Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Dan.

(Tres meses después del golpe).

Cuando la hija de la serpiente salió de su casa, por fin, el sol había comenzado a ponerse.

Dan llevaba horas observando aquel edificio siniestro, cuadrado y sin ventanas como si a la persona que lo había construido solo le importara tener un techo sobre su cabeza.

Era una casa horrible, pero no destacaba demasiado en medio de las demás; todo el barrio, con sus calles de tierra que olían a estiércol, estaba hecho para encubrir y disimular las cosas siniestras del mundo.

La joven salió sin su máscara, pero con una capa que escondía sus ojos, y arrastró su oscuridad por encima del fango.

Dan miró a la iguana que se posaba sobre sus hombros, la iguana lo miró a él y se comunicaron sin hablarse.

El joven se transformó en otro antes de seguir los pasos marcados en la tierra húmeda.

Había llegado la hora. Había investigado sobre los hijos de la serpiente, la había seguido durante cuatro días y no se le había ocurrido ni una idea.

No había plan brillante, ninguna trampa factible, nada que pudiera hacer más que cruzarse en su camino y clavarle una daga en el corazón.

Luego podía convertirse en alguien más y escabullirse.

Se sentía extrañamente seguro. Mientras no la tocara ni le dejara ver su verdadero rostro…

Puedo hacerlo , se dijo, mientras la seguía rumbo al norte.

La iguana le transmitió serenidad, pero también una inquietud precavida que parecía decir: «ten cuidado».

Sus patas se adherían a su abrigo con tanta fuerza que, a veces, le dejaban marcas en la piel, pero se había acostumbrado tanto a tenerla a su lado que no le importaba.

No era fácil seguir a la hija de la serpiente, más cuando la luz del sol comenzaba a extinguirse y ella empezaba a mezclarse con las sombras.

No sería fácil interceptarla, tampoco. Caminaba lo más lejos posible de la gente y se esforzaba por no levantar los ojos del suelo, como si fuera su vida la que dependiera de no mirar a nadie.

Dan llevó una mano a su espalda, la metió por debajo del abrigo y tanteó el mango del puñal, mientras las calles se volvían más y más pobladas a pesar de la hora. Las tiendas del mercado comenzaban a plegarse, los vendedores ofertaban sus últimos productos antes de cerrar.

Cuando ella comenzó a dar pasos más lentos, el joven se detuvo para guardar distancia, con la mano todavía debajo de su abrigo. Cuando se distraiga… Le hablaba un poco a su iguana, un poco a sí mismo, un poco a su padre. Puedo hacerlo.

No sentía miedo ni compasión. No le importaba morir y no podía sentir compasión por una persona que dedicaba su vida a asesinar a otros. Esta vez, no defraudaría a nadie. No se defraudaría a sí mismo. Se aferró al puñal como si así pudiera aferrarse a sus pensamientos.

La hija de la serpiente se detuvo, por fin, frente a una tienda de pescado. Pidió algo, sin mirar a la vendedora, y Dan avanzó, despacio, esquivando todos los cuerpos que se interponían entre él y la capa negra.

Una ráfaga brusca y helada detuvo la actividad en el mercado; la gente dejó de caminar y levantó los brazos para protegerse del aire frío que hería los ojos. El joven los imitó para pasar inadvertido, pero no dejó de caminar hasta que un alarido de terror se sumó al viento y los congeló a todos.

Se quedó inmóvil, sobresaltado, con una mano dubitativa en el puñal. La vendedora soltó el pescado y lo dejó caer al suelo, retrocedió con torpeza y estuvo a punto de tropezarse con sus propios pies. No retiraba los ojos de la manga negra, donde la serpiente volvía a esconder la cabeza de prisa.

Dan se mantuvo en su sitio, viendo cómo su plan se caía a pedazos porque todas las miradas, de pronto, estaban fijas en la persona a la que él debía matar.

—Eres una hija de la serpiente —dijo la mujer de mediana edad y, por un instante, todo fue silencio.

La joven se escondió más en su capucha. La gente que estaba allí para comprar lo último de la mercadería se escabulló. Y el viento arrastró los murmullos: «hija de la serpiente». Los vendedores se cubrieron el rostro y el viento, además de los murmullos asustados, también arrastró sus maldiciones.

Dan se quedó solo, a pocos pasos de distancia, rodeado por la penumbra violácea del atardecer. Retrocedió, todavía desorientado. Se acercó más a las sombras, mientras la vendedora volvía a tropezarse con sus propios pies.

—¿Me has…?

—No te he mirado a los ojos —interrumpió la hija de la serpiente. Su voz fue apenas un susurro, casi un siseo. Su cuerpo estaba tenso, como si también quisiera dar un paso atrás, fundirse en las sombras, desaparecer lejos de la atención que se había posado sobre ella—. ¿Me das lo que compré?

El aire a su alrededor se había vuelto denso y hostil. Las miradas estaban llenas de miedo, pero también de rabia. Esa rabia particular que solo puede brotar del miedo.

—Sí…, toma lo que quieras y vete —dijo, con un gesto, mientras se cubría el rostro con la mano.

La joven dudó, frente a los pescados que colgaban de una vara con anzuelos. Tenía que alzar los ojos si quería coger uno. Soltó un suspiro, avanzó un paso y su capucha se movió ligeramente hacia atrás cuando levantó la mano a tientas.

Entonces un tomate impactó contra su rostro. La escena se detuvo como si alguien hubiera pausado el tiempo y el espacio. Dan se olvidó de su misión, de su cuchillo, y observó al vendedor que había arrojado la fruta.

—No puedes andar por la calle como si fueras una persona normal —le gritó, desde su puesto de verduras, a varios pasos de distancia. Era un hombre enfadado y con bigote—. Vete. Antes de que mates a alguien sin querer.

La joven se limpió la mejilla, despacio, para quitarse los restos de tomate que chorreaban por su piel como sangre licuada y transparente. Respiró hondo y, por primera vez, levantó el mentón. Dejó que la luz tocara sus rasgos.

Dan solo atisbó la palidez de su nariz y un trozo de mejilla que pronto se perdió en la capucha. Lo que vio el hombre, no obstante, lo obligó a dar un paso atrás. Su enfado comenzó a diluirse en el miedo, como envenenado por los ojos que se clavaban en él.

Ella recogió el tomate del suelo, sin prisa.

—Los hijos de la serpiente nunca asesinamos sin querer —dijo, mientras volvía a erguirse, retiraba un cuchillo de su cinturón y lo clavaba en el centro de la fruta destrozada. Su voz parecía un siseo venenoso.

El hombre dio un paso atrás en el momento exacto en que el tomate regresaba hacia su rostro. Gritó, chocó con la pared que estaba a sus espaldas, y el filo del cuchillo rozó su sien antes de clavarse en la piedra.

Aterrado, el vendedor no hizo más que sostener la mirada de la joven. Como si sus ojos fueran dos cuchillos más que se aferraban a él. Nadie dijo nada. Por varios segundos, lo único que se movió fue el viento y la capa negra en la que oscilaban las sombras.

Nunca dejes que un hijo de la serpiente vea tu rostro .

Ese era el dicho popular. Si un hijo de la serpiente ve tu rostro, estás muerto .

No era solo un rumor, no era mentira; todos los poderes tenían precio y el precio, para ellos, era muerte.

La muerte de alguien más, de alguien conocido, de…

cualquier persona cuyo rostro recordaran, aunque la hubieran visto solo una vez.

Tenían el poder de matar con el contacto a costa de matar también con la mirada.

Ese hombre estaba muerto. Y, cuando ella se giró para marcharse, hizo lo que cualquiera habría intentado hacer en su situación: cogió el cuchillo, lo arrancó del tomate y corrió tan de prisa que la gente apenas tuvo tiempo de gritar.

La hija de la serpiente se volteó y lo desarmó con un movimiento breve. Lo sujetó de la garganta. Todo sucedió en un segundo y entre las sombras del atardecer. El hombre comenzó a patalear para que lo soltara, pero la joven apretó con más fuerza; una sonrisa amarga brilló en la penumbra.

—Parece que tienes prisa por morir.

El rostro del vendedor comenzó a ponerse blanco, sus ojos empezaron a desorbitarse y algo más fuerte que el horror convirtió sus expresiones en un cuadro de sombras. Volvió a patalear, arañó la mano que lo sujetaba.

—No… Por favor… —consiguió decir, pero su voz se quebró como si sus cuerdas vocales fueran de cristal y alguien las hubiera partido en pedazos.

Sus venas se agrandaron, se oscurecieron hasta pintar todo su rostro. Como si debajo de la piel le hubieran crecido raíces, como si esas raíces lo estuvieran envenenando. Un hilillo de sangre brotó de su boca abierta. Las ramas negras también comenzaron a marcar sus ojos.

Alguien chilló, desde los puestos del mercado. Alguien echó a correr, mientras Dan retrocedía. Había leído y escuchado sobre los hijos de la serpiente, pero nunca los había visto matar. No con el solo tacto de sus dedos, no tan de cerca, no así de rápido.

Pronto, la piel blanca del hombre se volvió gris, sus ojos dejaron de enfocar y su cuerpo detuvo el pataleo inútil.

Su cadáver colgó, por unos segundos, del brazo que lo sostenía y, cuando ella lo soltó, se desplomó en el suelo con un sonido sordo.

Como un saco de huesos, como un cuerpo cuya sangre se hubiera convertido en cenizas.

Con un escalofrío en la médula espinal, Dan se mantuvo inmóvil mientras ella se giraba para continuar con su camino.

El viento la atacó, como si intentara vengarse, y le arrancó la capucha del rostro.

Quedaron frente a frente. Se encontró, por primera vez, con sus ojos, tan oscuros como el carbón, impasibles como si no acabara de matar a una persona.

No era como Dan la había imaginado. No se veía como un monstruo; no la delataba ni su cabello largo y liso, ni la palidez absoluta de su piel, ni la suavidad de sus rasgos. Su mirada, no obstante…