Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Eiva.

(Tres meses después del golpe).

Aunque se había metido allí por voluntad propia, comenzaba a sentir cadenas invisibles en el cuello. La hermana del jefe era aterradora y cruel, sus hijas eran insoportables y los dos herederos le ponían la piel de gallina.

—El mayor es el que más me asusta —dijo Hedi, susurrando para que no las escucharan y para que el bebé lobo no se despertara de su siesta. Le tendió una camisa y Eiva la colocó en la pila de ropa correspondiente—. Tiene una mirada que congela.

—Creo que es un idiota soberbio y arrogante, pero no parece peligroso —dijo, mientras doblaba un vestido púrpura sobre la cama que pertenecería al bebé.

—Dicen que echa su lobo encima de los sirvientes para divertirse.

—Suena a mala propaganda.

—Para los hijos del lobo, creo que en realidad es buena propaganda —susurró, tendiéndole una gabardina. Eiva la colocó en su sitio y, casi inconscientemente, alzó los ojos y echó un vistazo a la ciudad.

La luz que entraba por la ventana abierta era tenue y pálida, el aire era simplemente frío.

La pirámide parecía gris a través de la bruma que se había adueñado de las calles, los árboles tenían un aspecto fantasmal, sangriento, y la gente caminaba con la cabeza gacha entre los soldados que vigilaban todas las esquinas.

Sentía que había pasado una eternidad desde la última vez que había merodeado por las calles.

—Yo también lo extraño —dijo la muchacha, echando una mirada breve. Eiva parpadeó para volver a la realidad y retomó el trabajo—. ¿Crees que hemos hecho mal en venir aquí?

Negó con la cabeza, luego se encogió de hombros. En realidad, no le importaba dónde estuvieran, cuánto les gritaran o hicieran trabajar. No le importaba que la golpearan, de vez en cuando, si así podía mantener a Hedi lejos del peligro y de los dragones. Lejos de su propia maldición.

—La alternativa era que nuestros huesos terminaran como escarbadientes.

Hedi forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos y, luego de unos segundos de silencio, alzó la mirada hacia ella. Eiva no se dio por aludida, pero comenzó a olfatear preocupación y culpa en el aire.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Nunca me has dicho de qué casa eran los que asesinaron a tu madre.

La joven se encogió de hombros, recordando imágenes que ya no sentía propias. Había pasado mucho tiempo. Su memoria solo había conseguido retener dos cosas: el calor de los brazos de su madre mientras la protegía, los gritos del hombre que las golpeaba a las dos.

—Fue un hijo de la liebre.

—¿Llevaba mucho tiempo trabajando allí?

—Casi toda la vida.

El silencio volvió a extenderse y las imágenes flotaron entre las dos, junto con las preguntas y las conjeturas. ¿Cómo sería trabajar para siempre allí, encerradas entre las paredes del palacio? ¿Qué tan pesadas se volverían las cadenas invisibles?

—¿El hijo de la liebre…?

Eiva alzó los ojos, intentando descifrar cuál era la pregunta. Se encogió de hombros, porque la respuesta le parecía más que evidente.

—Siguió con su vida.

—¿No lo juzgaron?

Esbozó una media sonrisa amarga mientras doblaba otra prenda. A veces, Hedi era tan ingenua como una niña. No porque no supiera nada del mundo, sino porque era demasiado buena para creer que tal mundo era posible.

—¿Por matar a una de sus sirvientas? ¿Una «nómade»? —dijo, y estuvo a punto de preguntarle si no había leído el contrato que habían firmado con los lobos. Pero no lo hizo, porque no quería asustarla—. Nadie juzga a los nobles.

Hedi se encogió de hombros.

—Pues a los hijos del tigre no les ha ido muy bien.

Alzó las cejas, la miró como si sus ojos fueran alfileres y le hizo un gesto para que se callara.

—Cuidado con lo que dices —susurró, mirando más allá de la puerta entornada.

Se tranquilizó después de atisbar el pasillo vacío, pero un cosquilleo inquieto se instaló en su estómago junto con la sensación de que las estaban observando.

Lo único que puede estar observándote es un bebé , se dijo, volviendo a sus tareas—.

Y eso no es juzgar, es simplemente asesinato.

—Tú estuviste a punto de matar a un noble —dijo, pasándole una camisa doblada mientras el recuerdo la hacía reír.

—Ese sí que se lo merecía. No te soltó hasta que lo dejé inconsciente.

Hedi asintió con la cabeza, con una sonrisa, y miró por la ventana durante un instante como si quisiera localizar el recuerdo.

—Quizás la ley no esté de nuestro lado, pero… —murmuró. Y, aunque no terminó la frase, Eiva comprendió lo que intentaba decir—. Tenemos suerte. Tu madre debió sentirse muy sola.

Asintió con la cabeza, despacio. Sin esposo, sin familia, con una niña pequeña que asustaba a todo el mundo porque había nacido el día que no debía nacer. El día en el que los bebés eran ahorcados para que no crecieran.

—¿Crees que él sea igual que su familia? —preguntó la más joven después de varios segundos de silencio. Eiva siguió el ángulo de su mirada hasta la cuna—. ¿Crees que todos los tsaviences son como el hombre que mató a tu madre?

Observaron al bebé. Tenía los brazos extendidos sobre las mantas, los ojos cerrados y una expresión de paz. Parecía incapaz de hacerle daño a nadie, incapaz de hacer otra cosa que no fuera pedir abrazos y comida. ¿Cómo se convertía una cosa así en un asesino?

—Los hijos del lobo no tienen la mejor reputación —dijo, en un susurro.

Y se arrepintió enseguida cuando escuchó el sonido de la puerta. Sobresaltadas, se giraron al mismo tiempo. La jefa de las doncellas, una mujer mayor, fulminó a Hedi con ojos recriminatorios. A ella nunca la miraba. Nunca le hablaba directamente.

—Necesito una mano más en la cocina —dijo, y le hizo un gesto. La muchacha miró a su amiga, sin saber qué hacer, como si separarse de ella fuera algo peligroso—. Una sola.

Eiva le hizo un gesto para que se apurara y obedeciera; después de lo que acababan de decir, era mejor caerle bien a la persona que podía hacer que las colgaran.

Le sonrió para tranquilizarla y, a regañadientes, Hedi aceptó dejarla sola.

Se giró y acompañó a la mujer por el pasillo desierto, se volteó un par de veces para asegurarse de que su amiga continuaba en donde la había dejado y donde esperaba encontrarla al regresar.

Eiva sonrió y continuó doblando y guardando ropa.

Se habían separado pocas veces desde que estaban allí; no les gustaba estar solas en las habitaciones del palacio.

Eran demasiado silenciosas, vacías, muertas y, sin embargo, siempre parecía haber algo en ellas observando todo.

Voces que no podían escuchar, miradas que no estaban en ningún sitio.

A Eiva no le gustaban tampoco sus corredores alfombrados con sangre, ni sus candelabros filosos, ni los lobos que cada tanto merodeaban por los pasillos y mostraban los dientes al pasar.

Sobre todo, no le gustaban sus habitantes.

Dobló las últimas camisas y alzó la cabeza una vez más para asegurarse de que el bebé dormía; levantó el primer montón de ropa y, casi sin ver a través de la columna de telas, lo llevó hacia la habitación que estaba al final del pasillo.

No había nadie en los corredores. Como si los demás sirvientes evitaran aquel piso, como si esperaran a que corriera la sangre para luego regresar a hacer sus tareas.

Estás paranoica , se dijo, mientras entraba en la habitación vacía del lobo mayor y dejaba la pila sobre la cama.

Allí también reinaba el silencio. La luz apenas entraba, a modo de penumbra, y ni un solo sonido traspasaba las paredes.

Eiva comenzó a preguntarse si no era la única persona en el palacio.

Tal vez todos los demás habían desaparecido, tal vez todos en Tsavixia habían desaparecido, asfixiados por el silencio.

Mejor para ella. Mientras Hedi no se fuera a ningún lado, los demás podían desaparecer. La ciudad podía destruirse o ser devorada por dragones, a Eiva la daba lo mismo.

Guardó la ropa, volvió con las manos vacías a las penumbras del pasillo. Las velas estaban apagadas y la luz que entraba desde las habitaciones abiertas era tenue, moribunda. Los candelabros parecían tener como única función espantar a los sirvientes.

Supo que había alguien en el cuarto antes de llegar a la puerta.

Tal vez porque estaba un poco más cerrada, tal vez por el olor a lobo o por algún cambio en la luz que escapaba de la rendija.

Se detuvo, tensó el cuerpo. Estás paranoica , volvió a decirse.

Pero, esta vez, no se creyó. Había alguien en ese cuarto, a solas con el bebé dormido.

Dudó solo un instante, miró el corredor vacío y decidió que no tenía opciones. Avanzó hasta la puerta, la abrió despacio pero de par en par, se encontró con una espalda conocida y un animal peludo que estaba demasiado cerca de la cuna.

La última vez, le había parecido sospechoso encontrar a su hermano en la habitación vacía. Esta vez no sintió recelo. No fue una sospecha, sino un escalofrío en la piel y la certeza absoluta de que el cuarto olía a peligro.

La puerta crujió cuando ella la empujó un poco más y el hombre volteó su cabeza rubia.

El animal dejó de acercarse al bebé y, cuando se giró hacia ella, le enseñó los dientes.

El hijo del lobo entornó los ojos. Miró la cicatriz y luego esbozó la misma sonrisa espeluznante que le había dedicado aquel día, más de dos meses atrás. Echó una mirada al pasillo desierto.

Eiva ignoró el escalofrío que le recorrió la espalda. Hizo una reverencia corta y se acercó a la cuna. El lobo dio dos pasos atrás, como guiado por alguna orden silenciosa, y dejó que pasara junto a él sin arrancarle una pierna.

El bebé dormía. Lo recogió y, mientras el niño abría los ojos, lo apretó contra su pecho. No se quejó, no intentó moverse; se había acostumbrado a ella y solía extenderle los brazos sin reparar en su color de piel ni en la forma de sus párpados. Ni siquiera en su cicatriz.

Miró los ojos amarillos del lobo, con una expresión que lo forzó a retroceder. Luego se dirigió al humano que lo acompañaba.

—¿Se le ofrece algo, señor?