Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Dan observaba esa batalla absurda, de hito en hito, tan concentrado que apenas podía parpadear. No importaba realmente cuán rápido se moviera o qué tan impresionantes fueran sus poderes; ¿quién podría sobrevivir si la superaban treinta veces en número?

Parece que mi primera misión será mucho más fácil de lo que esperaba . Y, aunque eso significase no morir de una forma horrible, algo no se sentía bien.

Cuando el séptimo cadáver cayó al suelo sin que ella hubiera recibido un solo rasguño, Dan comenzó a dudar.

Pensó que tal vez se equivocaba y que sí había alguien, una sola persona en todo el mundo, que podía vencer a treinta.

Observó, impresionado, junto a la mirada atónita de su animal, cómo la joven continuaba esquivando los golpes, clavando dagas y disecando vidas con un contacto breve.

Tuvo tiempo para replantearse la estupidez que habría sido intentar tomarla por sorpresa.

Entonces, finalmente, un golpe la desestabilizó.

Mientras ella desclavaba su cuchillo de un cadáver, la vara de madera impactó en su sien con un sonido seco.

Dan tensó la mandíbula mientras la observaba retroceder, tambalearse.

Cuando otro bastón se alzó e interrumpió la luz de la luna desde su derecha, la joven escondió el brazo, en lugar de alzarlo para protegerse.

¿Qué…? La madera cayó sobre su cráneo y él sintió el impulso de no mirar, de apartar los ojos hacia otro lado para no ver muerte, no otra vez, y no de aquella forma que le recordaba tanto al asesinato de su padre. No obedeció a su impulso.

No seas ridículo. Ella es una de las responsables, es un animal entrenado para llevar la muerte a todo lo que toca.

Y, sin embargo, la escena era similar. Él, inmóvil y sin hacer nada, frente a una pelea injusta. Una trampa, sangre y cadáveres. Y una joven que, desde el suelo, se replegaba para proteger algo que le importaba más que su propia vida. La serpiente . Está protegiendo a su serpiente .

Una ronda de cuerpos la encerró y, antes de que pudiera incorporarse, los bastones largos comenzaron a apalearla con la rabia que les había dejado el miedo.

La golpeaban sin necesidad; podían apuntar dos veces al cráneo y, con la fuerza suficiente, matarla en pocos segundos.

Pero apuntaban para lastimar, primero, para hacerle pagar los cadáveres que había dejado alrededor, para hacerla sufrir antes del golpe definitivo.

Le hacían daño para disimular que le temían.

Contrajo su expresión mientras observaba aquello que ya no era una pelea, que probablemente no había sido una pelea desde el principio.

La hija de la serpiente, convertida en un bollo oscuro, extendió una mano pálida y se aferró a la primera pierna que encontró.

Un hombre soltó un alarido antes de desplomarse, pero otro ocupó su sitio enseguida y una vara de madera aterrizó sobre la mano de la joven, con saña.

—Muévanse —dijo el hombre que los comandaba, abriéndose paso para colocarse frente a ella.

Dan sintió cómo su iguana se removía en su hombro, nerviosa, no muy seguro de quién era el origen de las emociones que circulaban a través del vínculo.

No importaba de dónde partía la ansiedad que le enfriaba los huesos, ni cuál era el principio de la amargura que le quemaba la garganta.

Los dos, en ese punto, sentían lo mismo.

Tanto él como su iguana querían dejar de mirar y, sin embargo, ninguno podía apartar los ojos.

La hija de la serpiente intentó arrastrarse hacia atrás, apoyándose en la mano que probablemente estaba rota por el golpe, protegiendo su otro brazo contra el pecho.

Dan no podía ver su rostro, pero sus movimientos no parecían ser los de una persona que está a punto de morir.

Eran los movimientos de una persona cansada que, con sus últimas fuerzas, intentaba resguardar algo más.

Otra vez, el joven recordó a su padre. Otra vez, una ansiedad fría le mordió los huesos.

La vara de madera volvió a proyectar una sombra larga sobre la hija de la serpiente.

Ella dejó de retroceder, como si comprendiera que ya se había acabado. Que aquella era la última sombra, el último golpe, y que no podía hacer nada para evitarlo a tiempo.

El hombre alzó el bastón un poco más, con las dos manos, y la luna profundizó luces y sombras en su expresión de odio. El brillo pálido en la madera hizo que el canto de la vara, por un instante, semejara un filo de metal. Un filo que anticipaba sangre. Que reflejaba muerte.

Algo pasó volando hacia él antes de que pudiera dar el último golpe.

Como un insecto largo, brillante y tan rápido que nadie vio más que un destello.

El hombre se sacudió ligeramente, como si reaccionara a un pinchazo fugaz.

Las manos que sujetaban la madera bajaron un poco, sorprendidas.

Sus ojos se abrieron tanto como su boca y todos, a la vez, miraron lo mismo. El cuchillo que sobresalía de su pecho.

Todos excepto Dan, que miraba su propia mano vacía.

¿Qué acababa de hacer?