Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Ivax alzó el bastón, aturdido, justo a tiempo para evitar un golpe.

La empujó, giró el arma en su mano e intentó barrer sus pies, pero la joven saltó y lo golpeó en un costado de la nuca.

Mientras su cráneo vibraba y él intentaba defenderse por instinto, escuchó la risa de Zagh.

No sintió rabia. Angustia e impotencia, tal vez, pero sobre todo miedo; ¿dónde estaba el hombre que no perdía jamás, el que había soñado con seguir los pasos de su padre, el que había recibido la espada especial por ser el mejor?

¿Se había convertido en esa cosa torpe que solo huía y esquivaba? ¿Siquiera había existido?

Un golpe en el estómago lo desestabilizó y una patada entre las piernas vació sus pulmones. Cuando cayó de rodillas, la joven se detuvo. Lo miró con desprecio, escupió a su lado y esperó órdenes de Zagh. El entrenador sonreía.

—Siguiente —dijo, con un gesto, y ella se movió a un costado—. Levántate.

Ivax apoyó su bastón en el suelo y se empujó con él para incorporarse.

Se sintió demasiado avergonzado como para mirar a su contrincante a los ojos.

Esperó a que atacara, se defendió, sin recordar muy bien por qué se defendía.

Retrocedió, esquivó algunos golpes y bloqueó otros, pero un puñetazo lo desestabilizó y, otra vez, terminó en el piso.

—Levántate.

Extrañaba a su padre más de lo que había extrañado algo en toda su vida, más de lo que había creído poder extrañar algo en su vida, pero en ese momento tuvo un pensamiento repugnante por el que se despreció.

Se alegró de que estuviese muerto. Se alegró de que no estuviese allí para mirar cómo su hijo perdía.

Se incorporó, despacio. No quería continuar, pero quedaban dieciocho personas en la fila.

Con los ojos fijos en el suelo, se puso en posición y esperó a que su rival atacara.

Sabía que no podía ganar, así que se limitó a defenderse.

Era incapaz de asestar un solo golpe, apenas podía esquivar los contrarios; se había convertido en un inútil.

¿Y si todo lo que había creído era un engaño?

Tal vez siempre había sido un inútil. Tal vez su padre nunca había sido un héroe y por eso había muerto con tanta facilidad.

La imagen de su cabeza ensangrentada lo mareó y lo distrajo. Un golpe en la sien lo arrojó al suelo. Perdió la visión por un instante, pero escuchó cómo el hombre con el que acababa de luchar también escupía a su lado.

—Levántate.

No quería levantarse. Levántate . Pero ¿para qué? ¿Por qué no dejar que lo golpearan desde el suelo? ¿Por qué volver a intentarlo, como si pudiera ganar, como si tuviera alguna posibilidad de sobrevivir? Moriría en la primera pelea. Moriría como un inútil…

No . Levántate .

Suspiró y se puso de pie a pesar del dolor que le entumecía músculos, piel y huesos.

La voz en su mente no se callaba, a pesar de todo.

La chispa de odio y rabia seguía allí, al borde de apagarse, cerca de desaparecer, pero latente.

Era lo único que le daba fuerzas para ponerse en pie; esperanzas ya casi no tenía y le costaba cada vez más aferrarse a sí mismo. Le costaba no romperse.

Cuando Zagh hizo una seña, esta vez él atacó.

Intentó demostrarse que podía, usó sus últimas fuerzas para arremeter mientras se sujetaba a la rabia.

Y recibió una patada en las costillas que lo dejó sin aliento.

Fue la pelea más corta. Una patada en la espinilla lo desestabilizó y un golpe en la mandíbula volvió a arrojarlo al suelo.

Escuchó algunas risas, escuchó las burlas. De reojo, vio la sonrisa deforme de Zagh.

—Levántate.

Levántate.

Apretó los dientes y, una vez más, se puso de pie.

Perdió todas las peleas que quedaban, recibió varios insultos y escuchó cada vez más burlas.

Se sintió un trozo de mierda mientras lo humillaban, pero volvió a levantarse cada vez que perdía.

Sacaba fuerzas de algún lado y se ponía de pie.

Recibía más golpes. El recuerdo de lo que había sido su vida se resquebrajaba cada vez más, como un sueño evaporándose al alba.

Su último contrincante, el hombre con el que había luchado antes de que llegara Zagh, lo venció con un puñetazo y se acercó cuando Ivax cayó al suelo.

Escupió en la mitad de su rostro. El joven cerró los ojos y esbozó un gesto de disgusto, pero no se limpió.

No valía la pena. Ya se sentía demasiado sucio, demasiado ridículo, como para que le importara.

Cuando volvió a abrirlos y miró en dirección a Zagh, vio una sombra que lo observaba desde la entrada del campo.

Distinguió la silueta de Jedien entre las demás personas.

Apartó la mirada de prisa, mientras la humillación le pinchaba los ojos, y la repugnancia lo descomponía.

Comprendió que no era Jedien lo que le repugnaba, sino él mismo.

Zagh se acercó a él y se inclinó, frente a la mirada de todos los demás.

Ivax se quedó quieto, paralizado, mientras el entrenador acercaba una mano hacia él y le limpiaba la saliva y la tierra del rostro.

Se le congeló la sangre cuando sintió su tacto, intentó no temblar mientras apretaba sutilmente sus heridas y lo sujetaba del mentón.

Lo forzó a mirarlo. El joven se encontró de frente con los mismos ojos que lo habían observado durante las torturas.

—Abre la boca.

Bajó la mirada, pero la mano de Zagh apretó sus mejillas con fuerza. La alzó otra vez, la fijó en la herida que parecía una sonrisa sangrienta.

—Déjame en paz —susurró, entre el enfado y la súplica.

—Te dejaré en paz, por hoy, si abres la boca —dijo, apretando más.

Ivax sintió cómo algo dentro de él se desgarraba.

Un frío espantoso le arrancó todas las fuerzas y lo dejó congelado en medio de las miradas hostiles.

Su visión se perdió más allá de ellos, más allá del mundo.

Su mandíbula se abrió, permitió que Zagh hundiera los dedos un poco más en las mejillas hasta casi desgarrarlas.

Un escupitajo le golpeó la lengua. Cerró la boca para contener las náuseas y la mano que había estado apretando sus mejillas lo golpeó dos veces. Zagh se apartó, con una sonrisa. Miró a un costado y reparó en Jedien. Había papeles que firmar.

—Parece que han traído un recluta nuevo —dijo, olvidándose, por fin, del joven que no se había levantado.

—Pero ya somos veintiuno —dijo alguien desde la fila de nómades.

Zagh se limitó a sonreír, y una tensión extraña se dispersó por el campo de entrenamiento. Ivax no la comprendió, pero tampoco le importaba. Solo quería desaparecer. Estaba cansado de todo.

Levántate , resonó, esta vez como un susurro lejano. Un suspiro se alojó en su garganta, pero no tenía fuerzas para suspirar. Casi inconscientemente, sin embargo, se puso de pie. De nuevo.

Por las noches, los amontonaban a todos en una sola celda.

Había más que suficiente espacio y más que suficientes cámaras, pero los hacinaban entre cuatro paredes sucias.

Sin resistencia y sin necesidad de órdenes, se dirigían hacia allí ni bien comenzaba a caer el sol.

Se acomodaban en sus lugares e intentaban tocarse lo menos posible.

Ivax, sobre todo, intentaba tocarlos lo menos posible. Porque no le gustaba el contacto físico con los demás, porque no le gustaban ellos, pero, sobre todo, porque los nómades odiaban tocarlo a él.

—Estás ocupando mi sitio —gruñó alguien.

El joven se hizo a un lado, sin fuerzas para pelear, arrastrándose sobre aquella mezcla de polvo y paja. Otra persona pasó junto a él y le pisó la mano. La retiró, acercó la espalda a la pared y flexionó las piernas.

—¿Han visto a Gatil? —preguntó un muchacho, desde el otro extremo de la celda, con los ojos fijos en el atardecer que se diluía y abría paso a la noche.

—Gatil no volverá, niño —dijo una mujer, antes de acostarse—. Cuando llega alguien nuevo, los más viejos son los primeros en ser eliminados.

—Deberían deshacerse de los más débiles, no de los más viejos —dijo alguien, con desdén.

Ivax clavó los ojos en sus rodillas; sentía las miradas, la hostilidad en el aire. Pasos en el corredor los distrajeron. Los demás se olvidaron de él, la atención se concentró en la puerta que aún no habían cerrado. Él también observó, por instinto.

Dos guardias arrastraban a alguien. Se detuvieron frente a la celda y comenzaron a abrir los grilletes del prisionero, otro nómade.

Era un hombre joven y fuerte, tenía la misma piel almendrada que todos los demás, los mismos ojos rasgados y oscuros.

Y, sin embargo, se veía diferente. Su cuerpo tenso parecía más peligroso.

Sus pupilas, perdidas más allá de los grilletes, parecían contener una horda de dragones.

Nadie habló mientras el nuevo ingresaba en la celda y las rejas se cerraban con un crujido. Sus ojos, casi negros, pasearon por el cuarto sin interés. Él también parecía roto. También parecía vacío por dentro. Pero de las grietas brotaba un fuego muy oscuro.

Cuando la mirada del nómade se posó en Ivax, se detuvo.

Distraída, al principio, y congelada, como si no hubiera nadie detrás.

Pero poco a poco algo emergió de las profundidades.

Un reconocimiento receloso, al principio.

El rostro joven se tensó, algo brilló en el vacío.

Para ese momento, Ivax sabía reconocer el odio cuando estaba dirigido hacia él.

Y la llama encendida en el recluta nuevo era tan profunda, tan siniestra, que se le heló la sangre.

—¿Qué diablos miras? —preguntó aquel, con un tono acorde a la rabia que le tensaba los músculos. Parecía esperar una excusa para arrojarse sobre él y golpearlo.

¿Qué importa? Uno más no haría la diferencia. Ivax no respondió a su pregunta, pero tampoco dejó de mirarlo. La tensión creció, como si sus ojos arrastraran un conflicto que estaba más allá de la celda. Un conflicto que estaba más allá de ellos.

El conflicto de toda una ciudad en dos miradas.