Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 20
40%

Capítulo 20

Dan.

(Tres meses después del golpe).

La punta de la espada se detuvo frente a sus ojos, tan cerca que Dan sintió el frío del metal rozando su ceño fruncido. Los hijos de la iguana no usaban bastones. Por eso, cada entrenamiento, el joven sentía una proximidad vertiginosa con la muerte.

Retrocedió, recuperó su arma del suelo y se preparó para enfrentar a su tío otra vez.

Atacó sin siquiera pensarlo. Cuanto más sitio ocupaba el entrenamiento en su vida, más fácil le resultaba no pensar.

Entrenar era lo único que hacía desde el amanecer hasta que el sol dejaba de colarse a través de las ventanas del templo.

Era adictivo. Pero no lo ayudaba a deshacerse de las pesadillas ni eliminaba la ansiedad o la culpa.

El jefe de la casa bloqueó sus movimientos con una sola mano, sin perder la serenidad del rostro ni la frialdad en los ojos grises.

Sus iguanas observaban en silencio, bajo las sombras de la sala que empezaba a perder luminosidad.

El joven y su tío eran los únicos entrenando.

Solo ellos, dos iguanas y las estatuas de las esquinas en medio del polvo.

El templo estaba tranquilo. La luz que se colaba por la ventana era rojiza y tenue.

Dan siguió atacando, casi automáticamente, acostumbrado a no dar en el blanco.

Cuando su tío se cansó, lo derribó con un golpe rápido en la sien.

Se desplomó. Tuvo que esperar a que el mundo dejara de ser una mancha negra antes de intentar incorporarse.

Cuando lo hizo, el piso parecía moverse bajo sus pies.

Se sujetó la cabeza, con una mueca adolorida, frustrada y de mal humor.

—Eres un muchacho inteligente —dijo su tío, mientras guardaba la espada en la funda de su cinturón—. Pero te dejas el cerebro en otro lado cuando peleas.

—He mejorado mucho —gruñó, mirando la ventana. ¿Ya se acababa el día? ¿El entrenamiento había terminado? No quería regresar a su insomnio, y mucho menos a sus pesadillas.

—Todavía atacas con demasiado ímpetu —dijo, negando con la cabeza—. Y luego te frenas porque tienes miedo de lastimarme.

—A ti te vendría bien algo de eso último —masculló, frotándose la sien. Le saldría un moretón. O un chichón. Nada comparado con las cicatrices en el cuerpo que le habían dejado las mudas.

—Cuando peleas con alguien, ese alguien es el enemigo. No importa quién sea. Y, una vez que se convierte en el enemigo, debes llevar las cosas hasta el final. No solo porque tienes que hacerlo. Tienes que querer hacerlo.

No le gustaba hablar de muerte. No podía evitar las imágenes cada vez que hablaban de muerte, de armas, de heridas; los recuerdos lo asaltaban y la ansiedad le mordía el pecho. Ya estaba cansado.

—Dame algo para hacer —pidió, antes de que su tío diera por finalizada la conversación y se fuera a atender otros asuntos—. No terminaré de aprender nada entrenando con la misma persona, en el mismo lugar, todos los días. Dame una misión, como a los demás.

Era lo que había querido desde el principio, lo que llevaba pidiendo más de un mes.

Necesitaba desesperadamente sentirse útil, sentir que avanzaba y que estaba un paso más cerca de matar a los que le habían quitado la vida a su padre.

Un paso más cerca de arreglar lo que no había podido hacer. Un paso más cerca de ser útil.

Pero su tío negó con la cabeza.

—No estás listo.

—¿Por qué no? —preguntó, exasperado—. He practicado las mudas hasta volverme loco de dolor, puedo transformarme en uno o dos segundos. Quizás no sea mi padre, pero he ganado músculos. Aprendí a luchar y…

—No tienes lo que hace falta, Dan. No todavía.

—¿Y qué hace falta?

—Estómago.

—¿Crees que no puedo matar asesinos?

Su tío suspiró. Aún lo miraba con frialdad, pero había algo más paciente en sus ojos desde que entrenaban juntos. Algo parecido al respeto.

—Mira, muchacho. Matar a alguien no es tan fácil como parece.

—Fue fácil para ellos.

El hombre tensó el rostro y abrió la boca para responder, pero se interrumpió enseguida.

El silencio del segundo piso era atronador, aun con la ventana abierta.

La gente salía cada vez menos desde que las hordas eran impredecibles.

Los contratos de los nómades se habían vuelto más abusivos y un descontento general había forzado a los lobos a apostar soldados en las calles.

Los guardias se volvían más y más violentos, el descontento no paraba de crecer y el resultado era una ciudad tensa que parecía vacía.

Cuando las cosas estallaran, Dan quería estar en el estallido, y no en un margen desde el que solo podía observar. No de nuevo.

—Dame algo para hacer. Cualquier cosa. Ponme a prueba.

Su tío entornó los ojos, con el rostro todavía tenso y lleno de dudas. Se debatía. Parecía inclinado a decir que no. La palabra parecía estar formándose dentro de su boca. Pero, al menos, ya no se negaba con la misma seguridad con la que se había negado semana tras semana.

Los pasos rompieron el silencio e interrumpieron la conversación. Los dos miraron hacia las sombras de la entrada, donde se intuían las escaleras. Una silueta se acercó a la luz.

—Me han dicho que estabas buscándome —dijo Jedien, de mala gana, mientras el atardecer pálido y rojizo pintaba las facciones de su rostro y ahuyentaba las sombras.

Como de costumbre, fingió que Dan no existía.

El muchacho había pasado toda su infancia huyendo de él, escondiéndose, soportando sus golpes.

En la adolescencia, había aguantado sus burlas.

Ahora que se convertían en adultos y Jedien había decidido que no era lo suficientemente importante como para prestarle atención, Dan lo detestaba más que nunca.

Por todo lo que había hecho, por cómo lo miraba con desdén, pero, sobre todo, porque era un traidor. Aunque su tío se negara a aceptarlo.

—No hemos terminado de hablar —dijo Dan.

—Sí, sí hemos terminado. —El hombre se dirigió hacia Jedien—. Tengo una tarea para ti.

Su hijo alzó las cejas y suspiró; Dan desvió los ojos, frustrado.

—No estoy de acuerdo con lo que estás haciendo. Te lo he dicho en cada asamblea que hemos tenido. No me enfrentaré a los hijos del lobo.

—No tienes que enfrentarte a los hijos del lobo.

—¿Qué es, entonces?

—Quiero que mates a alguien.

La expresión de Jedien no cambió. La de Dan se volvió un poco más oscura.

—¿Él está listo y yo no?

Su primo escondió una sonrisa ladeada, pero se mantuvo al margen.

—No seas estúpido. Lleva toda la vida entrenando, tú llevas tres meses.

El vínculo con su iguana palpitó y Dan no pudo distinguir de quién era la rabia.

Solo llevaba tres meses entrenando, pero al menos no trabajaba para los hijos del lobo.

No había colaborado con los que mataron a la mitad de su casa, no había ayudado a capturar a Ivax, no había dirigido a los soldados en la búsqueda de Renax.

Enfundó la espada. Miró a su primo, con tanta intensidad que, después de unos segundos, los ojos del joven por fin se deslizaron hacia él.

—Al menos mi lealtad sigue con los hijos del tigre —dijo.

La ironía desdeñosa se fundió con la sonrisa torcida y ambas cosas se marchitaron lentamente. Jedien tensó el rostro y el aire a su alrededor se volvió más denso, casi oscuro. Por fin lo observaba.

—¿Por qué no regresas a tus dibujos estúpidos y dejas de ser una molestia para todo el mundo? —preguntó, con el mentón tenso y una sonrisa ligera que intentaba disimular sus emociones reales.

Dan avanzó un paso hacia él, sin pensar, con rabia. Era una de las pocas cosas que sentía, últimamente; como si sus emociones se hubieran congelado y todo lo cálido hubiera desaparecido de su pecho.

Su tío se colocó entre ambos y los separó.

—¿Quieres una tarea?

No los miraba, pero por su tono frío fue evidente que se dirigía a Dan.

Resonaron pasos en las escaleras, murmullos aislados, voces.

Ya no estaban solos. Otros hijos de la iguana saludaron, mientras recuperaban sus cosas y ordenaban la sala de entrenamiento, como cada día antes de que el sol se llevara su luz.

No les prestaron atención, al principio, pero la privacidad de la que habían gozado hasta entonces comenzó a quebrarse.

—Sí.

—¿Crees que puedes hacerlo mejor que él? —Todavía se dirigía a Dan. El joven buscó la trampa en esa pregunta, en los ojos vacíos que ahora sí lo observaban. No supo qué responder, así que dijo la verdad.

—Sí.

Porque yo no soy un traidor. Quería decir eso, pero mantuvo los labios sellados; por mucho que disimularan, ya sentía las miradas discretas en la piel.

Su tío se apartó de ellos y encogió los hombros.

—Un combate —dijo, señalándolos con las manos. La gente se detuvo a mirar, sin disimulo—. El que gana, se queda con la misión.

Jedien abrió la boca y, aunque no dijo nada, la indignación que brilló en sus ojos oscureció el lugar.

Hasta ese momento, Dan había pensado que rechazaría la tarea y se iría, con su porte de heredero desinteresado.

Y, sin embargo, de pronto parecía que perdía algo importante.

Que Dan se lo robaba. Y que lo quería de vuelta a toda costa.

—¿Con él? —preguntó su primo. El tono oscilaba entre la ironía, el desprecio y la rabia—. ¿No se tropezará con sus propias botas?

Tenía muchas ganas de golpearlo, pero no tanta confianza en sí mismo. Aún recordaba todas las veces en las que Jedien le había dado una paliza, y no estaba seguro de que tres meses de entrenamiento hubieran cambiado las cosas.

Pero hay una diferencia entre nosotros dos , se dijo, luchando por no mirar a la gente que los observaba. Yo estoy mucho más desesperado . No desperdiciaría su primera oportunidad. Tal vez, la última.

Desenfundó, y los murmullos llenaron la sala. Su tío alzó las cejas, como si en el fondo hubiese esperado que Dan se echara atrás. Jedien tensó los labios, en algo que podía ser el fantasma de una sonrisa o de una mueca de desdén. Su mirada parecía hecha de hielo.

—Saldrás herido.

Dan se encogió de hombros. Una cicatriz más no cambiaría nada y, después de tantas mudas, apenas podía sentir el dolor.

—Tal vez te sorprendas.