Capítulo 28 #2
Bajó el rostro para esquivar la luz del amanecer, pero el movimiento le provocó calambres en todo el cuerpo, como si sus músculos estuvieran atrofiándose.
El mundo se movió. Las náuseas estuvieron a punto de vencerlo.
Escuchó su respiración acelerada por encima de todos los demás sonidos, se aturdió con ella.
El tiempo se diluía entre los dolores y la sed, se volvía ambiguo e inaprensible; Ivax no podía pensar en nada, porque su mente estaba endurecida y seca.
Necesitaba agua. Necesitaba agua con tanta urgencia que habría bebido su propio pis.
La idea le revolvió el estómago y le dio arcadas.
El esfuerzo por contenerlas le provocó más calambres.
Aquello ya no le parecía una muerte fácil ni una tortura ligera; de todo lo que había sufrido, la sed que le quemaba las vías respiratorias en ese momento era casi lo peor. La habría cambiado por unas horas bajo las antorchas de Zagh.
¿Cuándo lo soltarían? ¿Y si el plan era no soltarlo nunca, cuánto tiempo tardaría la muerte en llevárselo de allí?
Mantuvo los ojos cerrados para escapar de la luz y permaneció a medio camino entre la consciencia y el sueño.
Los demás salían de la celda y comenzaban a entrenar.
Solo vio sombras, del otro lado de sus párpados.
Sombras que pasaban junto a él y lo ignoraban, sombras que emitían murmullos ininteligibles.
En algún momento, una de esas sombras se acercó y el sonido de los pasos lo arrastró hacia el mundo de la consciencia y de la luz. Frunció el ceño, porque el dolor de cabeza era insoportable, y abrió despacio los ojos. Solo vio una silueta borrosa, al principio; la silueta borrosa de un soldado.
Cuando la imagen se enfocó, rodeada por la luz difusa, Ivax tensó su ceño fruncido y su rostro. Pero no tenía con qué sostener una expresión de desprecio; estaba débil, amarrado y apestaba a orina. Bajó los ojos e ignoró la mirada fija de Jedien.
Se agachó para acercarse a él y le tendió una bota con agua. Ivax la observó de reojo y una mueca adolorida tensionó su expresión, mientras las contradicciones aumentaban el dolor de cabeza.
—Bebe —ordenó, acercando la bota a sus labios.
El joven apretó los dientes y dudó; un tiempo atrás, habría rechazado su ayuda.
Lo habría insultado y mirado con odio, habría preferido morir.
Pero cuando el pico húmedo del recipiente tocó sus labios, todo su cuerpo se revolvió de sed.
Se mordió el orgullo y, con humillación amarga, bebió desesperadamente.
No alcanzó a tragar por segunda vez antes de que le arrebataran la bota de los labios. Alguien le pateó el rostro. El recipiente se escapó de la mano que la sostenía y el agua se derramó.
—¿Qué mierda haces? —preguntó Zagh, con una sonrisa torcida que estaba llena de rabia.
Jedien se puso de pie y devolvió la mirada iracunda con una expresión fría, casi indiferente, que habría enardecido a cualquiera. Pero, quizás porque lo conocía, Ivax vio el destello detrás de la indiferencia. Vio furia.
—No puedes asesinar a los competidores porque se te da la gana —dijo, con una calma ficticia—. Pertenecen al gobierno.
—Podrás tener todo el poder del mundo afuera, porque eres un traidor que les chupa las medias a los lobos —masculló Zagh, y consiguió que el rostro de Jedien se tensara—.
Pero este es mi territorio. Controlo la vida y la muerte de estos infelices.
Yo doy las órdenes. Y mi orden fue clara: ni agua ni comida.
Si quieres mi puesto, muchacho, ve al palacio a pedírselo al jefe. Mientras, métete en tus cosas.
Jedien dio un paso adelante, la expresión contraída.
—Sabes por qué estoy aquí, Zagh.
—¡No lo mataré! —dijo, furioso, con un brillo demente en la mirada—. Puedes ir y decirle a los perros que te pagan que está vivo y seguirá estando vivo mucho, mucho tiempo.
Todos observaban la discusión. Todos los ojos estaban fijos en la furia tensa que flotaba entre Zagh y Jedien, excepto los del joven amarrado.
Ivax sentía que las lágrimas comenzaban a pincharle los ojos, pero sabía bien que era un muy mal momento para echarse a llorar.
Siempre era un mal momento, porque los hijos del tigre no lloran .
Pero ese era un momento terrible. No solo porque había muchos testigos, sino porque no podía perder más líquido en estupideces.
Quería agua. Agua o morirse, le daba igual; solo necesitaba que lo alejaran del sol, que le quitaran la sed, que las miradas dejaran de pincharlo. Necesitaba no sentirse un niño patético, impotente, que apestaba a orina.
Estás débil por la deshidratación. No te dejes llevar, se dijo, pero la voz de la lógica sonaba ahogada y confusa.
Jedien lo observó un instante, los ojos llenos de contradicciones, y suspiró: advirtió a Zagh con la mirada. Se giró para irse. Pero las palabras del entrenador lo detuvieron en seco.
—Pásame una lanza —dijo, hablando con uno de los soldados. Jedien volvió el rostro y frunció el ceño. Todos observaron, mientras Zagh se agachaba frente al hijo del tigre—. ¿Tienes sed?
Ivax le devolvió la mirada, luchando por enfocar su rostro y por acallar el zumbido. No tenía fuerzas para mantenerse firme. No tenía fuerzas para nada. Cuando el hombre desató una bota de agua de su cinturón, se inclinó inconscientemente hacia delante y le provocó una sonrisa cruel.
—Te daré un poco si te disculpas.
—Lo siento —dijo, sin pensar, con los ojos clavados en el cuero que parecía húmedo.
El joven que había sido jamás se habría dejado doblegar así. Su padre jamás se habría dejado doblegar así. Pero Ivax no era su padre y, quizás, nunca había sido tan fuerte como suponía.
—«Zagh, por favor, te suplico que me perdones» —dijo, y él se concentró en las cicatrices de su rostro para no marearse. Para que no lo superaran las náuseas.