Capítulo 28
Ivax.
(Tres meses después del golpe).
A pesar de la época del año, había sido una semana calurosa. Ivax se había acostumbrado al entrenamiento constante debajo del sol, pero se sentía cada vez más cansado. Todos los días se levantaba sin saber por qué y obedecía órdenes solo para que no lo golpearan.
Formaron una fila, los siete, como cada amanecer.
Esperaron las órdenes del entrenador, que pasaba a supervisar a todos los equipos.
Ellos entrenaban al final del campo. Tan lejos de la puerta que la salida parecía pequeña e irreal; el mundo exterior se sentía como una ilusión que nunca había existido.
Y el interior era completamente igual todos los días.
Levantarse, comer las migajas de carne disecada o pan dulce, entrenar hasta la caída del sol, ir a dormir amontonados.
Repetían el proceso una y otra vez, no solo porque no tenían alternativa, sino porque querían mejorar y ganar el campeonato. Sobrevivir.
Ivax no estaba tan seguro. Si sobrevivía ¿después qué? Su familia estaba muerta y, a veces, sentía que él también había muerto durante el golpe. O quizás cuando había visto la cabeza de su padre, o con las torturas, o un poco cada día durante los entrenamientos.
Zagh terminó con el segundo equipo y se acercó; lo escoltaban dos guardias.
Desde lejos, su herida provocaba la ilusión de una sonrisa.
Ivax intentó no mirarlo a los ojos y, como los demás, esperó sin moverse ni abrir la boca.
El entrenador se fijó en Ynva, primero. Le acarició la cintura al pasar y, esta vez, no le prestó más atención que esa.
Se detuvo frente al nómade nuevo, Yail, y alzó las cejas un instante, pero el joven ni siquiera dio muestras de haberse enterado.
Clavaba la mirada en el suelo con una indiferencia fría que a Zagh no le gustó.
Dudó un momento, pero, fueran cuales fueran las opciones que consideraba, decidió que meterse con él no era buena idea. Siguió su camino por la fila.
—¿Tú no creces? —preguntó con desdén al pasar junto al muchacho más pequeño—. Hoy no harás nada más que flexiones.
Ignoró a los demás y se detuvo frente a la joven que lo observaba como si pudiera quemarlo con los ojos. Ivax miró el suelo. Seguía él. Y, como cada mañana que decidía supervisarlos, sabía que Zagh dedicaría varios minutos para hacerle la vida imposible.
—Estás cada día más hermosa —le dijo.
El joven no vio lo que sucedía, pero sintió la tensión en el aire y juntó las piezas. Un tira y afloja, un combate de voluntades y poderes, de resistencia y abuso. Alguno de los dos cedió, Ivax supuso que ella, y Zagh continuó avanzando hacia él.
Como temía, se detuvo. Y el joven no pudo reprimir un impulso ansioso: subió los ojos, lo observó. Supo que se había equivocado cuando vio el destello sádico en su mirada.
—¿Qué miras? —preguntó, alzando las cejas—. ¿Estás esperando que te diga a ti también que estás hermosa?
Zagh se rio de su propio chiste y quizás, en otras circunstancias, los demás se harían reído con él. Si no lo hicieron, no fue porque no detestaran a Ivax lo suficiente, sino porque casi habían perdido la capacidad de reírse.
Acusó la burla y se limitó a bajar los ojos, sin responder.
—No me extrañaría —dijo, inclinando el rostro para buscar su mirada—. Los hijos del tigre se muestran fuertes y poderosos todo el tiempo, como si quisieran ocultar algo.
La amargura en su garganta comenzó a calentarse como si alguien hubiera encendido una llama débil, agónica, en su estómago. No, se dijo. Que no te provoque. No le respondas, no sirve de nada. Sin embargo, no pudo evitar alzar los ojos y clavarle una mirada fría. Zagh sonrió.
—¿No has escuchado los rumores? —dijo. Quería humillarlo, romperlo frente a todos, como si no estuviera ya bastante resquebrajado por dentro.
Cuando Ivax creía que no podía romperse más, las palabras prendieron fuego los pedazos—: Dicen que a tu padre le gustaba… ya sabes. Que a veces le dieran por el…
Un puñetazo voló hacia él y le cerró la boca.
El joven solo comprendió lo que había hecho cuando sintió el ardor familiar en los nudillos, pero tardó bastante más en arrepentirse.
Sacudió su mano para quitarse el dolor, mientras Zagh recuperaba el equilibrio y se sujetaba la mejilla.
Ya lo había insultado y humillado todo lo posible, había aplastado y roto tanto su orgullo como su dignidad hasta no dejar más que fragmentos del joven que había sido.
Sin embargo, había algo de lo que todavía se sentía orgulloso: su padre.
Su familia. Había cosas, como un insignificante insulto, que aún podían enfurecerlo y llevarlo a hacer una estupidez. Porque lo que había hecho…
¿Qué había hecho?
Cuando el entrenador recuperó su postura y, lentamente, volvió a mirarlo, Ivax sintió que su sangre se enfriaba como si su corazón se hubiera convertido en un trozo de hielo.
Se aferró a la furia que acababa de sentir para no sucumbir al temor, pero de todas formas la mirada de Zagh invadió su mente con imágenes.
La tortura, las cadenas, el fuego. Todavía le ardían las cicatrices en la piel y todavía escuchaba sus propios gritos.
Los demás observaron la escena con un asombro atónito.
Los dos soldados que escoltaban al entrenador, después de recuperarse de la sorpresa, avanzaron hacia él.
Ivax retrocedió, pero no pudo escaparse del golpe en la mandíbula ni de la patada que lo forzó a inclinarse.
Tampoco de los ojos asesinos que, en silencio, seguían posados sobre él.
¿Qué más da? , pensó, devolviendo la mirada. No puedo estar más muerto .
Sostuvo el mentón alzado mientras lo reducían, sin imaginarse lo equivocado que estaba.
—Átenlo al mástil. Sin agua y sin comida hasta que yo diga lo contrario —dijo Zagh, con la voz tan fría que ni siquiera parecía enojado—. Desearás que te mastiquen los dragones, imbécil.
Ivax dejó que lo arrastraran. A pesar de la ansiedad que le mordía el estómago, y más allá de lo caro que pudiera costarle, había sido satisfactorio.
Se aferró a eso mientras lo obligaban a pegar la espalda al mástil y amarraban sus muñecas con tanta fuerza como si quisieran cortarle la circulación.
Ellos también lo odiaban. El entrenador, los soldados, incluso sus compañeros… No tenía un solo amigo en ese infierno.
—Morirás de hambre por idiota —dijo uno de los guardias, con una mueca de desprecio, antes de girarse para volver a su posición. El segundo lo siguió, sin decir nada.
Ivax se quedó solo. Se dejó caer, deslizándose por el mástil, hasta sentarse en la base de piedra.
Observó el entrenamiento de su equipo, a la espera de que a Zagh se le ocurriera alguna forma más sádica de castigarlo.
Pero nadie se dirigió a él en todo el día.
El sol cruzó el cielo, el entrenamiento terminó y las estrellas vigilaron el campo vacío.
Dormitó de a ratos, incapaz de conciliar un sueño profundo con la ansiedad que le mordía el estómago.
Tuvo pesadillas. Soñó con el cadáver de su padre, soñó con Renax, soñó que lo mataban a puñaladas mientras dormía y vio, entre sus asesinos, a Jedien.
También estaban Zagh y el nómade nuevo. Y, desde la distancia, toda su familia lo observaba morir.
Despertó con el sonido de otro entrenamiento, los rayos tenues de un sol recién salido y una sed que comenzaba a rasgarle la garganta.
Y, además… Apretó las piernas y frunció el ceño.
Observó a los soldados que había alrededor, pero ninguno le devolvió la mirada.
Ninguno lo desataría. Suspiró e intentó tragarse sus ganas de orinar, pero fue difícil pensar en otra cosa.
A medida que el sol comenzó a calentarse y hacer presión sobre su cabeza, la sed también comenzó a tornarse insoportable.
Sintió que los vasos sanguíneos en su cerebro se secaban y le oprimían el cráneo como raíces marchitas.
El dolor de cabeza llegó acompañado por un zumbido.
Las fuerzas de su cuerpo comenzaron a abandonarlo.
Su visión también se volvió cada vez más borrosa.
¿Ese era el plan? ¿Dejarlo morir allí, agonizando por la sed y sentado en su propia mierda? ¿Zagh se había cansado de jugar y por fin había decidido matarlo?
En algún momento, mientras las fuerzas lo abandonaban, también perdió control de sus esfínteres.
El sonido del pis manchándole los pantalones se perdió bajo los murmullos del entrenamiento.
Cerró los ojos, avergonzado, asqueado de su situación y de sí mismo.
Rezó para que nadie lo viera, como si importara.
Como si no estuviera al borde de la muerte de todas formas.
Cada tanto, algunos de sus compañeros desviaban los ojos hacia él, apenas un instante, quizás con curiosidad o lástima.
Desde allí, no podía distinguir sus expresiones.
Juntó las rodillas con su pecho, por las dudas, para ocultar la mancha oscura en el pantalón, y contuvo una mueca de asco cuando el olor comenzó a envolverlo.
No podía vomitar. No podía perder más líquido.
En algún momento de la tarde, mantener las piernas flexionadas comenzó a costar una fuerza que no tenía.
Un cansancio que no era sueño, pero le resultaba parecido, lo obligó a cerrar los ojos.
Cuando los abrió, el cielo nocturno volvía a vigilar el campo.
¿Cuánto tiempo llevaba…? Las estrellas se mezclaron frente a él, la tierra se tambaleó y el zumbido volvió, insoportable.
Intentó dormir otra vez, pero el dolor de cabeza solo le permitió dormitar de a ratos.
De nuevo, las pesadillas. A pesar de no haber tomado agua, sintió el calor de su propia orina una vez más y agradeció la privacidad de las sombras.
Volvió a dormirse, volvió a soñar, volvió a despertarse una y otra vez hasta que el sol le apuñaló las retinas y el dolor de cabeza se tornó intolerable.