Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Luodrin.

(Tres meses después del golpe).

Si quedaban rastros de lo que había sudado ejercitándose, desaparecieron a medida que sus ojos se deslizaban por el papel. Su sangre se enfrió más deprisa de lo que había esperado. Su agitación se aplacó bajo el peso de las letras.

La habitación estaba en penumbras, iluminada únicamente por el brillo de dos velas y, del otro lado de la ventana, los cuervos graznaban como si quisieran entrar.

Luodrin era una persona metódica. Sus días eran iguales: entrenamiento, almuerzo, estudio, cena y cama.

Había repetido lo mismo desde la muerte de su madre, con la esperanza de que, si mejoraba en todo, si era el mejor en todo, su padre lo aceptaría.

No había sido así pero, aunque la esperanza se hubiera esfumado, los hábitos eran difíciles de borrar.

Había estudiado todos los libros de su biblioteca, año tras año, hasta que comprendió que ese tipo de saber solo lo alejaría un poco más de la gente. La información importante estaba en las cartas. La política estaba en las cartas, no en los libros. Por eso, robaba la correspondencia de su padre.

Se preguntó, mientras pasaba folio tras folio, cuánto tiempo llevaban ignorando a las hijas de la arpía.

Había más de diez cartas sin abrir, diplomáticas pero insistentes, y otro tanto abiertas y arrugadas.

Los hijos del lobo tenían solo tres meses de gobierno; ¿cuánto tiempo las habían ignorado los hijos del tigre?

Todas las cartas hablaban de lo mismo. Destrucción, muertos, algún tipo de catástrofe.

En menos de un año, Tsavixia convertida en escombros.

Cada una era un poco más impetuosa, las letras se tornaban más apretadas y oscuras, casi impacientes.

Y el número, en la esquina derecha del papel, aumentaba.

Tres meses atrás, las probabilidades eran del treinta por ciento.

La última carta advertía con un sesenta por ciento de seguridad.

Luodrin había escuchado los rumores, pero no los había creído. El Concejo no había dicho una palabra al respecto y todos parecían más preocupados por asentar el poder político que acababan de conseguir.

¿Por qué lo escondían? ¿Tenía alguna relación con el golpe? Fuera como fuera, las probabilidades no habían bajado desde que gobernaban ellos. Se habían duplicado, en realidad.

Luodrin apiló los folios y los dejó a un costado, ignoró el escalofrío que le recorría la piel. Él no podía hacer nada. Leía, se mantenía al tanto de las cosas de forma encubierta, pero la realidad de Tsavixia estaba más allá de sus manos. No tenía poder.

Se inclinó sobre otros sobres, rastreó los escudos de las ciudades más cercanas.

Tenía la esperanza de que alguna de ellas hubiera respondido a los avisos de búsqueda.

La hija del tigre, después de todo, tenía que haber llegado a alguna parte.

Si es que no había muerto. Cuanto más tiempo pasara sin encontrarla, más crecería esa hipótesis entre el pueblo tsavience.

Su familia dejaría de necesitarlo para sostener una paz imposible, los atentados regresarían; se había cansado de contar cuántas veces habían intentado borrarlo del mapa.

Abrió un sobre con el sello roto, oscuro: una iguana de cera partida a la mitad. Desdobló el folio y comenzó a leer, pero un sonido agudo y constante lo distrajo.

Ya estaba acostumbrado al llanto del bebé.

Había tenido problemas para dormir, al principio.

Lo había odiado. Si aparecía para desplazarlo un poco más, para ser otro hijo que sí cumpliera con las expectativas de su padre, al menos podía dejarlo dormir por las noches.

Pero con el tiempo, los gritos se habían convertido en ruido de ambiente.

En ese momento, sin embargo, el llanto del niño era tan rabioso que parecía atravesar el papel. Los chillidos agudos se mezclaban con las palabras que intentaba procesar y lo confundían.

Dejó la carta y miró Wodin, echado en el lugar de siempre, con los ojos entrecerrados y perdidos entre la realidad y el sueño.

—¿A ti no te molesta? —preguntó, frotándose la frente—. ¿No tienes ganas de merendar un bebé?

El llanto se volvió más irritante, como si su hermano pudiera escucharlo desde el final del pasillo. Luodrin suspiró y alejó la silla del escritorio. No podría leer con esos chillidos agujereando su cerebro.

Se puso de pie, se dirigió a la puerta de la habitación y, antes de salir, acarició el pelaje de su lobo. Wodin no lo siguió cuando se dirigió al pasillo. No era un animal vinculado, no se sentía apegado a él ni lo necesitaba; solo obedecía órdenes. Obedecía órdenes, a veces.

El joven se acercó a la última puerta del corredor, entreabierta. Por la rendija, pasaban los rayos de sol y parecían apuñalar la alfombra roja. No había nadie en el pasillo. Cuando empujó la madera un poco más, comprendió que no había nadie en la habitación tampoco.

Nadie además del bebé.

Se quedó en la entrada, aturdido por el llanto. Volvió a recorrer el cuarto con los ojos, como si pudiera encontrar a alguna criada detrás de los muebles o bajo las alfombras. Pero no había nadie.

Cuando volvió a mirar al bebé, los chillidos se calmaron: se volvieron un balbuceo baboso. Desde su cuna, incapaz de erguirse, lo observaba con los ojos pequeños y entornados que luchaban con la luz.

Luodrin dudó. Los berridos aislados parecían hablarle. Suspiró, se despegó del marco de la puerta y entró despacio. Temía que algún sonido fuerte lo sobresaltara. Temía que se echara a llorar otra vez. Y temía que lo encontraran allí, solo, en medio de una escena que gritaba fratricidio.

—Es una idea tentadora —susurró, con ironía amarga. Se arrimó a la cuna y los ojos pequeños se abrieron un poco más, lo absorbieron atentamente como si fuera un gigante—. Si mataron a tu madre, al menos deberían haberse asegurado de que alguien se encargara de ti. ¿No te parece?

Para su sorpresa, el niño sonrió. Se echó a reír, con su boca desdentada, como si hubiera dicho la cosa más graciosa del mundo.

Luodrin se irguió para alejarse. No estaba familiarizado con los bebés.

No lo entendía, pero la sonrisa se le contagió de todos modos.

Su felicidad absurda era graciosa. Se acercó otra vez, inclinó la cabeza para observarlo.

—Los hijos del lobo no se ríen —susurró.

Sin pensar, extendió una mano para protegerlo del sol que se colaba a través de la ventana abierta. Y entonces el bebé estiró su brazo. Lo buscó. Y, cuando Luodrin tendió un dedo cauteloso hacia él, la mano pequeña y cálida lo envolvió con la ansiedad de un recién nacido que está solo.

—Somos los únicos sin vínculo —dijo, mientras su hermano se acostumbraba a su dedo y comenzaba a quedarse dormido—. Por unos años, importarás tan poco como yo.

Un destello triste brilló en sus ojos al mismo tiempo en que sus labios formaban una sonrisa. Instintivamente, acarició los dedos suaves que se aferraban a él antes de abandonarlos. El bebé no se despertó.

—Pero a ti te querrán —susurró. Se alejó y cerró la ventana para apartar la luz del sol. Soltó un suspiro y lo observó dormir en la penumbra, solo, sin padres que escucharan su llanto—. A la larga.

Si había albergado algún tipo de envidia hacia él, se esfumó en el silencio de aquella habitación vacía. Demasiado vacía.

—¿Señor?

La voz lo arrancó de sus pensamientos. Luodrin se giró y se encontró con una silueta en la entrada.

La doncella no intentó disimular su aprensión: lo fulminó con los ojos enseguida.

La iluminación del cuarto era demasiado tenue y el cabello cubría parte de su rostro, pero la cicatriz era visible de todas formas. Como si tuviera luz propia.

Luodrin la reconoció. Era la muchacha de la que todos se apartaban en los corredores. Su hermano se metería en problemas por dejar entrar a una hija del abismo solo para divertirse.

—¿Eres la encargada del bebé? —preguntó, con un tono frío y la mirada vacía que había copiado de su padre.

Sabía cómo debía verse un hijo del lobo.

—No, señor —dijo—. No han designado a nadie. Nos turnamos para vigilarlo cuando tenemos tiempo libre.

Intentó disimular la tensión de su rostro. Caminó hacia ella, despacio, para observarla de cerca. Se repitió que no era culpable por las órdenes que daba su familia, pero no pudo evitar mirarla con una frialdad que, a pesar de su temple, la espantó.

—Ahora eres la encargada del bebé —dijo, y había amenaza en sus palabras.

Ella entornó los ojos y su desconfianza, poco a poco, comenzó a esfumarse. Solo quedó amargura, odio y algo de miedo en el centro de sus pupilas. Agachó la cabeza, poco contenta con la orden que no podía contradecir ni desobedecer.

Luodrin pasó a su lado y se alejó, esforzándose por olvidarse de un bebé que no era su problema. Él no había decidido tenerlo. No era quien debía alimentarlo o prestarle atención. Si moría de hambre o la luz le apuñalaba los ojos hasta dejarlo ciego no era asunto suyo.

Hipócrita.

—Señor.

Un guardia lo esperaba en el pasillo. ¿Ahora qué?

, pensó, un poco malhumorado, un poco ansioso.

Que requirieran su presencia con tanta asiduidad era algo nuevo.

También era insólito y absurdo. Quizá su padre sí creyera en las cartas, tal vez se preparaba para el fin del mundo.

Pero ¿qué tenía que ver él con el fin del mundo?

—¿Qué sucede? —preguntó. Su frialdad asustó al muchacho.

—Su padre quiere verlo, señor.

Lo había ignorado toda la vida. ¿Por qué no lo dejaba en paz, ahora, y se ocupaba de quien debía ocuparse? A su pesar, sin embargo, algo vibró en la boca del estómago. Se burló de sí mismo. ¿Todavía eres un niño que espera la aprobación de su padre, Luodrin?

Una parte de él, lo era. La parte que se negaba a renunciar a las esperanzas. La parte que había prometido buscar a su esposa, aun si lo mejor para los dos era que no regresara jamás. La parte que, a pesar de todo, no le permitía negarse cada vez que lo llamaban.

—¿Dónde está? —dijo, mitad palabras y mitad suspiro, con resignación.