imitó sus pasos sin hablar.

Luodrin alzó los ojos y miró a Eufin, mientras los consejeros se removían en silencio.

Nadie se quejó, nadie cuestionó la decisión que había tomado.

Era lo mejor de su jugada; se había deshecho de sus enemigos con un apoyo tibio y mudo, pero unánime, de los demás.

Había puesto los intereses de las otras casas en contra de su propia familia.

Le costaría caro. Pero se encargaría de las consecuencias por fuera de aquella habitación, lejos de las miradas de todas esas personas.

Eufin apretó los dientes, lo fulminó con la mirada por última vez y, al mismo tiempo, esbozó esa sonrisa demente que siempre le había puesto los pelos de punta. Una sonrisa que prometía vengarse. Luego se encogió de hombros, como si realmente no le importara estar allí, y salió.

—El primer punto del orden del día —dijo, antes de que la pausa pudiera dar pie a cualquier otro reclamo— son los hijos de la iguana.

Al principio, el silencio se extendió más tiempo del que había planeado. Los miembros del Concejo parecían perdidos, desorientados después de lo que acababa de pasar, incómodos. La ansiedad tensaba el aire. Los pensamientos olían a confusión y miedo.

—Ya los hemos dejado oponerse en paz durante meses —dijo un hijo de la tortuga, despacio, sin mucha seguridad—. Creo que es hora de que los borremos del mapa.

—Habían dicho que el heredero estaba de nuestro lado —señaló la hija del cóndor, con un tono que pertenecía más a la pregunta que a la afirmación.

—Sí, pero se escuchan rumores peligrosos.

—¿Qué rumores?

Por un momento, nadie respondió, como si ninguno de ellos creyera realmente en lo que había escuchado. Pero Luodrin sí.

—La herencia del hijo mayor está siendo cuestionada. Y la alternativa es… fiel a los hijos del tigre —dijo, sin dejar de observarlos—. Es una posibilidad para tener en cuenta.

—Entonces, con más razón, deberíamos arrancar el problema de raíz —dijo el hijo de la liebre.

—No será la primera vez que nos deshacemos de una casa entera.

—Justamente —dijo Luodrin, atajando la discusión antes de que las opiniones terminaran de formarse—. Hay quienes comenzarán a pensar que estamos asesinando demasiado.

—Que piensen lo que quieran.

—Si haces enfadar a muchas personas, en algún momento se darán cuenta de que, juntas, pueden cortarte el cuello —respondió.

—¡Por eso mismo! —dijo el hijo de la liebre. Cuando Luodrin clavó en él dos ojos helados, su seguridad comenzó a desinflarse—. Pienso que… hay que deshacernos de los problemas antes de que exploten.

En lo más profundo de sus entrañas, todo aquello le provocaba escalofríos; la facilidad con la que hablaban de matar gente, las miradas desagradables de aquellas personas que solo pensaban en poder y dinero.

¿Y en qué estás pensando tú? , se preguntó, intentando deshacerse de las dudas.

Eres como ellos. Eres un hijo del lobo .

Para ganar la aprobación de su padre, necesitaba actuar y pensar como su padre.

—Negociemos —propuso, enfocando la mirada en quienes, sabía, estarían de acuerdo con él.

—¿Qué tenemos para ofrecerles? Solo les importa su maldita lealtad —dijo la hija del águila.

—Exacto —dijo, con el fantasma de una sonrisa asomando a su rostro—. Eso es justo lo que tenemos para ofrecerles. Un hijo del tigre.

—Pero… dejar suelto al heredero de los tigres…

—No he dicho que lo soltaríamos. —Se encogió de hombros, se irguió en su silla y, por un momento, se imaginó que estaba en el cuerpo de su padre—. Pero aun así podemos usarlo para negociar.

—¿Y si no aceptan? ¿Si continúan oponiéndose?

Luodrin deshizo la sonrisa imperceptible y sus ojos se oscurecieron un poco más, se enfriaron hasta helar la sala.

—Entonces los encerramos en el templo y los veremos arder.