Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Vivssanya.

(Tres meses después del golpe).

—Quieta, Shin —susurró, mientras intentaba pasar desapercibida entre las pocas personas que merodeaban por la ciudad.

Su serpiente estaba nerviosa. Se removía dentro de su manga, subía y bajaba por su brazo y siseaba una y otra vez. Los nervios del animal se confundían con la ansiedad enfadada de la joven; las dos sentían ambas cosas, y ya era difícil comprender en dónde terminaba una y comenzaba la otra.

Vivssanya podía pasar inadvertida, porque estaba acostumbrada a fundirse con las sombras y ya casi no quedaban rastros del sol en el cielo. Pero a pesar de eso, y aunque nadie conocía su rostro porque usaba una máscara para asesinar, permanecía alerta cada vez que pisaba las calles.

Ya habían intentado cortarle el cuello dos veces. En un mes.

Se dirigió hacia los callejones más oscuros, esos que conocía de memoria y en los que se sentía un poco más tranquila.

No vivía en el suroeste de la ciudad porque le faltara dinero, sino por sus calles laberínticas, desordenadas y sucias.

Por la oscuridad que rodeaba la zona y por la poca cantidad de soldados que se atrevían a patrullar allí.

La gente como ella necesitaba sombras, y en las sombras se introdujo mientras la noche empezaba a asentarse.

A medida que se acercaban a la muralla, Shin asomó la cabeza.

A mí tampoco me gusta encontrarme con él , dijo, sin hablar. La serpiente comprendía, así como ella podía entender los siseos que salían de su boca como si fueran palabras. Estoy esperando una oportunidad. Cuando la encuentre, volveremos a ser libres .

El problema era que llevaba años sin encontrarla. Su capa escondía un cinturón lleno de cuchillos, sus manos eran las armas más peligrosas del mundo, todo su cuerpo estaba hecho y entrenado para matar. Y, aun así, no la encontraba.

Hoy, tal vez , le dijo a Shin. Se dijo a sí misma. Ya era una sola cosa. Su serpiente siseó mientras doblaban en la última calle; asentía, pero no estaba tan segura. Su nerviosismo se había convertido en miedo.

La silueta negra, como siempre, las estaba esperando junto a la muralla.

Allí donde terminaba el callejón y no había salida posible.

De pie frente a ellas, como si hubiera esperado verlas aparecer en ese instante, como si hubiera sabido el momento exacto en el que llegarían.

El rostro y el cuerpo cubiertos por las sombras de una capa.

El cuervo en un hombro, vigilante, burlón.

Vivssanya se acercó despacio, analizó la situación con la velocidad que le otorgaba la experiencia, buscó posibilidades.

Cientos de escenarios pasaron por su mente; había muchas maneras de matar a una persona.

A una persona que no pudiera meterse en su cabeza.

Matar a un hijo del cuervo era mucho, mucho más difícil, y por eso los lobos lo enviaban para tratar con ella.

—Hay gente intentando asesinarme —dijo, y su tono frío resonó en el callejón—. ¿Me usan y luego me descartan? ¿Esa es la idea?

—¿Qué te hace pensar que somos nosotros?

Su voz era grave, siempre un poco burlona, melódica como la flauta de un hipnotista.

Era todo lo que Vivssanya conocía de él; su voz.

Y no podía hacer nada con ella. Necesitaba ver su rostro; esa era la manera más fácil de matarlo.

Pero ni siquiera el más idiota le mostraría el rostro por propia voluntad a una hija de la serpiente.

¿Ideas, Shin?

Solo siseó, y la joven sintió su miedo en la frialdad de las escamas.

—¿Quién más controla al ejército?

Creyó ver una sonrisa del otro lado de las sombras. ¿Si arrojaba un cuchillo a su garganta, podía tomarlo por sorpresa? Shin se opuso con otro siseo imperceptible.

—¿Usaban uniformes?

—Rostros idiotas. Ese era el uniforme —dijo, y creyó percibir que la sonrisa se ensanchaba. Lentamente, ella lo correspondió; una sonrisa sutil, filosa, casi un murmullo silencioso de serpiente—. ¿Por qué no me enseñas el tuyo?

—Nos conocemos lo suficiente como para que no me subestimes así.

No se conocían para nada. Era un hijo del cuervo que trabajaba para los lobos; eso era todo lo que la joven sabía sobre él. Lo demás eran suposiciones. Cruel, un poco demente y muy peligroso.

—¿Para qué me llamaste? —dijo, sucumbiendo a la ansiedad de Shin, que seguía removiendo las escamas a lo largo de su brazo.

—Tengo otro trabajo para darte.

Vivssanya esbozó una mueca ladeada en la que se confundían la ironía con la amargura.

—¿Cuánto tiempo me harás trabajar para ti?

—No te hago trabajar para mí, te hago trabajar para Tsavixia.

No veía cómo matar al jefe de la ciudad había sido bueno para Tsavixia, pero no le importaba lo suficiente como para responder. Sus encargos no le molestaban. No los odiaba más de lo que odiaba otros. Simplemente, odiaba no poder negarse.

Se encogió de hombros.

—Conoces los precios. Y no mato niños.

—Te pagaré el doble. Y matarás lo que yo te diga que mates.

Vivssanya apretó los dientes y, por un rato, no respondió. Escrutó las sombras y pensó en lo fácil que sería buscar un cuchillo en su cinturón y arrojarlo al centro de aquella capa oscura. Pero ¿era aquel su cuerpo real? ¿O una de sus ilusiones? Si intentaba asesinarlo y fallaba…

—No mato niños —se limitó a repetir.

La sonrisa se ensanchó, como si pudiera leer sus pensamientos. El silencio volvió a instalarse por unos segundos y la tensión, proporcional, creció hasta solidificar el aire.

—No necesitamos hijos de la serpiente para matar niños —dijo, encogiéndose de hombros. Tomó una bolsa de su manga y las monedas tintinearon—. La información está dentro.

Vivssanya dio un paso hacia él, pero la bolsa voló por el aire enseguida; alzó una mano y la atajó. La sonrisa del hombre coloreó la oscuridad con un gris borroso.

—No te pases de lista. Quédate lejos.

La joven lo observó y sus ojos, casi negros, se confundieron con las sombras y enfriaron el aire nocturno.

No se había escapado del internado para cambiar una prisión por otra.

No quería que le dieran órdenes, no quería matar por obligación.

Si había nacido y entrenado para asesinar, al menos quería poder elegir a sus víctimas.

Pero vencer a ese hombre siempre parecía estar más allá de sus posibilidades. ¿Cómo enfrentarse a alguien que podía entrar en su mente? Sobre todo, cuando no le permitía acercarse. Cuando era tan precavido que Vivssanya no lograba atisbar más que su sonrisa. Cuando había encontrado su debilidad.

Aún recordaba los gritos de Shin. Soñaba con ellos, los sentía en la piel cada vez que pensaba en la posibilidad de arriesgarse y enfrentarlo.

—¿Los soldados se detendrán? —masculló.

Él se encogió de hombros.

—Te tienen miedo —dijo, como si fuera algo natural y comprensible.

—Pero me usan.

—Te usan porque no pueden matarte. Pero aun así te tienen miedo.

—Tú podrías matarme.

La sonrisa, otra vez, entre las sombras.

—Sí —dijo, con una confianza tan escalofriante como nauseabunda—. Pero yo creo que eres demasiado útil como para dejarte morir.

Vivssanya correspondió a su sonrisa con desprecio y bajó los ojos para que no percibiera lo mucho que deseaba apuñalarlo. Era como un instinto que latía en el fondo de su pecho; en lugar de sangre, su corazón parecía bombear muerte. Veneno.

Shin se revolvió en su manga, compartiendo su sed, sumando ansiedad. Las escamas frías se estiraban y contraían contra su brazo.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Por hoy.

Sabía el poder que tenía sobre ella, lo disfrutaba. Pero no era lo suficientemente estúpido como para provocarla demasiado. Quizás no le tuviera miedo, pero parecía un hombre precavido.

Vivssanya guardó la bolsa de monedas en un bolsillo y se giró para alejarse. Dobló en dirección a su casa, atravesó el callejón y se metió en la primera esquina. Se pegó a la pared y se detuvo a escuchar, mientras su serpiente protestaba a través del vínculo.

Aún no, Shin .

No podía seguir atada a ellos por el resto de su vida.

Quería elegir sus trabajos otra vez, asesinar a gente que se lo mereciera y no solo a aquellos que se oponían al gobierno de los lobos.

Pero mientras hubiera alguien capaz de hacerle perder el conocimiento sin siquiera tocarla, alguien a quien no podía vencer…

Otra vez, el recuerdo de los chillidos resonó en su cabeza. Shin se removió, incómoda.

No dejaré que vuelva a hacerte daño .

Se asomó justo a tiempo para verlo salir del callejón y caminar en dirección contraria. Comenzó a seguirlo, oculta en las sombras. Se esforzó por no mirar a nadie más que a él; un error, una mirada de reojo, y podía terminar con la vida de una persona inocente.

No es que hubiera mucha gente en la calle, de todas formas, y tampoco le importaba demasiado. Estaba acostumbrada a matar sin querer, era el precio de sus poderes. Pero bajar los ojos y esquivar imágenes se había convertido en una costumbre después de tanta gente muerta.

Caminaron hacia el norte y, sin embargo, los callejones que debían desaparecer se volvieron más intrincados y oscuros.

Vivssanya comenzó a detenerse, con la sensación de estar en un terreno desconocido.

Se alejó unos pasos más, cautelosa. Miró los muros viejos y rotos que la rodeaban, alzó los ojos hacia las estrellas y se mareó.

Cuando los bajó de nuevo, las imágenes comenzaron a girar.

El hombre ya no estaba. Las calles se cruzaron entre sí como un laberinto en movimiento.

Dio un paso atrás y trastabilló, mientras Shin se aferraba con más fuerza a su brazo y siseaba.

Vivssanya apretó los dientes, luchó por voltearse sin caer.

El piso también daba vueltas. No estaba mareada, no era una sensación; el piso realmente se movía.

Ya había experimentado algo así antes. Había aprendido a distinguir la presencia extraña en su mente, como la sombra de un cuervo.

—Creí que nos conocíamos lo suficiente para que no me subestimaras —dijo una voz en su cabeza.

Cerró los ojos para no ver cómo las cosas se movían a su alrededor, intentó mantener el equilibrio—.

No puedo matarte, no me sirves de nada muerta.

Pero si vuelves a seguirme…, me llevaré a tu serpiente. No volverás a verla.

La joven abrió los ojos y, en el momento en que se aferraba a Shin con sus dos manos, todo se volvió negro.

Apenas sintió el impacto del piso, luego vio el movimiento de las estrellas y escuchó un silencio que le erizó la piel.

El vínculo era lo único que el hijo del cuervo no podía intervenir.

Sintió la preocupación de Shin en las escamas que trepaban por su brazo, se deslizaban por su cuello y ascendían para verle el rostro.

Escóndete , dijo.

Pero no era necesario. Las cosas comenzaron a quedarse quietas y los sonidos, lentamente, regresaron a medida que el hombre se alejaba de allí. Vivssanya suspiró. Miró el rostro del reptil, confundiéndose en la oscuridad del cielo, sus ojos como dos estrellas preocupadas.

—Parece que fallamos otra vez —dijo, mientras el silencio de la noche se trasladaba a su pecho y la llenaba de vacío.

Pero no estaba vacía. Shin estaba con ella.

Se irguió, tomó a su serpiente y volvió a enrollársela en el brazo. Le acarició la cabeza con suavidad, la acercó a sí para apoyar su frente en ella y soltó otro suspiro.

—Vamos un paso a la vez —susurró—. Volvamos a casa. Reguemos las plantas. Matemos a quien tengamos que matar. Luego pensamos en cómo deshacernos de ese idiota.

Se incorporó, se sacudió el abrigo y, en un instinto que no se detuvo a analizar, examinó las sombras.

El silencio era muy profundo, la noche estaba tranquila.

Descartó la sensación de que la estaban observando y se dirigió a su casa, donde la esperaban las plantas (únicas criaturas a las que podía acercarse sin matar) y una larga noche de sueño.

Después de todo, ¿quién sería tan imbécil como para seguir a una hija de la serpiente?