Capítulo 24
Luodrin.
(Tres meses después del golpe).
Se detuvo frente a las dos hojas de la puerta.
Observó las florituras de metal en los picaportes, perdió los ojos más allá como si pudiera ver a la gente reunida, esperándolo.
Oía sus voces. Susurros, risas, discusiones diplomáticas; se preguntó si ya habían hablado de él.
Se preguntó, como se preguntaba siempre, si algún miembro de su familia había abierto la boca para ventilar su secreto.
Probablemente no. Probablemente no sucediera nunca; era más fácil y decoroso asesinarlo antes que mostrarle al mundo un defecto en los hijos del lobo.
Aun así, Luodrin no podía quitarse la sensación de que tarde o temprano lo descubrirían: el único heredero en la historia de su casa, de cualquier casa, que no podía vincularse con su animal.
No debo llegar tarde , se recordó. Y, sin embargo, la puerta se veía cada vez más lejana, los picaportes se oscurecían, las palabras de su padre resonaban una y otra vez: «Te estoy dando una oportunidad. No la desperdicies».
Había dejado a Wodin de niñero y, vinculado o no, echaba en falta su compañía.
Se sentía más solo sin él. «Te lo presto un rato».
El niño lo había mirado con los ojos muy abiertos.
«Pero tienes que devolvérmelo después». Lo necesitaba más que yo , se dijo, atravesando los picaportes con los ojos. Ahora abre la maldita puerta, Luodrin .
Inhaló hondo, apoyó las manos en el metal y empujó: la madera se separó con un sonido imponente que llamó al silencio. Los ojos de la sala se clavaron en él.
Una mesa larga, rectangular, escondida debajo de un celofán rojo, con doce personas sentadas a su alrededor.
Un ventanal de vidrio con persianas de acero que estaban abiertas, pinturas de animales y una araña llena de velas que completaba la iluminación del sol.
En la cabecera y junto al ventanal, había una silla vacía.
Luodrin hizo una reverencia firme frente a los ojos que lo miraban como si no lo hubieran visto nunca (probablemente, ese fuera el caso para la mayoría).
Cerró las puertas y se dirigió hacia la cabecera más lejana.
Sus pasos resonaron en el silencio, y el sonido solo sirvió para ponerlo más nervioso; todas las miradas, y ahora todos los oídos, estaban atentos a él.
No dejó que lo leyeran. Había dos cosas a las que se había acostumbrado a lo largo de su vida: en lo posible, no mostrarse en público.
Y, si debía hacerlo, mostrar solo lo que el público esperaba ver.
Esperaban a un hijo del lobo, así que les enseñó la serenidad y la frialdad de un hijo del lobo. Imitó a su padre.
Se sentó en el asiento vacío y miró brevemente a los nuevos concejales de Tsavixia, aquellos a los que su padre había designado después de los sucesos en la plaza.
Los hijos del lobo tenían una ventaja un poco vergonzosa; su tía, su prima mayor y Eufin lo observaban con desdén y recelo.
El resto de la mesa la ocupaban hombres y mujeres que habían colaborado con el golpe: las casas aliadas más importantes.
Un sirviente se acercó a él y le tendió un pergamino: el orden del día.
—Los hijos de la serpiente han declinado la invitación, señor —susurró en su oído antes de retirarse a un costado.
Luodrin ni siquiera sabía que habían sido invitados (¿por qué invitar a una casa que se empeñaba en mantenerse al margen de la actividad política?), pero no lo demostró. Carraspeó antes de hablar, miró a los concejales a los ojos.
—Los hijos de la serpiente han declinado la invitación —repitió las mismas palabras, sin preámbulos ni presentaciones. Aunque lo hubieran visto poco, todos sabían quién era.
—Esperable —dijo una mujer mayor, encogiéndose de hombros.
—No sé por qué los hemos invitado. Ni siquiera son una casa. Su templo es una especie de prisión para gente peligrosa.
—Los hemos invitado justamente porque son gente peligrosa —masculló un hijo de la liebre, sin mirar a sus interlocutores.
Nadie parecía llevarse muy bien con nadie. Cada comentario se respondía primero con miradas esquivas, desdeñosas, y ceños fruncidos. El joven absorbió toda la información posible mientras, por primera vez, el foco de la atención lo abandonaba.
—Si no están de nuestro lado, ¿qué hacemos con ellos? —preguntó una mujer mayor. El murciélago, posado sobre su hombro, los observó con desinterés.
El hijo del águila se encogió de hombros.
—Hay muchas casas que no están de nuestro lado, pero que tampoco están en contra.
—Casas neutrales —añadió la hija del cóndor.
—No todas las casas neutrales son ejércitos entrenados de asesinos.
Luodrin permaneció en silencio, no muy seguro de cómo moderar aquel debate; no era parte de lo que debían tratar en la sesión. Sentía los ojos de su familia en la piel, pinchazos incómodos que parecían medirlo.
—¿Y qué sugieres que hagamos? —preguntó la hija del cóndor.
—Obligarlos a que estén de nuestro lado.
—Nunca se pondrán del lado de nadie. Son conscientes del poder que tienen. Han sido neutrales desde el principio de Tsavixia.
—Entonces, ¿lo más sensato no sería deshacernos de ellos?
—¿Cómo te deshaces de los hijos de la serpiente?
Luodrin carraspeó y consiguió que los ojos se centraran en él una vez más. Bajó los suyos, un instante, hacia el pergamino extendido en la mesa. Luego se forzó a corresponder aquellas miradas.
—Estamos aquí para discutir lo que se ha votado la sesión anterior —dijo, irguiéndose en su silla—. Si quieren hablar sobre los hijos de la serpiente, podemos incluirlo en el orden del día de la semana próxima.
Los concejales se removieron, incómodos, y la sala se llenó de silencio. Luodrin ignoró la sensación de que estaba escuchando a su padre en sus propias palabras.
—¿Alguna pregunta o consideración antes de comenzar?
Durante unos segundos, nadie habló. El joven miró el pergamino para iniciar con el primer punto del temario: las reservas y su distribución. Pero la voz de su hermano, como un hacha, cortó el silencio.
—¿Dónde está tu lobo? —preguntó, con una postura relajada, como si estuvieran hablando en una mesa familiar.
Luodrin tensó el rostro y no movió la mirada del papel.
Despacio, esbozó media sonrisa, o media mueca, o algo intermedio que, en realidad, se parecía a la rabia.
No se sorprendió. Era lógico que Eufin intentara sabotearlo.
No lo dejaría moderar el Concejo sin abrir la boca, sobre todo, después del último encuentro que habían tenido en el cuarto del bebé.
—Cuidando a tu hermano —respondió, la voz fría y la mandíbula tensa.
Todos los ojos volvían a posarse en él, atentos a la disputa de autoridad que había en el aire. Debía cambiar de tema. Tenía que empezar con el orden del día antes de que…
—¿No crees que hay guardias suficientes en el palacio para proteger a un bebé recién nacido? —preguntó su tía. Luodrin resistió todos sus impulsos y, por un instante, ni siquiera parpadeó.
Por fuera de aquella sala, jamás se le habría ocurrido responderle.
Para el mundo exterior, era el heredero de los hijos del lobo, pero, dentro de la burbuja familiar impenetrable, su estatus era nulo.
Sería siempre nulo mientras no lograra vincularse.
Y su tía era la hermana del alfa. Era el lobo beta.
No estás aquí para mostrar autoridad, porque no la tienes , se dijo, inhalando antes de levantar los ojos. Estás aquí para ganártela.
«Conviértete en un heredero indiscutido».
—Lo que creo es que podemos dejar las discusiones familiares para después —dijo y, por un rato, la hostilidad de su voz consiguió imponer un silencio respetuoso.
Pero, cuando bajó los ojos hacia el temario otra vez, vio de refilón la sonrisa soberbia que le respondía.
Todos la vieron—. ¿Alguna otra cuestión que sí sea pertinente?
Eufin se echó hacia atrás en la silla, con una postura desinteresada que resultaba grosera. Su prima imitó la sonrisa de su madre y acarició a su loba gris como si aquella reunión careciera de sentido. Sabían lo que estaban haciendo y, por dios , lo hacían irritantemente bien.
Los demás se removieron, incómodos, y se miraron entre sí. Era evidente que no comprendían la interna familiar, pero sí entendían una cosa: si su propia casa lo desprestigiaba, era porque no tenía poder.
—A mí me gustaría volver a discutir la representación de cada casa en el Concejo.
Luodrin clavó los ojos en el único miembro de la Orden, un hombre de mediana edad: había, en su mirada, un brillo altivo. El gesto astuto de quien prueba suerte.
—Creo que eso ya lo han discutido varias veces hasta llegar a un acuerdo.
Leía las actas de todas las reuniones y sabía que aquello era un tema zanjado, así como sabía que ninguno de los miembros presentes, por descontentos que estuvieran, se habría atrevido a retomarlo frente a su padre. Comenzó a ponerse de mal humor. Las voces se convirtieron en zumbidos.
—Yo nunca he estado de acuerdo con nada —dijo el hombre, con una expresión cada vez más desafiante y soberbia.
—Yo tampoco —dijo la única hija del cóndor que formaba parte del Concejo.
Luodrin juntó sus manos por encima de la mesa y las entrelazó despacio, reuniendo toda su paciencia mientras intentaba pensar y contenía un suspiro.
—¿Por qué no lo proponen al final en el temario de la próxima…?
—Es un tema zanjado —interrumpió uno de los hijos de la liebre.
—Si no estaban de acuerdo, deberían haberlo planteado en esa reunión. Hoy tenemos otras cosas que…
—¡Lo dieron por zanjado porque les conviene!
—Somos una de las casas con más actividad agrícola. Proveemos la mitad de las reservas y solo tenemos un representante en…
—¡El momento para debatir ya pasó!
Luodrin los observó pelear, de hito en hito, demasiado cansado como para intentar detenerlos.
Su hermano sonreía. Su tía se levantó, mientras los demás estaban distraídos arrojándose argumentos, y rodeó la mesa.
Abandonó la sala. La hija del cóndor se puso de pie para discutir mejor con un hijo de la liebre.
—¿Pueden, por favor, quedarse en sus lugares? —Luodrin alzó la voz para hacerse escuchar por encima de la discusión, pero lo único que consiguió fue que los concejales gritaran más fuerte.
«Conviértete en un heredero indiscutido».
Sintió un cosquilleo amargo en la garganta que se parecía a la risa. Suspiró y entornó los ojos mientras los miraba pelearse, sin saber qué hacer, sin querer hacer nada, preguntándose por qué diablos estaba allí reemplazando a un hombre al que no se parecía.
Un heredero indiscutido…
«Te estoy dando una oportunidad. No la desperdicies».
—¡Los hijos del lobo tienen tres representantes y además presiden el Concejo, y a nosotros nos han dado un solo lugar! —gritaba el miembro de la Orden.
El hijo de la tortuga le respondió, Luodrin apretó más sus manos y observó cómo la discusión escalaba y, a cada paso, resquebrajaba su posición como presidente.
Y la oportunidad que le había dado su padre.