Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Renax.

(Veintidós días después del golpe).

No tenía idea de cómo trepar un árbol. El tronco era demasiado largo, demasiado liso, y las ramas a las que quería acceder estaban tan altas que debía torcer el cuello completamente para verlas. Pero tenía hambre.

Renax observó las frutas rojas que colgaban sobre su cabeza y oscilaban con el viento, susurrando. Llamándola. No sabía qué eran, ni estaba segura de que fueran comestibles, pero se veían tan… suaves. Tan dulces. Tan brillantes.

Y ella estaba tan hambrienta que le habría parecido maravilloso incluso el veneno más amargo del mundo.

Cuanto más se adentraba bosque adentro, más difícil le resultaba encontrar comida.

La vegetación comenzaba a resultarle extraña, como si crecieran cosas más misteriosas y salvajes allí donde los humanos no pisaban nunca. Donde la naturaleza era más libre.

Volvió a observar el tronco del árbol e intentó pensar.

Llevaba más de una semana caminando en dirección opuesta a Tsavixia, hacia el este, esperando que en algún momento el follaje diera paso a algo distinto.

Otra ciudad, un pueblo, civilización. Pero solo había visto árboles más y más tupidos, matas más y más oscuras. Y el hambre continuaba creciendo.

Se abrazó al tronco, clavó las yemas de los dedos en la corteza rasposa e intentó trepar.

Subió poco más de un codo antes de que su cuerpo resbalara y los pies tocaran el suelo.

Su vestido se enganchó y se desgarró, pero la joven no le dio importancia.

Para ese momento, su ropa era poco más que un trapo sucio.

Sus rizos estaban endurecidos por la tierra, y cada vez que intentaba limpiarse el rostro solo conseguía ensuciarse.

Había sido incómodo, al principio. Pero ya le daba igual.

Soltó el tronco, retrocedió un par de pasos. Corrió hacia él. Saltó, pero lo único que consiguió fue darse de bruces contra la corteza y caer sentada al piso. Se mordió los labios, miró las frutas que se balanceaban como burlándose.

Buscó a su alrededor, tomó una rama rota y la arrojó con todas sus fuerzas, pero ni siquiera alcanzó a rozar el objetivo.

Se incorporó y pateó el árbol, enfadada.

Qué inútil , pensó mirando su vestido sucio.

Eres una inútil, Renax. No puedes subir un maldito árbol .

Imaginó la mirada de desaprobación de su abuela, desde las sombras de algún matorral.

Se giró, rendida, y comenzó a caminar para alejarse, pero un gruñido en el centro de su estómago la detuvo en seco. El sol le dio en los ojos, la luz la mareó y se dio cuenta de que apenas le quedaban fuerzas para seguir andando.

Frunció el ceño, mientras el viento azotaba sus rizos. Se volteó. Observó el árbol, subió la mirada por el tronco, imaginó que saltaba. Como un tigre.

Y entonces corrió otra vez. Pisó la corteza y se impulsó hacia arriba. Intentó sujetarse, se abrazó y luchó por subir, pero la tierra tiraba de ella hacia abajo tan de prisa que Renax no consiguió contrarrestarla. Volvió a tocar el suelo.

Ignoró la voz que la insultaba, aquella que era suya pero también de su madre, también de su abuela y quizás de toda Tsavixia. Sentirse inútil no la ayudaría a comer. Lo único que podía conseguirle esas frutas era intentarlo de nuevo.

Saltó y apretó el tronco con las piernas para no caerse.

Logró que su peso no la empujara hacia abajo.

Bien. Ahora tienes que subir . Pero ni bien movió los brazos para impulsarse, su equilibrio se deshizo y su vestido se rasgó una vez más mientras el cuerpo se deslizaba y la corteza le irritaba la piel.

Se detuvo a pensar, todavía abrazada al árbol.

Si subía, aunque fueran unas pulgadas más, podría sujetarse en el nacimiento de la primera rama y desde allí empujarse.

Pero ¿cómo subir? Suspiró, retrocedió y volvió a imaginarse a sí misma saltando.

Su cuerpo quizás fuera demasiado grande, pesado y torpe, incómodo…

, pero incluso los tigres trepaban árboles.

Comprendió qué era lo que le faltaba: velocidad.

Dejó de pensar y corrió. El viento le azotó el rostro y su cabello flotó en el aire.

Su pie pisó madera y ella saltó tan alto como pudo; no se sujetó.

Siguió sus instintos y continuó trepando.

Usó sus piernas para impulsarse y saltó otra vez.

Sus manos se aferraron a una rama que crujió, su cuerpo quedó colgando a varios pies de la tierra.

No se detuvo a esperar que se quebrara; se balanceó para impulsarse y saltó otra vez hacia el tronco, lo pisó para saltar de nuevo, se sujetó de una rama más alta. Repitió el proceso hasta alcanzar la altura a la que oscilaban las frutas.

Se sentó entre ellas y el tronco para descansar y, sobre todo, para mirar abajo, jadeante. Lo había conseguido. Había subido hasta… La distancia que la separaba de la tierra pareció crecer mientras la joven calculaba el daño que se haría si llegaba a caerse.

Pues no te caigas .

Acalló las voces justo cuando comenzaban a hablar y clavó los ojos en las frutas.

Se inclinó hacia delante, gateó por la rama que se torcía bajo su peso.

Se detuvo antes de que la superficie se volviera demasiado delgada y extendió una mano hacia el racimo mientras se aferraba con la otra para no caerse. No estaba lo suficientemente cerca.

Se mordió los labios, el sudor goteó por su rostro y arrastró la suciedad de su piel.

Un poco más . Se acercó otro tanto, con mucho cuidado, mientras el miedo aparecía otra vez, se instalaba y le robaba la determinación que la había llevado hasta allí.

Se caería. Era evidente que se caería, porque no era un tigre sino la muchacha más inútil del mundo.

La rama crujió bajo su peso y ella sintió que sus manos se resbalaban.

Otro crujido atravesó el bosque y una sacudida la desestabilizó.

No, no me caeré. Saltar no es lo mismo que caerse .

Apretó los labios, se lanzó sobre las frutas y quebró el racimo justo cuando la rama terminaba de romperse.

La pisó para no caer con ella, usó la fuerza del impulso para acomodar el cuerpo y cayó más tarde, de pie, con las rodillas flexionadas y ni un solo rasguño.

Sus ojos brillaron bajo la luz del sol, sus labios se curvaron imperceptiblemente mientras observaba las frutas. Lo había hecho. A pesar de las voces. ¿Su madre habría estado orgullosa, al menos un poco, solo un poco, si la hubiera visto trepar? ¿O se habría horrorizado?

No importa, Renax. Está muerta .

La sonrisa se evaporó de su rostro. Se dejó caer, se sentó sobre el césped húmedo y arrancó la primera fruta para luego metérsela en la boca. Cerró los ojos y masticó como si estuviera comiendo la cosa más deliciosa del mundo. Su estómago rugió mientras ella arrancaba más.

Un sonido extraño la obligó a abrir los ojos otra vez. Un crujido que no había sido provocado por el viento.

Dejó el racimo a un costado y se incorporó, barrió el bosque con los ojos.

Llevaba más de dos semanas huyendo, atenta a cada sonido, a cada sombra extraña.

Sabía que los hijos del lobo no la dejarían ir tan fácilmente.

El tatuaje en su brazo se lo recordaba una y otra vez.

Después de muchas noches de insomnio, se había acostumbrado a distinguir qué sonidos eran normales en el bosque. Y cuáles no lo eran.

Otro crujido la sobresaltó y Renax retrocedió un paso; buscó entre los árboles, entre los troncos y arbustos, pero no vio un solo movimiento a su alrededor.

Porque no estaba mirando en la dirección correcta.

Una liana se separó del árbol demasiado deprisa y una sombra pequeña pasó frente a ella balanceándose.

Gritó, tropezó con sus pies y cayó al suelo; el mono robó el racimo de frutas y siguió su camino.

El impulso de la liana lo arrojó hacia las copas más altas de los árboles, su sombra se perdió entre más sombras, sus chillidos se ahogaron a lo lejos.

—¡Oye! —gritó, recuperándose del susto a medida que comenzaba a comprender—. ¡Me ha costado conseguir eso!

Y estoy hablándole a un mono . Aun si no tenía sentido, hacía demasiado tiempo que Renax no hablaba con nadie; ignoró la voz de la razón y se puso de pie, mientras la frustración le llenaba los ojos de lágrimas.

La frustración o el hambre, no estaba segura.

¿Por qué siempre acababa perdiendo la comida?

—¡Para ti es más fácil trepar! —siguió gritándole a las hojas de los árboles. Ya nada se movía entre ellas, y los chillidos se habían esfumado—. ¡No necesitas robar la comida de otras personas!

No estaba gritándole al mono. Solo quería gritar. Solo quería descargarse.

—¡Vuelve aquí, hijo de puta!

Sus palabras resonaron e hicieron eco en el silencio del bosque.

Abrió la boca para gritar otra vez, pero la voz de la razón la obligó a cerrarla.

Si había soldados siguiendo sus huellas, gritarle a un mono no era la idea más brillante.

Se mordió los labios, pateó el césped y se giró, justo a tiempo para ver el movimiento en los arbustos.

Se quedó paralizada mientras sus ojos se encontraban con los ojos rojos de un conejo.

Un día normal, frente a un ser vivo, jamás habría pensado en comida.

Los tsaviences casi no comían ni utilizaban animales.

Comerse a los mensajeros de los dioses era una atrocidad, y solo cazaban en épocas de sequía.

Los productos derivados de la leche eran poco comunes.

La guardia era la única que podía montar.

A Renax jamás le habría dado hambre mirar los ojos vivos, curiosos, de aquel conejo.

Y, sin embargo, después de tanto tiempo sin comer, se le hizo agua la boca mientras la daga palpitaba en su pantorrilla.

Se sintió una bestia. Un animal salvaje.

Una hereje. Pero, sobre todo, lo que sintió fue hambre. Mucha hambre.

El animal le dio la espalda y se internó en los arbustos; sin pensar en lo que hacía, la joven desenfundó.