Capítulo 22
Yail.
(Tres meses después del golpe).
El entrenador se paró frente a ellos, con la lista en la mano.
El próximo torneo estaba cerca y había llegado la hora de dividir los equipos.
Yail no había visto una sola competencia en su vida.
Eran aberraciones. Después de tres meses allí, no obstante, había empezado a comprender cómo funcionaban.
No podía matar a sus enemigos. Pero a sus aliados…
—Ynva —leyó, y una muchacha dio un paso al frente.
Parecía demasiado calmada, como si nada de todo aquello revistiera el menor interés, como si su vida no tuviera sentido. Estaba rota, igual que los demás.
—Quenyl.
Un hombre que rondaba los treinta, fuerte y seguro, dio un paso hacia delante. También roto.
—Yail —dijo, y el joven avanzó sin pensar. Se preguntó si se veía tan vacío como ellos—. Dorael.
Una mujer que también rozaba los treinta avanzó a su lado. Inconscientemente (quizás no tan inconscientemente), el joven dejó de prestar atención a los miembros de su equipo y miró de reojo al hijo del tigre.
Ya no era la persona que él recordaba, pero tenía casi el mismo aspecto.
La misma piel pálida, los mismos ojos azules, el cabello moteado de blanco y tan rizado como lo había tenido su padre.
Destacaba. Tenía los privilegios escritos en el rostro y, aunque se los hubieran quitado, aún cargaba con el porte recto de un noble. De un hijo del tigre.
Yail lo había odiado siempre. Había cargado sus baldes de agua al rayo del sol, había apilado su ropa, había cortado leña para que su familia se calentara en el invierno mientras él se congelaba los dedos de los pies.
Aunque trabajó poco tiempo para ellos, no había olvidado las sonrisas brillantes de aquel niño que lo tenía todo.
—Ivax.
El hijo del tigre dio un paso hacia delante y a Yail lo sobresaltó la sensación de que se habían metido en su cabeza. Si estamos en el mismo equipo, puedo matarlo . Como si lo escuchara, o sintiera sus ojos en la piel, Ivax deslizó la mirada y lo observó de refilón. Yail apartó los ojos.
Ahora que ya no lo tenía todo, que no tenía nada, lo odiaba más que antes.
Odiaba a todos los tsaviences del norte, a todas sus casas de piedra y a todos sus privilegios, pero por él sentía un desprecio más furioso y cínico.
Que compartiera la mirada rota con todos los demás, que se apagara otro poco con cada entrenamiento, que se compadeciera de sí mismo…
Todo le resultaba patético e irritante. El contraste entre lo que recordaba y lo que veía era un contraste patético e irritante.
—Guerie —dijo el entrenador, y un adolescente dio un paso adelante, muy pequeño para estar roto y, sin embargo, con la misma mirada vacía que el resto—. Envaia.
La última, una joven que rondaba los veinte, era la única que parecía viva. Brillaba. Estaba llena de odio.
—Equipo uno —continuó, bajando la lista, con una expresión desdeñosa que sus heridas no hacían más que profundizar. Había algo retorcido y desagradable en sus ojos, todo el tiempo; el poder brillaba en su mirada con un destello repugnante—. ¿Qué arma quieren?
El silencio recorrió la fila y las miradas se clavaron en el piso; la falta de respuesta fue estruendosa. Nadie quería alzar la voz, nadie quería destacar lo suficiente como para recibir una golpiza. El entrenador tensó el rostro y la sonrisa roja que le marcaba las mejillas se volvió siniestra.
—¿Lucharán sin armas?
Si nadie contestaba, la golpiza la recibirían todos juntos. Yail alzó los ojos, resignado.
—Martillo.
—Lanza.
Sus voces resonaron al mismo tiempo y las palabras se mezclaron entre sí hasta confundirse. Miró a su izquierda, sorprendido, y se encontró con ojos azules que lo observaban. Frunció el ceño. Fulminó con la mirada al hijo del tigre, como si pudiera asesinarlo o convertirlo en piedra.
El entrenador sonrió.
—¿Qué será, entonces? ¿Lanza, martillo?
Yail había usado martillos toda su vida, era a lo que estaba acostumbrado, lo que podía darle ventaja por sobre los demás. Después de todo, en aquellas competencias, solo una persona quedaba con vida al final de los torneos. En el último combate, había que matar o morir.
—Martillo —repitió, entre dientes.
—La lanza permite mayor movilidad —dijo el hijo del tigre, con una convicción irritante y el vocabulario de un señorito—. Y no requiere tanta fuerza.
Miró de reojo a los miembros más pequeños del equipo. Ynva y Guerie bajaron aún más los ojos.
Como si te preocuparas por ellos , pensó, mirándolo con incredulidad. Apretó la mano en un puño y se preguntó en cuántas hordas se había preocupado por los adolescentes que morían aplastados y quemados en los caminos del sur. La gente como él no se preocupaba por nadie.
—El martillo es mucho más…
—Peligroso —dijo, interrumpiéndolo—. Es mucho más fácil que le rompas la cabeza a alguien y quedes descalificado.
Yail quería discutir, responderle con la misma convicción, usar palabras fluidas con la misma facilidad con la que lo hacía él.
Pero solo pudo abrir la boca y tensar el puño, porque las palabras no salieron.
Sabía con el cuerpo por qué los martillos eran mejores, sabía que se amoldaban más a su mano y que respondían como él necesitaba que lo hicieran, pero que lo supiera su cuerpo no alcanzaba como para que lo explicara su mente.
Tensó la mandíbula y desvió los ojos. ¿Quién mierda crees que eres?
—Si Su Alteza quiere lanzas, que sean lanzas —dijo el entrenador, con un tono irónico, mientras lo anotaba en la lista—. Tomen los bastones y vayan a entrenar.
Los apuró con un gesto y comenzó a dar los nombres del segundo equipo. Yail siguió a los demás hacia el campo de entrenamiento y la luz pálida de las nubes lo obligó a entornar los ojos.
Había pasado tres meses en ese lugar, buscando alguna forma de escaparse, conviviendo con gente que no conocía, entrenando porque lo obligaban pero también para mantenerse cuerdo.
Para olvidar la sensación del vínculo rasgándose, los últimos aleteos desesperados de la lechuza, el vacío que no lo dejaba dormir.
Y las risas de los nobles mientras los dragones masacraban afuera de sus casas de piedra.
No había encontrado una manera de escapar que no fuera ganar el torneo, ni había conseguido librarse del odio que ardía en su estómago todas las noches y todas las mañanas.
La voz que lo impulsaba a reducir la ciudad a escombros tampoco había desaparecido; hablaba cada vez más fuerte, hacía planes.
Pero para hacerle caso, Yail necesitaba salir vivo del pentágono. Ganar.
Se dirigieron hacia donde estaban desordenados los bastones, junto a una de las murallas oscuras que los retenían en aquel campo de prisioneros.
Se inclinaron para recoger las armas. Se amontonaron, hubo empujones, y dos o tres murmullos de protesta rasgaron el aire.
Había recelo, rencor, odio; estar en el mismo equipo los había convertido en enemigos.
Y los enemigos debían estar dispuestos a asesinarse para sobrevivir.
Yail esperó a que se dispersaran un poco antes de acercarse, porque no quería que lo empujaran.
Se inclinó para tomar uno de los bastones y, en el momento en que sus dedos se cerraron alrededor de la madera, alguien impactó contra él y su cuerpo dio de bruces contra el suelo.
Las armas se desparramaron a su alrededor y se lastimó las manos cuando intentó apoyarse en ellas.
Apretó los dientes, sintió cómo el odio que lo carcomía por dentro comenzaba a hervir en forma de rabia y se giró incluso antes de ponerse en pie. Se topó con los malditos ojos azules, sorprendidos, y con risas a su alrededor.
—Lo siento —dijo, mientras se giraba hacia los demás como si alguien lo hubiera empujado. Lo hubieran empujado o no, a Yail le daba lo mismo; se puso de pie y, antes de que pudiera reaccionar, lo sujetó de la camisa—. ¡Ha sido sin querer!
Era probable que estuviera diciendo la verdad y, aun así, quería golpearlo. Quería usar esa excusa estúpida para molerlo a golpes y descargar todo el odio que no lo dejaba dormir, pegarle por todas las cosas que había perdido a lo largo de su vida mientras él…
Cálmate , se dijo a sí mismo, intentando razonar por encima de la furia. Pero subía por su estómago como una ola de calor y le quemaba la garganta. Estaba tan enojado con el mundo que necesitaba desquitarse con alguien.
—Empújame otra vez y te arrancaré los ojos.
Se dijo que debía soltarlo, que ya había sido suficiente, pero su mano no reaccionó.
Temblaba. Quería golpearlo. Realmente quería arrancarle esos ojos azules que se entornaban para mirarlo con una condescendencia exhausta.
Se creía más inteligente que él. Lo estudiaba como quien observa a un animal e intenta tenerle paciencia.
Dios, cómo quería golpearlo.
—Dije que ha sido sin querer.
—Y yo te he escuchado y te he dicho que, si lo haces de nuevo, te arrancaré los ojos.
Suéltalo, suéltalo, suéltalo… Puso toda su fuerza de voluntad en abrir la mano, dura como una piedra, y apartarla de él. Golpearlo no solucionaría nada… ¿o sí? Las voces se peleaban en su mente.
El hijo del tigre tensó el rostro y dio un paso atrás mientras se acomodaba la camisa. Yail sintió que sus ojos lo analizaban.
—¿Cuál es tu problema? —preguntó. No había conflictividad en su mirada.
Lo odió un poco más, pero con un desprecio frío que apagó lentamente la rabia. El mundo era su problema. La injusticia. Y…
—La gente como tú.
Se agachó otra vez, tomó un bastón y fulminó a los demás para que dejaran de mirarlos. Consiguió que la actividad retomara su curso, pero el hijo del tigre no se movió.
—No me parece que seamos muy distintos en este momento.
Yail apretó los dientes, se aferró al bastón hasta que sus nudillos se pusieron pálidos.
—¿Eso crees? ¿No te parece que tenemos recuerdos distintos?
La mirada que lo enfrentó estaba tan rota que, por primera vez y solo un instante, Yail dudó.
—Supongo que nunca lo sabremos —dijo y luego pasó a su lado para tomar un bastón—. Pero yo no te he hecho nada. Desquítate con quien corresponda.
—Deja de hablar como un príncipe —dijo, torciendo el gesto mientras el joven lo ignoraba—. Aquí eres la misma mierda que todos los demás.
—Es lo que intento decirte. Me alegra que hayas entendido el punto.
Tomó su arma y se fue hacia donde formaban los otros, lo dejó con las palabras en la boca y un regusto amargo en la garganta del que no podría deshacerse en todo el día.
Debería haberlo golpeado .
Apretó el bastón y lo observó caminar, su porte de príncipe, sus mechones blancos brillando bajo la luz pálida de las nubes; lo observó como si pudiera matarlo con los ojos.
Ya tendría tiempo para matarlo, durante el torneo. Y, aunque no sirviera de nada, al menos lo disfrutaría.