Capítulo 19 #2
—En sus aposentos. —Hizo un gesto respetuoso para conducirlo—. Por aquí.
Luodrin abrió la puerta de su cuarto antes de seguir al guardia. El lobo lo miró a los ojos, alzó las orejas y, cuando él hizo un gesto, se incorporó y comenzó a caminar pegado a su sombra. Era para lo que estaba entrenado: engañar a los sirvientes.
Pero el joven no lo llevaba consigo solo por eso. Se había acostumbrado al sonido de sus pisadas y, sobre todo en aquellos pasillos que todavía le resultaban extraños, lo tranquilizaba tenerlo cerca. Se sentía menos solo.
El muchacho también lo acompañó todo el camino y, cuando llegaron a la habitación, hizo una reverencia breve. Luodrin esperó a que se alejara, pero en cambio se apostó a un costado, como si fuera el criado permanente de su padre y esperara órdenes.
Lo ignoró y dudó un instante antes de golpear la puerta. Dudó con el estómago, en realidad, endurecido y revuelto, mientras la sangre corría cada vez más helada por sus venas. Dudar con la mente no servía; la única forma de averiguar qué quería de él era preguntárselo.
Golpeó. La primera respuesta que obtuvo fue un ataque de tos ahogada. Luego un gruñido. Y, por fin:
—Pasa.
Empujó sus músculos endurecidos para que abrieran la puerta y entró; tuvo que entornar los ojos para adaptarse a la penumbra.
Era la habitación más grande y ostentosa del palacio, el cuarto de un emperador y, aun así, parecía apagada y muerta.
El aire estaba estancado, las sombras eran demasiado profundas.
Y el jefe de Tsavixia, el hombre más poderoso de la ciudad, yacía acostado y pálido en una cama que lo hacía parecer pequeño.
La imagen lo descolocó. Se mantuvo cerca de la puerta, sin saber qué hacer, intentando ocultar su sorpresa. Nunca lo había visto en cama. Siempre serio y recto, orgulloso y grave como si hubiera nacido para gobernar.
—¿Está enfermo? —preguntó, con la sangre un poco más fría, casi filosa. Con temor.
Su padre se irguió y apoyó la espalda en la pared. Su mirada estaba tan vacía como siempre. Su voz sonó fuerte y clara.
—Escúchame, Luodrin —dijo, sin mirarlo a los ojos—.
No pienso morirme. Pero tal vez me lleve algo de tiempo volver a ponerme en pie.
Los rumores correrán por todo el palacio ni bien vean que mi silla del Concejo está vacía.
Y que estés un paso más cerca de heredar no pondrá feliz a nadie. ¿Entiendes lo que eso significa?
Se limitó a mirarlo como toda respuesta, inmóvil, incapaz de abrir la boca o articular palabras. No supo cómo reaccionar. Lo único que logró arrancarle a su cuerpo fue un parpadeo imperceptible.
—¿Qué significa? —apremió su padre.
—Un paso más cerca de heredar, un paso más cerca de la muerte… —dijo, en un susurro, con una ironía de la que se arrepintió al instante. No pensaba sus palabras. No podía pensar en nada que no fuera su padre enfermo, su padre hablando con él, su padre…—. ¿Está preocupado por mí?
Era difícil ver sus rasgos en la penumbra, pero a Luodrin le pareció que alzaba las cejas ligeramente. Se arrepintió, una vez más, enseguida. Decidió que no quería saber. Acusó la ansiedad en el estómago y, en silencio, esperó. Porque ya no podía volver atrás.
—Claro que estoy preocupado por ti, eres mi hijo… —respondió, con una frialdad que parecía contradecir sus palabras y teñirlas con un dejo de ira—, a pesar de todo.
Las emociones que sintió en ese momento eran tan contrarias que su expresión no reflejó ninguna.
No les puso nombre, tampoco. Habría necesitado una larga lista para comprender qué era exactamente el cosquilleo en su estómago, el ardor en el pecho, la sangre helada vibrando de la cadera a los pies, las manos sudadas, la sensación de que lo alzaban a las nubes para luego arrojarlo en un mar helado del que no podía salir.
—Quiero que vayas a las reuniones del Concejo en mi lugar —dijo, para resumir una conversación que parecía comenzar a molestarlo—. Reemplázame hasta que esté mejor.
Luodrin alzó las cejas, sin abandonar la seriedad ni la tensión del rostro.
Se parecían. Nunca había logrado imitar su personalidad; no era tan frío para tomar decisiones, no imponía respeto en su familia y se dejaba llevar por sus sentimientos mucho más de lo que quería admitir.
Pero su aspecto lo había copiado en todo lo posible.
Había practicado durante horas, con solo cinco años, la dureza que enseñaba su padre en el rostro.
Podía reírse de ese niño, muchos años después.
Pero no podía deshacerse de los gestos que habían pasado a ser suyos.
—No le gustará a nadie —dijo, mientras la esperanza y la ansiedad, como siempre, se mezclaban.
Sin embargo, creyó comprender. Un escalofrío lo recorrió por dentro.
—Tienes que hacer que les guste —dijo—. Deja de ser un posible heredero y conviértete en un heredero indiscutido, Luodrin. Te estoy dando una oportunidad. No la desperdicies.
Había amenaza en su voz. Su rostro era como un mármol pálido y muy frío.
Convertirse en heredero, o no, no le importaba.
Morir asesinado tampoco era el mayor de sus miedos.
Pero decepcionar a su padre lo aterraba como si no llevara decepcionándolo toda una vida.
Cualquiera pensaría que ya estás acostumbrado, Luodrin .
Pero no lo estaba. Y el miedo se extendió por su médula espinal, como una raíz filosa y helada, para enredarse en sus músculos y paralizarlo todo.
—¿Me has entendido?
Agachó la cabeza, miró las sombras del piso, miró sus propias botas oscureciendo la penumbra. ¿Qué podía decir? Los hijos del lobo no sienten miedo. Los hijos del lobo no fallan .
—Sí, señor.
Él era un hijo del lobo y, sin embargo, salió de aquella habitación con el presentimiento oscuro de que fallaría.
De que había fallado incluso antes de empezar.