Capítulo 25
Renax.
(Tres meses después del golpe).
Terminó de despellejar el conejo y se llevó la carne ensangrentada a la boca.
Arrojó la piel a un costado, se recostó en el árbol frondoso que le daba sombra y se rascó la mano derecha contra las raíces.
Se había acostumbrado al escozor impredecible del tatuaje.
Cada tanto, sin razón aparente, dolía; a veces era solo un ardor ligero y, a veces, sentía que le desgarraban la piel allí donde la maldita marca recorría su brazo.
Alzó el rostro hacia las ramas que filtraban la luz del sol y comió en silencio. Estaba un poco cansada del silencio. No recordaba cuándo había sido la última vez que había hablado con alguien, la última vez que había abierto la boca para soltar algo más que un murmullo dedicado a sí misma.
Era difícil no pensar en medio de tanto silencio.
Las luces y sombras, el susurro de las ráfagas, el canto de las aves…
nada de eso era suficiente como para mantenerla distraída tanto tiempo.
La soledad continuaba arrastrándola a recuerdos a los que no quería viajar.
Recuerdos aleatorios que no tenían relación alguna con su presente, ni con su futuro, porque eran recuerdos de su familia.
No le gustaba perderse en su memoria, porque sentía que su vida se distorsionaba.
La desaprobación de sus padres, las normas de su casa, la envidia hacia su hermano…
todo aquello parecía la vida de una Renax diferente.
De esa muchacha, solo quedaba el murmullo latente del miedo y, cada tanto, un vacío doloroso.
Extrañaba a su familia. Extrañaba los sermones de su madre, la mirada desdeñosa de su abuela, la torpeza de su padre cuando intentaba ser un padre, e incluso la felicidad arrogante e ingenua de su hermano mayor.
Pero la muchacha que había vivido con ellos, la que había intentado gustarles con desesperación, comenzaba a desaparecer; ¿cómo retenerla con aquel vestido sucio que se había convertido en harapos, con aquella vida solitaria y salvaje en medio del bosque?
Necesitaba gente. Necesitaba regresar a la civilización antes de volverse loca, antes de acostumbrarse demasiado a aquella soledad. Porque se estaba acostumbrando. Y quizás, en poco tiempo, comenzara a gustarle.
Terminó de comer, se limpió las manos en el vestido y se incorporó.
¿Qué habría dicho su madre si hubiera visto ese vestido?
Parece que nunca me convertiré en lo que querías que fuera, mamá.
Ya había comenzado a darse por vencida, pero, a veces, la culpa le pinchaba las entrañas.
Ojalá hubiera podido ser, por un rato, la hija que querían. Al menos una vez.
Ya no importaba. Nada importaba, más allá de comer, dormir y continuar huyendo de la muerte que debía pisarle los talones. Porque los hijos del lobo no dejarían de buscarla. Y ella no dejaría que la encontraran jamás.
Recordó los ojos de aquel hombre siguiéndola desde el balcón, reflejando la luna; frunció el ceño y, como si estuviera respondiéndole, el tatuaje ardió un poco más.
Sacudió la cabeza para espantarlo de su mente y miró el sol para guiarse.
Llevaba meses caminando hacia el este, internándose más en el bosque, esperando señales de alguna otra ciudad, de un pueblo, de personas, sin importar cuántas fueran.
Ya estaba cansada. El sol comenzaba a molestar, el agua no era suficiente y no había una sola nube en el cielo. Suspiró y retomó su camino, o al menos dio un paso, antes de detenerse en seco.
Había dejado de entrar en pánico cada vez que algo se movía entre los arbustos. Pero tampoco se había relajado lo suficiente como para que su corazón no se acelerara. Sus sentidos se agudizaron en un instante. Volvió a escuchar los pasos que se acercaban a ella.
¿La habían encontrado? No. No eran pasos de personas.
No era una manada, tampoco, ni un pequeño mono intentando robarle su comida.
¿Qué…? Retrocedió, mirando en dirección a las ramas que comenzaban a moverse, y tensó su rostro en una expresión que no habría reconocido en un espejo.
Tomó la daga del cinturón que había improvisado y la blandió con firmeza.
Por un segundo, no se movió nada más, y enseguida una ráfaga de viento confundió los sonidos. Su cabello osciló alrededor de sus mejillas, como si fuera parte del bosque, follaje, un montón de ramas.
Entonces el animal dio un paso hacia el sol y se desprendió de los arbustos.
El pelaje blanco asomándose entre hojas verdes. El hocico corto, los bigotes, la nariz. Los colmillos que goteaban saliva.
Renax retrocedió e inclinó su cuchillo un poco más, casi gruñendo, antes de darse cuenta de dos cosas. Que tenía frente a ella al animal más grande que había visto en su vida. Y que era un tigre.
La bestia sí gruñó mientras se acercaba, y la joven cambió su expresión amenazante por un semblante confundido, atónito.
Asustado. No podía matar a un tigre. No podía matarlo aunque quisiera, en primer lugar, porque era enorme y su daga solo serviría para hacerle cosquillas en la garganta.
Pero, además, no podía matarlo porque había un límite para la cantidad de herejías que era capaz de cometer.
—Vete —dijo, sosteniendo el cuchillo con una mano que temblaba.
Siempre había temido a los tigres, aun si había convivido con ellos toda la vida. Porque eran grandes, porque podían arrancarle la garganta de un mordisco, porque no sabía leer sus ojos enormes.
Aquellos ojos eran particularmente enormes, azules, y la observaban con una intensidad que detuvo su respiración.
Solo había visto tigres blancos un par de veces en su vida.
Solo se había acercado a uno de ellos una vez.
Su bisabuelo, gobernante de Tsavixia cuando Renax aún no había cambiado los dientes, estaba vinculado a una bestia blanca aterradora.
La que tenía delante era similar. Pelaje impecable, rayas negras, ojos claros; parecía una tormenta encerrada en un cuerpo peludo. Las nubes, las ráfagas, los relámpagos en su mirada penetrante.
Y ella estaba a punto de ser devorada por esa tormenta.
—No te acerques a mí —dijo, con un hilo de voz. Bajó el arma, sin saber qué hacer, y retrocedió cuando el animal continuó avanzando. Gruñía y enseñaba sus colmillos, como si defendiera un territorio—. Me iré. Estaba por irme, de todos modos.
Pero el tigre, por supuesto, no la entendía. Continuó acercándose, con sus dientes enormes y sus pasos fuertes y elegantes, listo para saltar en cualquier momento. ¿Debía correr? No podría correr más rápido que el tigre.
Retrocedió otro paso, inconscientemente, y su talón se topó con una raíz; perdió el equilibrio.
Cayó hacia atrás, su mano insegura soltó la daga.
Renax esbozó una mueca adolorida, pero no perdió noción del tiempo: se sentó tan rápido como pudo, observó al animal que ya se había acercado demasiado.
Era aún más enorme ahora que estaban a la misma altura. Había dejado de enseñar los dientes.
La joven decidió que la mejor opción era quedarse quieta y dejó que aquellos ojos azules la estudiaran.
Intentó ocultar su miedo, hundió las manos temblorosas en la tierra para sostenerse, devolvió la mirada fija del tigre.
Lo dejó acercarse, mientras su corazón latía tan fuerte que resultaba estruendoso.
Tuvo la idea extraña de que, quizás, el corazón del tigre latía con la misma fuerza.
Quizás, estaba igual de asustado. Quizás…
Frunció el ceño y se inclinó un poco hacia delante; se estudiaron.
Mientras ella observaba sus ojos, el animal la olfateó y, poco a poco, el miedo se diluyó en el aire.
Aquella mirada felina que no había comprendido jamás, de pronto, se volvió transparente; leyó la curiosidad en la mente de la bestia.
Escuchó sus latidos. Sintió la tensión de sus músculos.
¿Qué es esto? , se preguntó, mientras el sonido de su respiración se mezclaba con la respiración del tigre. La nariz se acercó un poco más, hasta casi rozar la suya. Unos meses antes, habría dado un salto y se habría echado a llorar.
No estaba siendo valiente, no era eso. Estaba segura, como si conociera a aquella criatura tanto como se conocía a sí misma, de que no quería hacerle daño. Podía leer sus ojos. Podía entenderla. Podía…
Llevó una mano cautelosa hacia el pelaje blanco y dudó un instante, con los dedos suspendidos. Luego, lo tocó. Y el contacto con su pelo, con su piel, con la calidez viva que latía debajo, abrió un canal entre los dos. Una ráfaga de viento que la dejó sin aire.
Sintió el calor del sol, sintió las cuatro patas bajo su cuerpo.
Los colmillos rozándose en su boca. Olió con mayor claridad las hojas secas del bosque, los animales e insectos que había alrededor.
Localizó la fuente de agua más cercana. Recordó más tigres, algo similar a una familia.
Sintió hambre y sueño, pero también curiosidad.
Se vio a través de ojos que no le pertenecían, vio su propia mirada atónita, su cabello desaliñado y sucio, la sangre de conejo que aún le manchaba el mentón.
Se perdió en ese agujero abierto. Tuvo que luchar durante un rato para volver, al menos en parte, a sí misma.
No. No puede ser . Frunció el ceño y miró al animal; no había respuestas en sus ojos, sino una confusión muy similar a la suya.
Pero Renax no necesitaba ver sus ojos, porque podía tocar sus sentimientos, rozar sus ideas, con solo extender su mente hacia él.
Las mujeres no nos vinculamos. Las hijas del tigre no pueden…
Qué estupidez.
Lo comprendió como si alguien le hubiera echado un cubo de agua helada, podrida, en la cabeza.
Ladeó una sonrisa de amargura; todo lo que le habían dicho, todo lo que creían sus padres, era una estupidez.
Sus decoros eran una estupidez, sus normas, incluso lo que sabían sobre los tigres era una estupidez. En realidad, no sabían nada.
Pero ni siquiera comprender que le habían mentido empañó el asombro maravillado que había en sus ojos. Las hijas del tigre podemos vincularnos , dijo. ¿A sí misma? ¿O a la criatura que estaba allí, dentro de ella, como una extensión de su mente?
Acarició el pelaje blanco una vez más, observó al animal como si observara lo más sorprendente del mundo. Notó, también, que ni siquiera era un tigre.
—Una tigresa —susurró, hundiendo los dedos en su pelaje impoluto.
El animal pegó la nariz a su rostro. Cuando abrió la boca, la joven no sintió miedo. Una lengua rugosa y dura humedeció y rascó su piel, le arrancó una mueca de dolor pero también una sonrisa.
Se limpió con el vestido sucio.
—Ya —dijo, quitándose la baba del tigre mientras el animal se sentaba para observar mejor—. No vuelvas a hacer eso.
Continuaron mirándose bajo la luz de la tarde, impresionadas por lo que acababa de suceder, por lo que podían compartir, porque ya no estaban solas.
Se repitió eso a sí misma. Sintió algo parecido a la felicidad, algo cálido, por primera vez en meses.
Ya no estaba sola. Con lágrimas en los ojos, Renax sonrió.