Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Cuando el animal se arrojó sobre ella otra vez, Renax dejó de escaparse. Lo observó, midió los movimientos mientras sus piernas se quedaban inmóviles y, esta vez, se movían sus dedos.

Desenfundó justo cuando el lobo cubría la luna y su sombra lo oscurecía todo. No solo apuntó, sino que empujó con fuerza. No solo gritó de miedo, sino también de rabia. Y, esta vez, él también gritó.

Las garras la rasguñaron, más desesperadas que hambrientas. Renax empujó el cuchillo un poco más dentro del lobo mientras su cuerpo la aplastaba. Gruñó. Ella gruñó, y él, poco a poco, dejó de moverse.

Lo empujó a un lado y tuvo que hacer fuerza para quitárselo de encima.

Se sentó con dificultad, mientras el bosque se sumía en un gruñido tenso.

El resto de la manada se había quedado inmóvil.

Le enseñaban los dientes, pero no parecían tan dispuestos a atacar como lo habían estado antes.

Miraban el cuerpo, olían la muerte y la sangre, veían el reflejo de la luna en el metal.

Uno de ellos soltó un rugido, su pelaje tan erizado como púas de alambre, y se adelantó.

Se miraron durante un rato eterno. Y, entonces, Renax vio cómo desplazaba su peso para saltar.

Cómo se preparaba para atacarla. Rodó, otra vez, y se escabulló con la agilidad y velocidad que le otorgaba la adrenalina.

Pero no huyó. No podía huir por siempre.

Corrió hacia el árbol más cercano y pegó su espalda a él por instinto, para protegerse, para que no la rodearan. Entonces blandió el cuchillo ensangrentado hacia la manada que avanzaba hacia ella.

Sus ojos, entre verdes y amarillos, eran feroces y estaban llenos de furia. Pero los ojos azules de la joven también. La luna se reflejaba en ellos como se refleja la luz en el arma más filosa.

El primer lobo corrió y volvió a saltar; si lo apuñalaba, no podría sacar el cuchillo a tiempo.

En su lugar, le rajó el rostro y dejó que su chillido hiciera eco en el silencio y disuadiera a los demás.

Parecían evaluar el terreno mientras el animal ensangrentado, y furioso, giraba sobre sí mismo para atacarla de nuevo.

Vio dientes brillando, escuchó el eco de una mandíbula frenética, sintió el calor de una saliva viscosa sobre la piel.

Colocó un brazo entre el lobo y su garganta, por instinto, y apenas sintió dolor. Los colmillos la habían atravesado, sí, y la sangre manaba a borbotones. Pero Renax no tenía espacio para sentir dolor. Todo su cuerpo estaba hecho de rabia.

Lo apuñaló en el cuello con todas sus fuerzas y el animal abrió las fauces para soltar un chillido.

Lo apuñaló otra vez. Y de nuevo. La piel era tan resistente que sus músculos comenzaron a fallar, pero el lobo ya no intentaba atacarla.

Luchaba por retroceder, entre gemidos, mientras la vida se le escapaba por la garganta abierta. La sangre teñía su pelaje gris.

Se desplomó a medio camino entre ella y la manada.

Los demás ojos amarillentos se clavaron en él, la respiración agonizante acalló los gruñidos.

La joven hizo lo primero que acudió a su mente.

No se detuvo a pensar. Se dejó invadir por aquella rabia instintiva y, con un grito furioso, corrió hacia delante y se arrojó sobre el cuerpo.

El pelaje la recibió con calor y sangre.

Sujetó la daga con ambas manos, la hundió una y otra vez.

No dejó de gritar en ningún momento. El calor viscoso de las vísceras salpicó sus mejillas, el color rojo tiñó su rostro.

Atravesó piel y carne hasta que el agujero se convirtió en varios y, luego, hasta que los agujeros se volvieron una masa roja, peluda, indistinguible.

Gritó hasta que le dolieron las cuerdas vocales.

Apuñaló hasta que sus brazos se convirtieron en piel y piedra.

Miró con odio a los demás, jadeando. Cogió la cabeza del lobo muerto por el pelaje y la alzó, apoyó el filo en su garganta. Lo deslizó con todas sus fuerzas.

La sangre oscura tiñó el césped. La luna se reflejó en él, roja.

Renax se puso en pie, mientras el resto de la manada retrocedía sin dejar de gruñir.

Atisbó su propia silueta en todas esas pupilas; tensa y furiosa, bañada en sangre, preparada para atacar otra vez.

Lista para morir gritando de rabia. Se vio a sí misma, vio su daga y vio miedo. Un miedo que no le pertenecía.

Ella también gruñó. Rugió, más bien, blandiendo el cuchillo con ferocidad animal.

Los lobos se giraron y echaron a correr.

La dejaron a solas con el silencio del claro, con su respiración agitada y los cadáveres tendidos en el césped.

Con la luna que hacía brillar la sangre.

Con el viento que hacía oscilar su cabello enrojecido por la muerte.

Miró los dos lobos que yacían inmóviles, uno de ellos convertido en un amasijo de carne viscosa. Escuchó la brisa tranquila con un alivio extrañado. Estaba viva. Estaba… viva.

Y tenía carne para comer.

Se miró las manos llenas de sangre y vísceras y no se echó a llorar. No sintió culpa. Pero, sobre todo, no escuchó ninguna voz. Como si la inseguridad y el miedo hubieran desaparecido, caminó hacia los cadáveres.

Y dejó sangre de lobo a su paso.