Capítulo 26 #2
Su mirada se clavó en él involuntariamente y la sorpresa, poco a poco, hizo brillar la oscuridad de sus ojos.
Había visto un rostro que no quería ver.
Algo más flotó en su expresión, como un fantasma fugaz, antes de que sus manos recuperaran la capucha y su mirada volviera a clavarse en el suelo. ¿Culpa?
Se envolvió en su capa negra y pasó a su lado para alejarse de prisa. Todos los ojos se concentraron en el cadáver, que parecía mirar la pared con un horror eterno.
Dan se mantuvo allí, congelado, mirando primero la capa que ondeaba con el viento y luego los ojos sin vida. Las patas en su hombro lo arañaron. Observó a su iguana. El animal lo incitó a que la siguiera.
No has terminado la misión , parecían decir sus ojos.
El joven frunció el ceño y apretó los dientes: su animal estaba tranquilo.
Su única inquietud, aun después de lo que habían visto ambos, era perderla.
Le habrías caído bien a mi padre , pensó, antes de girarse otra vez hacia la hija de la serpiente.
Soltó un suspiro. Intentó borrar el cadáver de su mente y caminó tras ella con menos seguridad.
La luz del sol había desaparecido por completo.
Solo quedaba un dejo violáceo en un cielo que intentaba volverse azul.
La joven tomó, otra vez, los callejones más oscuros hacia el río y hacia la muralla, otra vez a ese barrio laberíntico que olía a estiércol, otra vez a encerrarse dentro de su cueva.
Y sin comida, porque su cena acababa de frustrarse.
No debería llegar viva a su cena . Otra vez, no supo si la voz era suya o de su iguana pero, fuera de quien fuese, tenía razón.
Aún no había fallado. Lo habían interrumpido, nada más; el cuchillo caminaba con él por debajo de su gabardina y la joven se internaba más y más en la soledad y las sombras.
Lo único que los acompañaba era la luna.
Sería difícil tomarla desprevenida con ese silencio, sin embargo. ¿Algún plan? , le preguntó a la iguana, mientras la seguían desde una distancia prudente y, quizás, excesiva. Pero los ojos del cadáver todavía titilaban en él; le recordaban la mirada de su padre. Del cadáver de su padre.
La iguana no respondió, ni con movimientos ni a través del vínculo. La serenidad que transmitía a veces era útil y, a veces, irritante. Su silencio era lo mismo que decir «solo ve y mátala».
Llevó una mano a su espalda, desenfundó despacio y el brillo de la luna chocó con el metal y atravesó las sombras.
A varios pies de distancia, la hija de la serpiente ralentizó sus pasos.
Dan se metió en un callejón justo en el instante en que ella se giraba para ver la calle vacía.
Los dos se mantuvieron inmóviles, el hijo de la iguana pegado a una pared musgosa y fría, la hija de la serpiente escrutando cada rincón de la penumbra. Ambos dejaron de respirar.
Y, entonces, escucharon los pasos.
Muchos pasos acercándose desde distintos callejones, sin sigilo, sin precaución como si no les interesara tomar a nadie por sorpresa.
Dan frunció el ceño y analizó todas las posibilidades.
En aquel rincón perdido de la ciudad, parecía poco probable que tantas personas caminaran hacia el mismo sitio, al mismo tiempo, de noche.
Tampoco parecía factible que lo buscaran a él.
Aunque los hijos de la iguana eran enemigos declarados del gobierno, los lobos aún no se habían atrevido a meterse con una de las casas más fuertes y numerosas de Tsavixia.
Pero ¿quién la buscaría a ella? ¿Quién querría matarla, aparte de la oposición que lo había enviado a él?
Dan se asomó para observar, manteniéndose en las sombras.
La hija de la serpiente se armó con dos cuchillos, uno en cada mano, antes de que los cuerpos brotaran desde todas las esquinas.
Tuvo la idea absurda de que parecían soldados.
Pero los soldados usaban espadas en lugar de varas de madera, vestían uniformes en lugar de chaquetas oscuras y, sobre todo, no asesinaban a los aliados del gobierno.
Ni usaban máscaras. Aquellas personas estaban preparadas para emboscar a una hija de la serpiente.
—¿Otra vez? —dijo, con cansancio irritado, girando sobre sí misma para observar alrededor.
Dan miró a su iguana, como si el animal pudiera explicarle qué estaba sucediendo. El vínculo le transmitió una incomprensión igual a la suya.
Un hombre enmascarado dio un paso hacia ella y se separó de los demás. En total, eran más de treinta personas. Treinta personas para luchar contra una.
—Si accede a venir con nosotros, no le haremos daño.
Algo se removió bajo la manga de la joven, como trepando por su cuerpo. Cuando alzó el rostro, la luna iluminó una sonrisa irónica y ladeada. Venenosa.
—Ya tengo planes para esta noche, pero muchas gracias por la oferta.
—El jefe de Tsavixia quiere hablar con usted. Tenemos órdenes de…
—Tienen órdenes de matarme —dijo, y sus brazos se separaron ligeramente cuando se encogió de hombros; las dagas brillaron a la luz de la luna—. Tendrán que intentarlo de frente y sin mentiras.
Las dagas no fueron las únicas en brillar: sus ojos también reflejaron la luna. Parecía, a simple vista, un animal entusiasmado por el olor de la muerte.
Pero Dan creyó ver algo más detrás de su expresión oscura, más allá de su pose llena de confianza. Había una tensión imperceptible en sus piernas y un destello nervioso atrás de su seguridad.
No parecía temerle a la muerte. ¿A qué, entonces?
Por unos segundos, el silencio se extendió entre todos, el aire se volvió sofocante y, en las sombras, comenzó a presentirse la muerte.
El hombre que había hablado y comandaba a los demás hizo un gesto.
Los círculos se cerraron, cada cuerpo coordinado con los otros como si hubieran entrenado toda la vida para emboscar a una persona.
Treinta contra una. Dan tensó el ceño cuando los vio atacar.
Las varas de madera buscaron el cuerpo que se había convertido en una sombra y se movía a la velocidad intangible a la que se mueve la luz.
La capa negra se coló a través de los bastones y las dagas se movieron para desgarrar dos cuellos en el mismo instante.
La sangre manó, en lugar de gritos se escucharon borbotones y los cadáveres se desplomaron enseguida.
Ella rompió la formación y, mientras clavaba su cuchillo en el corazón de un hombre, sujetó la mano de una mujer que intentaba golpearla.
La enmascarada luchó por zafarse y dar un paso atrás, pero esta vez la hija de la serpiente no se detuvo a torturar a su víctima: el cuerpo se vació de vida tan rápido como si alguien hubiera pausado su corazón y congelado la sangre en sus venas. Se desplomó en el suelo.