Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

El hombre la observó en silencio durante unos segundos, con ojos brillantes, sin sonrisa en los labios.

Eiva se sintió estudiada; su cicatriz, su mentón, los brazos que sostenían al bebé, las piernas, los pies que apuntaban a la entrada…

Todo su cuerpo vibró con escalofríos bajo los ojos que analizaban qué hacer.

—No te pongas a la defensiva —dijo, con una sonrisa diplomática que lo volvía aún más escalofriante—. No estoy aquí para hacerle daño.

Eiva endureció la expresión, pero no dijo nada. No podía discutir con sus empleadores, mucho menos acusarlos de asesinos. La sonrisa del hombre se volvió más tensa, sus ojos brillaron un poco más.

—No me crees —susurró. Y la joven sintió que el aire de la habitación se enfriaba; miró discretamente la puerta, el pasillo en penumbras. Si quería llegar allí, tendría que pasar entre ellos.

—Pensé que los hijos del lobo eran una manada —dijo, intentando distraerlo mientras bajaba los ojos hacia el bebé y buscaba una manera de salir de allí con vida—. Creí que se protegían.

Cuando alzó el rostro hacia él, se encontró con una sonrisa más gélida. ¿Los mataría a los dos? Resultaba imposible predecirlo. Sus ojos eran un abismo oscuro en el que, cada tanto, brillaban luces siniestras, como sacadas de las fauces de un infierno.

Parecía estar analizando cosas. Dudando, quizás incluso escuchando voces. Eso hacían los hijos del lobo, ¿verdad? Comunicarse entre sí. Al final, su semblante se suavizó. Colocó las manos en los bolsillos, como si no quisiera verse amenazante, y dio un paso hacia ella.

—Esa cosa no es parte de la manada —dijo con tranquilidad—. Hasta que no se vincule, al menos.

—Pero es tu hermano —dijo, apretándolo más contra su pecho como si pudiera hacerlo desaparecer. Como si pudiera hacerlo… llorar. La idea destelló en su mente.

Lo siento, niño , pensó, mientras lo apretaba, mientras el hombre daba otro paso hacia ella. El bebé lloró, débilmente al principio, más fuerte cuanto más lo asfixiaba contra su hombro. Lo siento, lo siento, lo siento.

El hijo del lobo rio y, mientras ladeaba la cabeza, dio otro paso hacia delante.

—Suéltalo —dijo, negando con la cabeza, avanzando un paso más—. Has ganado. No le haré daño.

Su verdadera forma había asomado detrás de su sonrisa y encendía sus ojos al mismo tiempo que los volvía más oscuros. Eiva olió los problemas. Si le permitía asomarse al abismo, ¿no era para arrojarla dentro?

Dejó de apretar al bebé, pero no lo soltó; a esas alturas, ya no estaba preocupada por él.

No se arriesgaría a matarlo, mientras continuara con los llantos y berridos, porque de un momento a otro podía aparecer alguien más.

Pero a una doncella… Podía partirle el cuello en medio del palacio y nadie protestaría.

Según el contrato, los empleadores tenían derecho a decidir dónde y cómo castigarlas.

Eran jueces y verdugos. Para ellas, eran la ley.

—Suéltalo —dijo, deteniéndose frente a ella, observándola.

Era una orden. Ya no había sonrisa y sus palabras no admitían réplica. La muchacha dudó, lo miró a los ojos con confianza y analizó sus posibilidades lo más rápido que pudo. Después de todo, no había muchas. Desobedecer, definitivamente, no era una opción.

Le acarició la cabeza al bebé, lo acercó a la cuna y lo separó de sus brazos para colocarlo sobre las mantas.

El llanto aumentó, pero Eiva no tuvo tiempo de preocuparse por él.

Una mano la sujetó sin mucha presión pero con firmeza y la empujó contra el muro.

El lobo comenzó a gruñir y la observó con hambre; el humano se arrimó a ella y la sujetó del cuello.

—Me pregunto a qué saben los hijos del abismo —murmuró, con los ojos llenos de emociones distintas. Emociones que eran como luces y la joven no podía distinguir, emociones poco humanas.

Los observó, mientras los dedos se hundían más y más en su cuello, y se preguntó quién era la persona y quién era el lobo. La línea que los separaba parecía demasiado frágil.

Se esforzó por respirar, rasguñó su mano y no sirvió más que para divertirlo. Pensó que iba a morir. Luego pensó en Hedi. Intentó removerse, empujó con todas sus fuerzas y él volvió a adherirla a la pared mientras su lobo avanzaba como si le hubieran prometido comida.

—¿Sabes por qué impedí que te mataran los dragones y te di el trabajo? —preguntó, acercándose más, como si disfrutara ver el dolor en sus ojos, el rostro contraído y colorado por el esfuerzo, las arrugas de rabia en la expresión—. Por tu cicatriz.

Extendió la mano libre y, como si no la estuviera ahorcando con todas sus fuerzas, acarició la marca con una suavidad casi cariñosa. Eiva vio otro tipo de hambre en su mirada. Pataleó cuando él se inclinó hacia ella, pero no pudo esquivar sus labios en la frente.

Sonrió mientras se apartaba para observarla y endurecía la presión en su cuello un poco más.

—Tengo una fascinación por los monstruos —dijo, y comenzó a acariciarle las mejillas enrojecidas—. Será una lástima matarte.

Eiva apretó los dientes, asqueada, y luchó por respirar mientras su visión se tornaba negra. No podía morir. No podía morir allí, al menos, del mismo modo que su madre, y no podía dejar a Hedi sola. Recordó la culpa en sus ojos azules. No se iría para dejarla a solas con esa culpa.

Empujó, con todas sus fuerzas, y consiguió apartarse de la pared por un instante, pero la mano volvió a empujarla hacia atrás y sus fuerzas se diluyeron. Sus pulmones se desgarraban buscando el aire que no tenían.

Vio, entre las manchas negras, la sonrisa espeluznante; el lobo cada vez más cerca, el llanto interminable que parecía pedir ayuda.

—¿Qué haces?

La voz también sonó lejana, vacía, casi una pregunta por curiosidad. La joven tardó en reconocerla mientras el hombre que intentaba asesinarla se giraba lentamente. Apenas podía pensar. Todo lo que percibía su mente eran el dolor y la asfixia.

Y, de improviso, la mano que la asfixiaba la soltó. El lobo y el hombre le dieron la espalda mientras ella se desplomaba de rodillas e inhalaba con un silbido roto. Tosió. El aire entró de prisa en sus pulmones.

—Es realmente irritante ver tu cara todo el tiempo —dijo el más joven, mientras su lobo gruñía—. ¿Qué te sucede? ¿Por qué estás en todos lados?

El lobo del mayor dio dos pasos adelante y solo bastó una mirada para que el animal de su hermano dejara de gruñir, encogiera los hombros y echara las orejas hacia atrás. El menor tensó el cuerpo como si la reacción de su lobo hubiera herido su propio orgullo.

Eiva se apoyó en la pared para ayudarse y se incorporó con torpeza. Nadie le prestó atención.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Si el hombre rubio era inestable y demente, como un rayo impredecible, su hermano era como un glaciar oscuro que parecía vacío. Tal vez estaba hecho simplemente de hielo. Tal vez ocultaba muchas cosas enterradas en él.

—Vine a ver a mi hermano —dijo, encogiéndose de hombros. Luego se giró hacia ella—. Y me entretuve un rato.

Eiva no necesitaba escuchar esa conversación; necesitaba salir de allí. El heredero de los hijos del lobo era alto, ágil y fuerte, la joven lo había visto entrenar. Y estaba de pie en la puerta. Bloqueando la única salida hacia el pasillo.

Con el corazón bombeando en su pecho tan rápido y tan fuerte que ella no escuchaba sus propios pensamientos, lo miró a los ojos. Y, aunque la oscuridad de su mirada era aterradora, la luz demencial que brillaba en la mirada de su hermano no parecía existir en él.

Corrió. Sin preguntas, sin siquiera mirarla, el heredero le abrió el paso. Casi como si no existiera.

—Diviértete como te dé la gana, Eufin —dijo, mientras ella se alejaba tan rápido como podía a través de la alfombra roja, dejando atrás los cuadros que parecían vigilarla, dejando atrás las voces—. Pero si vuelves a acercarte a ese bebé…

Bajó las escaleras tan pronto como las encontró, corrió hacia la cocina y buscó a Hedi entre las doncellas y sirvientes que preparaban la cena de los hijos del lobo. La encontró enseguida. Sus rizos rubios fueron lo primero que vio. Luego, los ojos azules sorprendidos. La preocupación en su mirada.

—¿Qué…?

Antes de que pudiera terminar de hablar, la joven avanzó hacia ella y la abrazó.

Ignoró sus brazos enjabonados y llenos de grasa y la apretó tan fuerte como había apretado al bebé unos minutos atrás.

Su corazón aún latía como si compitiera con algo.

Con su respiración acelerada, tal vez. O con su miedo.

Había estado a punto de morir. Había estado a punto de no volver a verla, a punto de dejarla sola.

—Eiva, ¿qué sucede? —preguntó, alarmada. La joven pudo sentir la tensión en sus músculos y el frío que se había apoderado de su cuerpo—. ¿Estás bien?

No.

—Sí —dijo, pero no la soltó, porque no quería que viera la marca roja alrededor de su cuello—. No pasa nada. Todo está bien.

Por encima de ella, observó a los sirvientes. Observó el comedor que se dibujaba más allá de la cocina, observó todo. No podían irse del palacio. ¿Cómo escapar de un lobo en su propia madriguera? Abrazó más fuerte a su amiga y, con los ojos fijos en ningún lado, comenzó a pensar que no podría.

Comenzó a escuchar los sonidos silenciosos de un reloj.