Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Vivssanya.

(Tres meses después del golpe).

La silueta brotó de las sombras. Vivssanya solo distinguió el eco de un cuerpo bajo la luz de una luna duplicada por los golpes. Los callejones se veían borrosos. Los movimientos eran difusos. El tiempo parecía fragmentado.

Los soldados dejaron de prestarle atención cuando el cuerpo sin vida del comandante cayó junto a ella.

—Atrápenlo —dijo una mujer, con la voz oscilando entre la rabia y el miedo.

Intentó incorporarse, pero el mundo comenzó a dar vueltas ni bien alzó el rostro para observar alrededor. Le dolía todo el cuerpo, el piso vibraba y en su mente solo cabían zumbidos.

Intentó concentrarse. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero, tan pronto como colocó las manos en el suelo para empujarse hacia arriba, el mundo giró más rápido.

Shin , llamó. Ahora . La serpiente se removió en su manga mientras los sonidos de pelea resonaban y se mezclaban con el sonido silbante que llenaba su mente.

Los colmillos en la piel le arrancaron un rictus de dolor, pero el veneno reemplazó su mueca por una expresión de alivio.

La mordida de una elapidae como Shin habría sido casi mortal (cuando menos, sedante) para cualquier otra persona: sus toxinas actuaban sobre el cerebro de una manera atroz.

Pero no en ella. Para Vivssanya, la mordida de su serpiente era como una droga que la ayudaba a mantenerse despierta.

Duplicaba su atención. Agudizaba sus sentidos.

Las cosas dejaron de moverse, el mundo dejó de zumbar. Apoyó las dos manos en la tierra e ignoró el dolor.

—Se está levantando —dijo alguien.

Buscó a tientas sus cuchillos mientras se ponía en pie, escrutó el cadáver que estaba desangrándose a su lado y no halló nada. Con las manos, entonces , se murmuró a sí misma.

Un grupo de soldados regresó hacia ella; Vivssanya retrocedió. Necesitaba tiempo para pensar, para recuperarse, para que la droga hiciera efecto. El veneno de Shin acababa de colarse en sus venas. Tardaría un par de minutos más en completar el viaje hasta su mente.

Buscó, con los ojos entornados, a la persona que acababa de salvarla. Solo vio sombras, una maraña de sombras que se movía con brusquedad. Su vista, aun borrosa, no consiguió aprehender un rostro.

Tampoco tuvo tiempo. Una mujer se abalanzó para golpearla y la joven se vio obligada a prestarle atención.

Dejó de retroceder, esquivó el ataque y envolvió la muñeca enemiga con los dedos, mientras se movía para esquivar otra vara de madera.

Sujetó un cuello anónimo y soltó a la mujer, que ya estaba muerta.

A él también lo secó en un instante; lo arrojó sobre los que se le echaban encima.

Recuérdame que les envíe mis saludos a los lobos , masculló por dentro. Shin estaba asustada, pero también furiosa. Quería saltar de su manga y envenenarlos a todos, apretar sus cuellos, morder sus carótidas y beberse la sangre que…

Para , protestó, me estás distrayendo. Quédate quieta y ya te avisaré si te necesito .

No quedaban tantas personas en pie y, para cuando ella terminó, casi no quedaba ninguna.

Sus ojos habían vuelto a enfocar las cosas, su cuerpo funcionaba, a pesar del dolor, y la lucidez había regresado a su mente.

Recogió una vara de madera y barrió la escena con los ojos, buscando.

Localizó un rostro sin máscara. De rodillas en el suelo, el joven se sujetaba las heridas como si pudiera retener la sangre.

Había una daga en la mano de su oponente. Se movía hacia él.

Vivssanya se acercó como se acercan las sombras.

Cuando el soldado alzó el cuchillo, ella balanceó la madera y descargó toda su rabia en ese golpe.

El sonido del cráneo rompiéndose resonó en el silencio de los muertos.

El último cadáver de la noche se desplomó de costado y le permitió ver, por fin (e involuntariamente), el rostro del muchacho.

Se sobresaltó, porque no había sido su intención y porque no estaba acostumbrada a mirar a los ojos a la gente.

Pero ya había visto ese rostro antes, en la calle del mercado.

El daño ya estaba hecho. Por eso, se permitió sostener la mirada que la envolvía como si se aferrara a ella para aferrarse a la realidad, como si la enfocara para no perderse a sí mismo.

Ninguno habló. El silencio era absoluto.

La luz de la luna, pálida, empalidecía los ojos azules; se reflejaba y brillaba en el velo húmedo, en la lámina de lágrimas que lo hacía parecer distante. Débil. A punto de desvanecerse.

Vivssanya bajó sus ojos hacia la sangre, justo cuando la mirada del joven perdía lucidez. Su cuerpo se desplomó. Un cadáver más, entre la multitud que cubría la tierra húmeda.

No, aún no . Lo observó respirar, casi no sintió las escamas deslizándose en su piel. Shin asomó la cabeza, curiosa, y se extendió en el aire hacia el cuerpo inerte.

La detuvo al vuelo, volvió a enredarla en su brazo y la observó. Se miraron a los ojos.

No. Ya no tiene sentido. Shin se removió y soltó un siseo mientras sacaba la lengua.

El vínculo entre ellas era tan fuerte que lo compartían casi todo.

La serpiente, sin embargo, tendía a sentir un poco más; más miedo, más rabia, más compasión.

Ha visto mi rostro. Pero, aunque no fuera peligroso dejarlo vivir, ya tiene los días contados. Yo también he visto el suyo.

La serpiente dejó de prestarle atención y se metió en su manga, molesta.

Nos ha salvado la vida , parecían susurrar sus siseos.

La joven lo observó, tensa e incómoda, luchando contra la responsabilidad que latía en su cuello, contra la incomprensión y la culpa.

No sabía por qué diablos había decidido ayudarla, pero tampoco quería saber.

No era su problema. No le debía nada, no quería acercarse a un loco o a un idiota: ¿a quién más podía parecerle buena idea salvarle la vida a una hija de la serpiente?

Además, no puede estar aquí por casualidad. Nos estaba siguiendo .

Shin siseó otra vez, subió más por su brazo, como un adolescente que se encierra en su habitación.

Pero la joven no discutía con el animal, sino consigo misma.

Con los pies que no querían girarse, con los ojos que no querían irse y con la curiosidad que no dejaba de preguntarle, una y otra vez, quién era ese hombre y por qué la había salvado.

Por encima de todo, discutía con la culpa. Porque una hija de la serpiente con culpa era una hija de la serpiente enloquecida o muerta.

Tensó el rostro, inhaló hondo y dio un paso atrás. Pero antes de que pudiera voltearse y alejarse, vio algo que se removía entre las sombras. Los ojos de un reptil reflejaron la luna. La cabeza de una iguana se asomó a la luz y la observó.

Le devolvió la mirada, abstraída en sus propios pensamientos, mientras una ráfaga fría arrastraba el olor a sangre y muerte hacia el norte. Un hijo de la iguana . La ansiedad y la esperanza se mezclaron hasta confundirse.

Se acercó otra vez, se agachó sobre la sangre, estiró una mano dubitativa. Quiso apartarle el cabello de los ojos, pero no se atrevió a tocar su piel directamente. Apretó su hombro, lo taladró con la mirada como si pudiera llamarlo.

—¿Es tu verdadero rostro? —preguntó, en un susurro.

Para su sorpresa, los ojos se entreabrieron y la miraron desde el borde de la muerte. Vivssanya no estaba segura de que realmente pudiera verla, o escucharla; de seguro, no podía responder. Estaba perdiendo mucha sangre.

Si no es su verdadero rostro, entonces…

Pero ¿qué importaba? Muriera o no, seguía sin ser su problema. Se desangrara o no, él había tomado la decisión estúpida de… Pero ¿por qué? ¿Por qué salvarle la vida a una hija de la serpiente? No lo comprendía.

No quería comprenderlo, no quería saber, quería irse antes de que sus pensamientos se enredaran más, pero… Si no quería saber, ¿por qué no dejaba de preguntárselo? ¿Por qué le molestaba tanto la idea de dejarlo allí, muriendo, e irse a dormir como en una noche cualquiera?

No era una persona compasiva, no salvaba gente, no tocaba gente, no los miraba a los ojos, porque mirarlos a los ojos significaba matarlos. ¿Para qué acercarse a lo que tarde o temprano moriría por su culpa? Era más fácil asesinar por dinero y no sentir compasión. Era más fácil dejarlo morir.

Pero sus ojos la enfocaron un instante, solo un instante, y Vivssanya volvió a sentir que se aferraban a ella. Había dolor. Había confusión en su mirada y comenzaba a nublarlos el velo de la muerte. Lo observó con una expresión torcida que, desde afuera, podría haber parecido producto del miedo.

La hija de la serpiente quería irse. Mientras él la miraba, sintió el impulso ansioso de salir corriendo.

Pero no lo hizo.

—Necesito que me ayudes. Mantente despierto —dijo, con un hilo de voz.

Se acercó y dudó antes de tocarlo. Su mano tembló. ¿Cuándo había tocado a alguien por última vez (a alguien a quien no intentaba asesinar)? Probablemente nunca.

Con un gesto tenso, pasó el brazo por debajo de sus hombros y luchó para ponerlo en pie.

Mientras el joven hacía un esfuerzo por seguirla y no desplomarse, Shin se deslizó hacia él como si pudiera ayudar.

Y Vivssanya reprimió la sensación helada que le mordía el estómago.

Ignoró la idea, la certeza, de que se estaba equivocando. Y lo condujo hacia su casa.