Capítulo 18 #2
Lloró mientras se lavaba la sangre de las manos.
Había aprendido cómo buscar acuíferos a través de otros animales.
Por ejemplo, los conejos. Usaba su cuchillo, ahora ensangrentado, para hacer pozos profundos y beber.
Ese día, también para limpiarse. El agua se volvió roja mientras ella se frotaba la piel y luchaba por ver a través de las lágrimas.
Al menos, ya no tenía hambre. El sabor metálico del conejo vibraba en su lengua y la carne babosa no se asentaba del todo bien en su estómago revuelto, pero había recuperado fuerzas. Podía continuar.
Se inclinó sobre el pozo y, con las manos todavía rojizas, bebió el agua en la que se mezclaba la sangre con la tierra. No prestó atención al color ni al sabor asqueroso. Necesitaba sobrevivir, así que bebió. Y, mientras bebía, observó su reflejo manchado por las lágrimas.
Estaba sucia, despeinada y un rastro de sangre le manchaba la boca. Se miró a los ojos, buscando algo de la imagen que solía encontrar en el espejo. Ni siquiera su mirada era la misma. Reflejados en el agua sangrienta, parecían los ojos de otra persona. Ella misma parecía otra persona.
Probablemente lo fuera. Y si no lo era, lo sería tarde o temprano.
Pero ¿en quién se estaba convirtiendo?
La luna llena se dibujaba entre las hojas de los árboles y conseguía colar su luz. El bosque, esa noche, era una batalla de luces y sombras. El conflicto se agitaba con el viento, cada tanto, un viento demasiado frío.
Renax buscaba los rincones más frondosos para pasar la noche.
Quizás fueran los más oscuros, pero tenía la idea absurda de que, si ella no podía ver nada, los animales tampoco.
Los soldados, sobre todo, tampoco. Pero esa noche la oscuridad no escondía ni siquiera a los insectos, que reflejaban la luna en sus caparazones cuando pasaban debajo de su luz.
Con la espalda apoyada en la corteza de un árbol y las rodillas abrazadas (se había convertido en un hábito), Renax cerró los ojos e intentó dormir a pesar de los aullidos. A pesar del estómago revuelto y del cosquilleo desagradable que le atravesaba el brazo.
Cada tanto, el tatuaje se mantenía tranquilo, tan callado que la joven llegaba a olvidar que estaba allí.
Pero, otras veces, la marca comenzaba a arder.
No tenía ni idea de qué significaba el dolor, ni siquiera sabía si significaba algo, pero cada vez que la asaltaba sentía deseos de rasgarse el brazo.
La boda comenzaba a convertirse en una pesadilla, enterrada bajo todas las muertes que había visto, pero el tatuaje le recordaba una y otra vez que era real.
Que se había casado, precisamente, con uno de los asesinos de sus padres.
Se abrazó las rodillas con más fuerza para no sentirlo y, bajo la luz de la luna, se dejó llevar por el sueño. Dormitó poco y mal. Soñó brevemente con sangre, la sangre de su familia, la sangre de un conejo, la sangre de su esposo bajo la daga azul…
Despertó sobresaltada cuando un crujido extraño invadió los sonidos del bosque otra vez.
Las imágenes del sueño se esfumaron como una nube disuelta y su atención se enfocó tan rápido como si nunca se hubiera dormido. ¿Había escuchado pasos? ¿O había soñado con ellos?
Esperó, con los ojos barriendo el entorno y el cuerpo inmóvil. Algo le decía que lo mejor era no moverse. No correr. Algo además del frío que le helaba los huesos.
Raíces arañadas, hojas rotas bajo las patas de algo, tierra deslizándose.
Renax apenas pudo seguir escuchando los sonidos; los latidos de su corazón eran mucho más estruendosos.
No lo había soñado. Más cosas crujieron a su alrededor, esta vez bajo el peso de algo mucho más grande que un mono. No algo. Muchos algos.
Un gruñido le llenó el cuerpo de pánico y, por fin, encontró los ojos que la observaban. Que brillaban, amarillentos, bajo la luz de la luna llena. Y que la miraban como si fuera comida.
Se puso de pie, ayudándose con el tronco, temblando, mientras un animal avanzaba lentamente hacia ella.
Tenía la espalda curvada hacia abajo y el pelaje erizado, como si su lomo fuera el lomo de un puercoespín.
La luz de la luna iluminó sus labios tensos cuando se acercó más hacia ella.
Vibraban. Renax los imaginó llenos de sangre.
Sintió el contacto del metal en la pantorrilla, pero la idea duró solo un segundo. Porque enseguida la luz de la luna se llenó de sombras. De cuerpos. De lomos erizados y colmillos que querían comer.
La manada esperó mientras el alfa la acorralaba contra el árbol.
La joven intentó pensar, pero el pánico no le permitió más que movimientos instintivos.
No podía enfrentarse a todos. Eso lo sabía sin necesidad de razonar.
Sabía lo que debía hacer, lo único que podía hacer, pero también sabía que le temblaban las piernas.
¿Y si no la sostenían? ¿Y si se caía de bruces ni bien soltara el árbol?
Sus ojos se perdieron en el lobo que la arrinconaba y todo lo que había alrededor comenzó a borronearse.
Su mente se llenó de recuerdos. De pelajes manchados de rojo, colmillos sangrientos que desgarraban carne, gritos. Muertos.
El animal se agazapó, mostró los dientes y Renax comprendió que estaba a punto de saltar.
Se movió por instinto. Se arrojó a un costado justo a tiempo y, mientras el animal clavaba las garras en el árbol, ella se puso torpemente en pie y corrió incluso antes de poder erguirse.
Estuvo a punto de tropezar, pero se enderezó enseguida cuando escuchó los gruñidos siguiéndola.
Las lágrimas y las sombras le entorpecían la visión, y sus propios jadeos no le permitían escuchar bien los pasos de los lobos. Ellos no, pensó, mientras su memoria continuaba arrojándole recuerdos que la espantaban. No podían matarla los lobos. No podían…
Han asesinado a toda tu familia. ¿Cómo podrías escapar tú?
La desesperación se atoró en su garganta y, cuando tropezó, salió en forma de grito.
Las hijas del tigre no gritan .
Continuó tropezando, luchando por mantener el equilibrio, hasta que la luz de la luna la sobresaltó y sus piernas fallaron. Se arrastró por un claro en el que todo brillaba como si fuera de día. Como un día nublado y oscuro, un día con olor a muerte.
Se giró justo a tiempo para ver cómo el alfa saltaba sobre ella.
Rodó sobre sí misma y lo esquivó, pero el animal reculó demasiado rápido y los demás comenzaron a rodearla. Casi como si lo hubieran planeado. Casi como si se comunicaran.
Maldijo, llorando, y volvió a saltar a un costado para escaparse de las garras hambrientas. Lo consiguió por poco. Y los colmillos quedaron tan cerca de su rostro que pudo ver la saliva goteando entre ellos.
El miedo la paralizó por un instante, solo un instante.
Luego gateó hacia atrás. La situación, por algún motivo, le recordó a la habitación del palacio.
El lobo le recordó las manos metiéndose en su cuerpo, sosteniéndola y enmudeciéndola para que no gritara.
Manoseándola, después. Las garras se parecían a las manos de aquel hombre.