Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

Alrededor, las miradas estaban incómodas y tensas. Lo odiaban, pero, en ese instante, sentían lástima por él y, probablemente, un poco de vergüenza. Algo de repulsión. El rechazo normal que produce todo lo patético.

—Zagh, por favor… —susurró y, por un momento, pensó que no podría hacerlo.

Las lágrimas habían regresado y bajó los ojos para esconderlas, para que no las vieran.

Pensó que no podía seguir rompiéndose, que ya había sido demasiado, pero aun así consiguió articular las palabras—. Te suplico que me… perdones.

La humillación le enfrió la sangre y congeló sus sentimientos, congeló todo excepto sus mejillas.

La vergüenza lo obligó a bajar más el mentón, como si así pudiera esconderse.

Ya ni siquiera lo hacía por el agua, sino para que lo dejaran en paz.

Para escuchar su propio estruendo cuando terminara de romperse.

—Mírame —dijo el entrenador. Cansado y sin fuerzas, Ivax alzó una mirada vacía hacia él y se encontró con un desprecio ardiente, todavía vivo, que le endureció el estómago—. Ahora di: “a todos los hijos del tigre nos gusta que nos den por el culo, y por eso mi padre se merecía lo que le pasó”.

La sangre en su cuerpo se convirtió en cristales. Bajó los ojos hacia el agua, con una angustia asfixiante, sabiendo que no podía decir esas palabras. Sin importar la sed que tuviera. Sin importar lo mucho que ya lo hubieran humillado.

Bajó más los ojos y dejó que el silencio llenara el campo, los cubriera a todos, detuviera las respiraciones a su alrededor. ¿Por qué no se había muerto durante el golpe? ¿Por qué no lo mataban? Todo aquello era tan cruel que parecía una larga y eterna pesadilla.

—Allá tú —dijo Zagh, girando la bota frente a sus ojos, derramando el agua en la tierra. El joven siguió el líquido con la mirada. Fue muy consciente de sus labios resecos, de las náuseas, de la debilidad que apenas lo dejaba mover los pulmones.

El entrenador tomó la lanza que esperaba por él, se incorporó y rodeó el mástil.

Cortó las cuerdas, con un movimiento brusco que le lastimó las manos, y lo empujó con una patada en el hombro.

Ivax cayó sobre la tierra, su rostro justo sobre el líquido que comenzaba a enterrarse.

Abrió la boca, sin pensar, y Zagh se rio.

Regresó con otra petaca y volcó la mitad sobre la tierra, mitad sobre su rostro.

El joven intentó incorporarse, pero le fallaron las fuerzas y solo pudo separarse unas pulgadas para beber del suelo. Su boca se llenó de barro. La risa de Zagh se expandió en su mente como una tortura.

—Vamos a ver si te gusta o no que te metan cosas en el culo —dijo, pisándole la espalda para arrojarlo al suelo.

Ivax apenas tuvo tiempo para procesar lo que había escuchado antes de que una mano le bajara el pantalón. La sombra de la lanza se cernió sobre él. El pánico lo dejó sin aire.

Juntó fuerzas que no tenía e intentó darse vuelta, pero el pie en su espalda pisó más fuerte. Era demasiado. No podía…

—No —dijo, con la sangre helada y el mundo girando a su alrededor. Vio algunos rostros, observándolo con muecas de disgusto. De horror. De lástima. Incluso el nuevo nómade parecía paralizado por el espanto—. Zagh, no. Suéltame.

—«A todos los hijos del tigre nos gusta que nos den por el culo y por eso mi padre se merecía lo que le pasó».

Lo estaba disfrutando. El sadismo en su voz era tan aterrador que ni siquiera Jedien dijo una palabra, no hizo más que observar con una mirada atónita lo que estaba sucediendo.

Si los ojos de los demás lo lastimaban y humillaban, aquella mirada, la tensión inmóvil del que había sido su amigo, comenzaron a desgarrarlo por dentro.

—¡Suéltame! —gritó, retorciéndose desesperadamente, luchando por no soltar las lágrimas.

—Te di una oportunidad —dijo—. Aprenderás a seguir órdenes.

—No, por favor…

Pero su voz se quebró en pedazos cuando sintió el frío de la lanza abriéndose paso y desgarrándolo. Gritó.

El metal destrozó su piel, el filo se enterró en su cuerpo, pero eso no fue nada en comparación con un dolor más hondo.

Algo se rompió adentro. En su mente. Las lágrimas se congelaron y su rostro se paralizó en una expresión de dolor y angustia.

Una parte importante de sí mismo se desgarró, en su pecho, como algo agrietado que termina de hacerse añicos.

Sintió que su pasado se desvanecía. El joven que había sido, el adolescente, el niño, todos ellos desaparecieron poco a poco hasta dejarlo roto y vacío por dentro.

La angustia comenzó a apagarse, todo comenzó a apagarse.

Solo quedó el dolor físico y una sensación de nada mientras Zagh retiraba el metal de su cuerpo.

Ivax se dejó caer completamente. Enterró el rostro en la tierra, débil, con la fuerza suficiente solo para respirar. Y respiraba por inercia, porque lo que más quería en ese momento era morirse.

Pero Zagh no había terminado con él.

—Eso fue solo para lubricarte —dijo, con odio.

Arrojó la lanza a un costado, se bajó los pantalones y lo violó, frente a todos los demás.