Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Renax.

(Tres meses después del golpe).

El ciervo pastaba con tranquilidad, solo, del otro lado del montículo. El viento movía el césped para él, el sol iluminaba sus cuernos.

Renax se agazapó un poco más, hambrienta, porque sus ganas de comer se habían amplificado.

Todo se había vuelto más fuerte; sus sentidos, sus deseos, sus emociones.

A veces, como en ese instante, olvidaba su cuerpo.

Imaginaba unas patas que no tenía, un pelaje que la protegía del frío y del calor, unos colmillos filosos.

Todo eso se movió entre los árboles, más allá del ciervo.

Concéntrate , se dijo. Tomó la daga, avisó que ya estaba lista.

La tigresa se agazapó sin un solo sonido y, como un destello blanco, fugaz, aparecido de la nada, saltó sobre su presa.

El ciervo bramó, se giró justo a tiempo, con los ojos desorbitados, y echó a correr en dirección contraria.

Subió al montículo y el sonido sordo de sus pasos se confundió con los latidos de la joven que aguardaba.

Ya era tarde cuando el animal la vio. Saltó sobre su cabeza para esquivarla, Renax se incorporó y le atravesó el pecho.

La fuerza del impulso la arrastró y la hizo rodar con el cadáver; rebotó en el suelo, hizo caso omiso del dolor y de la tierra seca que se pegaba al sudor de su piel. No soltó la daga en ningún momento. Cuando aterrizaron, la arrancó del pecho del animal y se salpicó con su sangre. Se sentó.

La tigresa se acercó despacio, cruzando las patas al andar, midiendo a la presa con los ojos. Observó a Renax, con un destello alegre en la mirada. Moría de hambre. Por alguna razón, siempre estaba hambrienta.

—La próxima vez, yo la espanto y tú haces el trabajo difícil —dijo, limpiándose la sangre del rostro—. Para algo tienes esos colmillos.

La tigresa bufó, se acercó al cadáver y presumió sus dientes antes de hincarlos y destrozar la piel del ciervo. La joven sintió el sabor metálico de la sangre en su propia boca, aun cuando no había probado bocado. Las vísceras, lejos de impresionarla, le dieron hambre.

La tigresa la observó de reojo, sin comprender por qué no comía.

Se preguntó, en su forma animal de procesar las cosas, por qué los humanos pensaban en sus padres tan seguido.

Gruñó para espantar la culpa que la alcanzaba a través del vínculo.

La culpa que Renax sentía incluso cuando solo respiraba. La incitó a que comiera.

Ya no había vuelta atrás. Nunca podría volver a ser la muchacha que había sido (nunca podría ser lo que su madre había querido que fuera). Pero lo que más la asustaba era que se sentía mejor así, cazando con un tigre, llenándose el rostro con sangre, que vistiendo vestidos incómodos todos los días.

El animal dejó de comer. Se sentó, con los bigotes manchados de rojo, e inclinó la cabeza. Renax esbozó una sonrisa triste y le abrió su memoria; las imágenes viajaron a través del vínculo. La mirada salvaje se perdió más allá de la realidad; en esos recuerdos que, ahora, pertenecían a las dos.

Le enseñó a sus padres, a su abuela y a su familia más lejana. Le mostró lo que podían hacer los hombres vinculados, la fuerza de sus poderes. Le mostró la sonrisa de Ivax y el vigor de su padre. Y luego le enseñó cómo debía ser una hija del tigre.

El animal la observó de arriba abajo.

—Si me vieran ahora…

Pero la tigresa volvió a ladear el rostro, sin comprender, porque a ella le parecía mucho mejor lo que tenía frente a sus ojos que la muchacha triste y cobarde que había en sus recuerdos.

Renax volvió a sonreír, mientras el animal buscaba más imágenes, con la curiosidad ansiosa de quien ha descubierto un mundo nuevo.

—Ese es Dan —dijo, siguiendo el viaje que hacían por su memoria—. Él sí está vivo. Bueno, eso creo.

El sol brillaba justo sobre su cabeza, los pájaros cantaban alrededor y el ciervo muerto desprendía un olor a carne cruda que se dispersaba por el bosque; sin embargo, ambas habían dejado de prestar atención a todo lo que estaba fuera de sus mentes.

Llevaban días haciendo eso, en realidad.

Intercambiando información, curioseando en sus memorias, tanteando el vínculo como si pudieran pedirle más, mucho más.

Las dos habían estado solas un tiempo demasiado largo.

Las dos habían vivido muertes. Tal vez, por eso se habían vinculado: porque se parecían.

—No, no es pareja. Amigo —murmuró, y su cuerpo se enfrió cuando pensó en el tatuaje que le recorría el brazo. Evadió ese tema y buscó imágenes en la mente del animal que le sirvieran de ejemplo—. Amigos.

Pero ella no pensaba en términos de amigos, sino en posiciones familiares y posibles parejas. Les costaría mucho más tiempo comprenderse. Hasta donde la joven sabía, los vínculos nunca terminaban de profundizarse. Siempre se podía compartir un poco más, conocer un poco más, comprender algo nuevo.

—¿Cuántas parejas tienen los tigres?

El animal le enseñó una manada entera y, si hubiera sido humana, se habría encogido de hombros. Le mostró el apareamiento, las crías, el mismo proceso repetido una y otra vez.

—¿Tú…?

No, nunca había tenido cachorros. La joven se sorprendió descubriendo que, aunque era enorme, apenas tenía dos años. Dos años, y parecía saber mucho más del entorno de lo que Renax había aprendido en veinte.

—¿Sabes qué más tenemos los humanos? —susurró, porque era más fácil comunicarse usando palabras que perderse en el hilo de conceptos y emociones que pasaban a través del vínculo—. Nombres. ¿Puedo ponerte un nombre?

La tigresa la observó, sin tener ni idea de lo que estaba hablando. La joven ignoró su confusión. Se acercó, le acarició el pelaje, estudió sus ojos azules. Algo hermoso pero feroz. Algo ágil, elegante y mortífero. Algo maravilloso.

—Dieva. Tormenta, en tsavience antiguo —susurró, y le enseñó imágenes del viento, de la lluvia, de unos rayos azules que podían partir el cielo—. Tu nombre.

Y Renax sintió que una ráfaga de poder se abría paso a través del vínculo.

Se sintió más fuerte que nunca, pero esa misma fuerza le robó el aire.

No había llamado a la magia, y sin embargo la magia la asaltó y llenó sus venas con un cosquilleo tan excitante como aterrador.

El poder de los hijos del tigre. No lo había esperado, no estaba lista para contenerlo y, aun así, ansiaba desatarlo y azotar el bosque con todas sus fuerzas.

—¿Qué hago con esto? —preguntó, en un murmullo. Sabía que no era una buena idea usar unos poderes que nadie le había enseñado a controlar. Pero tiraban de ella casi con hambre. Casi como… si la hubieran esperado toda una vida.

Dieva miró a su alrededor, con una confusión equivalente. Las nubes empezaron a formarse sobre sus cabezas, el bosque se oscureció. Las rayas negras en el pelaje del tigre comenzaron a resplandecer con una luz azul y extraña.

—No deberíamos estar haciendo esto, pero no sé cómo pararlo.

Recordaba la primera vez de Ivax. Su padre había tenido que golpearlo para que reaccionara, y solo entonces la tormenta se había detenido.

La joven se dio una bofetada a sí misma, pero lo único que consiguió fue arrancarle un rayo al cielo.

El estruendo vibró dentro de ellas. Ráfagas heladas comenzaron a soplar alrededor, envolviéndolas, sacudiendo el follaje, arrancando ramas y hojas.

El pelaje blanco se sacudía tanto como los rizos oscuros.

La luz del cielo oscilaba entre los árboles que se movían, la luz de la tigresa también.

El bosque se oscureció un poco más, las cosas se tiñeron de un color celeste.

Renax comenzó a asustarse, pero una parte de ella disfrutó del miedo. Una parte de ella ansiaba dejar de contener la tormenta que se le estaba escapando de las manos, desatarlo todo hasta quedarse vacía.

Poco a poco, se dejó llevar. Había contenido demasiado. Se había contenido a sí misma desde que tenía memoria. Y la tormenta era como un monstruo que estallaba, o tal vez ella era el monstruo que estallaba, que deseaba montarse en el viento y sacudirlo todo.

Se puso de pie, porque la energía que corría por su cuerpo era demasiado fuerte. Miró a Dieva, que le devolvió la mirada. Los ojos de ambas comenzaron a brillar mientras la voz del miedo seguía hablando, ahogada por el agua que detonaban las nubes.

Vamos a morir , pensó, y sintió deseos de reírse mientras la lluvia helada le pinchaba la piel.

En lugar de su risa, resonaron truenos en el bosque.

Cerró los ojos y sintió los árboles, como si estuviera dentro del viento, como si el viento fuera una mano extra que acariciaba las copas y les arrancaba las ramas con rabia comprimida.

Todas sus fuerzas se fueron con la tormenta, se convirtieron en la tormenta, y su cuerpo quedó casi vacío. Solo tenía sensaciones lejanas: el viento helado helando su piel, la luz azul que lo teñía todo, el cabello empapado azotando sus mejillas.

Ese era su cuerpo. Pero ella no era su cuerpo, ella era la tormenta.

Y pasó por encima del bosque, sintió todos sus árboles, luego sintió la resistencia firme de la ciudad.

La explosión suicida que la había asfixiado se convirtió en una ansiedad angustiante.

Se esforzó por llegar un poco más lejos, por abarcarlo todo, por absorber Tsavixia.

Su casa, el palacio, Dan, Ivax, los hijos del lobo…

Un rayo cayó sobre la pirámide, furioso, y el vendaval azotó con una lluvia densa. La tormenta gritó. Renax gritó, sintiendo que le arrancaban algo del pecho y lo rociaban sobre la ciudad como si la lluvia fuera su sangre y sus rayos, una maldición.

Quería volver. Quería estar allí debajo del viento, quería ver a su hermano, asegurarse de que Dan estuviera vivo y… asesinar a todos los hijos del lobo. Quería devorarlos como solo puede devorar una tormenta: a todos a la vez, con una ferocidad helada.

Las fuerzas terminaron de abandonar su cuerpo y el último destello de energía se volcó en un trueno roto.

La tormenta remitió, lentamente. La joven intentó encontrarse a sí misma, intentó recuperar su consciencia y se topó con un vacío oscuro.

Se precipitó en esa oscuridad. Ni siquiera tuvo tiempo para sentir miedo.

Se desplomó sobre algo suave y peludo.